París, de Victor Hugo a Neymar
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Sep 11, 2017 |
23:47
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París bien vale unos Juegos Olímpicos. Abrumada por los ataques terroristas y encogida de nervios por la escalada de Marine Le Pen, la Ciudad Luz recuperó color el 12 de julio al enterarse que el Comité Olímpico Internacional (COI) le otorga la Organización de los Juegos Olímpicos en el 2024.

Del otro lado del charco, la voz de Los Ángeles levantó mano, pero para el 2028, así que el país de Emmanuel Macron y la ciudad donde juega Neymar será la anfitriona de los Juegos con los que París tratará restaurar su luz deslumbradora.

Debemos acostumbrarnos a descifrar el concepto de “Juegos Olímpicos” como polisémico, significa uno y mil conceptos: una revolución estética de la ciudad sede; la capital global del deporte; una inversión con millones de externalidades positivas; una regeneración de los cimientos identitarios entre sus habitantes; una fiesta; un orgullo a perpetuidad; el relanzamiento de: Citius, altius, fortius; “más rápido, más alto, más fuerte”, letanía del francés Pierre de Coubertin, el creador de los Juegos Olímpicos de la era moderna. También es una cumbre publicitaria, y en tiempos canallas, las firmas globales intentan comprar un seguro de imagen a través de los Olímpicos.

Da la casualidad de que París también es un ente polisémico. Se equivoca quien diga que París es sólo una capital. París es la Place des Vosges, uno de los espacios de reserva estética de la humanidad donde Victor Hugo vivió entre 1832 y 1848, y escribió gran parte de Los Miserables.

Por París pasean algunos de los personajes de Michel Houellebecq, el escritor de las orgías de provocación en tiempos de pensamientos autoritarios e hiperreligiosos. París es Neymar, embajador catarí cuya misión es convencer al mundo de la autenticidad del Mundial 2022. París es una fábrica de clichés, y por lo tanto, de la ciudad del amor, de la baguette y del croissant. Aunque Wikipedia intente eclipsarlos, París es la cuna de los enciclopedistas. París es Frédéric Beigbeder, el publicista literario.

La Francia del 2024 es difícil de imaginar en los tiempos de Apple cuyos lanzamientos periódicos redefinen las medidas del tiempo. Faltan siete años para que se encienda un pebetero parisino pero parecen siete siglos, o no. Siete años, pero se irán rápido. Francia, junto a Estados Unidos, Gran Bretaña, China y Rusia, se encarga, desde la ONU, de preservar la vida a través de la política.

Sobre el tablero geoestratégico, París perdió fuerza con la escalada de Angela Merkel. Lo intentó François Hollande pero no pudo. Las instituciones europeas son dominadas por Alemania, lo mismo el Banco Central Europeo (con Mario Draghi haciendo corajes con el alemán Wolfgang Schäuble) que la Comisión Europea.

No sabemos si Emmanuel Macron presenciará la inauguración de los Juegos Olímpicos de París del 2024 pero lo que sí queremos es que Donald Trump la vea desde su torre neoyorkina. En siete años el mapa de problemas globales crecerá, al parecer, con la contribución de Trump. Ya está cambiando.

No sabemos si Bachar el Assad continuará como árbitro parcial de una guerra civil. ¿Qué será del califato del Estado Islámico? ¿Llegará la independencia kurda en Irak? ¿Kim Jong-un seguirá aplaudiendo como luchador de la Arena México en cada prueba nuclear?

Lo que sí sabemos es que París bien vale unos Juegos Olímpicos.

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