No llegaron el wifi ni los cafés a Libia
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Jul 16, 2017 |
23:54
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El Estado Islámico irrumpió de manera estratégica como secuela de la Primavera Árabe

De la fama de un hashtag global puede quedar sólo polvo y muertos. Pasó con la Primavera Árabe. Los decretos de reformas democráticas no se asentaron ni en Egipto, ni Libia, ni Siria, ni Yemen, ni Bahrein, ni Omán, ni mucho menos en Arabia Saudita. El remanente de la Primavera Árabe es la Constitución de Túnez. No más.

En efecto, el rating global se disparó pensando que, tras la muerte de Gadafi, decenas de Starbucks y McDonald’s abrirían en Trípoli. Su lapidación fue transmitida en vivo a través de un sistema tipo Periscope; de Mubarak quedan las fotografías en el interior de la cárcel. Sobre Ali Abdullah Saleh se recuerda su salida del gobierno tras 12 meses de resistencia. Después de la esperanza, llegó la realidad. En Egipto, las urnas llevaron a los Hermanos Musulmanes a la presidencia. Mohamed Morsi encabezó el primer gobierno democrático, aunque sólo pudo mantenerse en el poder durante 12 meses (30 de junio del 2012 al 3 de julio de 2013). Su ministro de Defensa, Abdelfatah al-Sisi, encabezó un golpe de Estado frente a los ojos de Occidente.

En Yemen existen dos gobiernos, los mismos que permanecen en Libia. Incluso, en marzo del año pasado, llegó a tener tres gobiernos. Ambas naciones, Estados fallidos.

Las cifras de muertos en Siria reflejan la brutal complejidad sobre la guerra civil. Entre el 15 de marzo del 2011 al 15 de julio del 2017 han muerto 331,765 personas; 100,000 de ellas, civiles.

Ayer las dio a conocer el Observatorio Sirio de Derechos Humanos. Entre los civiles: 18,243 niños.

Como se puede observar, el entusiasmo del hashtag #PrimaveraÁrabe poco queda. Una cantidad de variables geopolíticas se han movido alrededor de la región. Desde variaciones en el precio del petróleo hasta el surgimiento del Estado Islámico. A países como Arabia Saudita le convino el surgimiento del grupo terrorista porque el foco de tensión fue ubicado entre Irak y Siria, países donde los terroristas han intentado revivir el califato que desaparecieron los mongoles en el siglo VI.

Un brazo del grupo terrorista encabezado por Abu Bakr al-Baghdadi (muerto de acuerdo al gobierno ruso; sin confirmar por parte de Estados Unidos) llegó a convertirse en huachicolero. El gobierno turco de Recep Tayyip Erdogan le ha comprado petróleo al Estado Islámico. Algo más. La fortaleza de los terroristas los ha llevado a usar armamento químico.

Así lo reportó la cadena Euronews al iniciar marzo pasado. Fue en la ciudad iraquí de Mosul, en particular en la zona oeste, donde a través de un mortero, los terroristas lanzaron metralla química. La Cruz Roja lo certificó.

Una escena que refleja la trágica situación provocada por el Estado islámico lo describe Khatla Ali Abdallah, una anciana de 90 años que huyó con su familia de Mosul hacia un campamento. “A lo largo de toda mi vida nunca viví una guerra como ésta, ni siquiera durante las guerras bajo Sadam Husein; no sentíamos miedo de la manera en la que lo sentimos ahora. Es cierto que hubo guerras y muchos de nuestros hijos fueron asesinados, pero eran diferentes a los que vemos en esta guerra”, dijo la anciana.

¿A quién benefició el surgimiento del EI? Supimos, desde el inicio, que el califato no se iba a instalar entre Irak y Siria.

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