La jugada magistral de François Hollande
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Abr 25, 2017 |
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Anticipando el colapso del Partido Socialista, el presidente decidió apoyar al fenómeno llamado Emmanuel Macron.

Finado político y enterrado por las encuestas de popularidad, François Hollande se va de la presidencia, no sé si con la cara en alto, pero sí orgulloso por haber jugado exitosamente su última carta llamada Emmanuel Macron.

Durante meses, Hollande evitó dejar rastro de sus vínculos con Macron para no contagiarlo del virus mortal que produce la transferencia de la pésima imagen.

Fue el pasado martes 30 de agosto cuando Macron renunció al Ministerio de Economía para alejarse lo más posible del Partido Socialista y del propio Hollande. El pacto no escrito entre Hollande y Macron consistió en: apoyos al candidato del movimiento En Marche!, tanto del presidente como de las vértebras mediáticas que se mueven por debajo de la estructura del socialismo francés (El periódico Le Monde le abrió sus páginas privilegiadas). La víctima: el candidato del Partido Socialista, es decir, Benoît Hamon.

Si Hollande tuvo números que le dibujaban una profunda fisura en el Partido Socialista, lo mejor era derrumbarlo por completo. Hollande lo hizo.

La estrategia: abrir una candidatura justo en la ubicación ideológica que nadie ocupa en el mapa de posicionamiento de los partidos políticos franceses. La etiqueta: la tercera vía de Tony Blair.

Los rasgos demandados por los votantes franceses embonaban a la perfección con los de Emmanuel Macron, un liberal europeísta que escapa de las telarañas ideológicas que, después de muchos años, han crecido en la burocracia del Partido Socialista.

Hollande lo supo desde el primer semestre del año pasado. Su partido no tendría futuro en las elecciones del 2017. La única manera de salvarse, él y no el partido al menos en el corto plazo, era dinamitar al Partido Socialista. Sobra decir que la burocracia del partido no puede ver a Hollande y nunca le perdonarán lo que ellos llaman actualmente traición. Para Hollande, el haber apostado por Macron, no necesariamente representa una traición, para el hoy presidente de Francia significa un salvavidas, ya que él será sustituido no sólo por alguien de su total confianza, sino por el hombre que siempre le agradecerá a Hollande su jugada maestra.

Por lo que toca al Partido Socialista tendrá que someterse a una cirugía mayor, reinventarse. Macron tiene la llave de negociación para hacerlo. Y lo hará muy pronto, en septiembre, mes de las elecciones legislativas.

Al inicio del pasado agosto, las encuestas elaboradas por la presidencia de Hollande confirmaban una tendencia: el ministro mejor valorado del gabinete, y el más querido por los votantes de izquierda era Emmanuel Macron. Fue Manuel Valls quien alertó sobre el posible terremoto del Partido Socialista.

El 24 de octubre del 2014 el entonces primer ministro Valls dijo a Le Nouvel Observateur que habría que acabar con la “nostalgia” del Partido Socialista. Un grito desesperado que concatenaba con el eco de Sarkozy. En efecto, en abril del 2007 Nicolas Sarkozy prometió enterrar los efectos de mayo de 1968. Para conjurarlo, Sarkozy colocó en primera fila en un evento al filósofo Daniel Glucksmann, hijo del 68, al que invitó a hablar. Glucksmann, visiblemente emocionado, aseguró que Francia llevaba 25 años paralizada, y que “no puede perder otros cinco años” para que el país tenga “un futuro”.

Llegó el momento. La demografía francesa se encuentra transitando sobre el panteón del siglo XX.

Hollande celebra el triunfo de Macron de manera discreta; sin embargo, su orgullo está muy por arriba de las encuestas que miden su popularidad.

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