El Consenso de Pekín
China no es un modelo a seguir para los países en vías de desarrollo. Su historia de éxito es irrepetible porque sus características son irrepetibles.
El modelo autoritario de China dominará el mundo en el siglo XXI. La frase se repite una y otra vez. Los datos le dan fuerza. China se ha convertido en la segunda economía más grande del mundo. Hace dos años rebasó a Estados Unidos en número de internautas y desde el 2009 es el primer socio comercial de Brasil y Japón.
El ascenso de China ocurre a una mayor velocidad de lo que los expertos preveían y eso agrieta las viejas certidumbres. Hace cinco años su Producto Interno Bruto (PIB) era 2.5 billones de dólares, la mitad del japonés. En 60 meses se duplicó. Ahora es un tercio respecto del estadounidense, ¿por qué pensar que faltan dos décadas para que alcance el número uno mundial?
El ascenso de China significa el final de la arrogancia occidental, dice Der Spiegel. Ha concluido una era donde las grandes decisiones se tomaban entre Europa y Estados Unidos.
El mundo es multipolar y China es un actor que pesa cada vez más. La Agencia Internacional para el Desarrollo de China es el principal contribuyente en África y una presencia creciente en América Latina. Ya nadie habla del Consenso de Washington en tiempo presente. La ola del futuro se llama Consenso de Pekín.
El término fue acuñado en el 2004 por Joshua Cooper Ramo, un exeditor de internacionales de Time. El Consenso de Pekín no describe un programa detallado como el Consenso de Washington, y ni siquiera es un consenso.
Es una etiqueta para describir el modelo chino: un sector privado subordinado a un gobierno protagónico y pragmático.
Es tan “pragmático” que no le importan las contradicciones. Tiene 95 billonarios en la lista de Forbes (31 de ellos corresponden a Hong Kong). Tan “pragmático” que no está dispuesto a negociar su modelo de consumo energético: gasta cuatro veces más energía por punto del PIB que Estados Unidos.
El autoritarismo merece mención aparte. El caso de China sirve para contradecir a los que pensaban que el desarrollo de los mercados y el aumento de la riqueza implicaba la emergencia automática de la democracia.
China no tiene prensa libre, libertad de asociación o manifestación, ni siquiera existe un parlamento que garantice la pluralidad en esa nación. Es un país más rico, sí, pero no más libre que en el año 1978, cuando Den Xiao Ping proclamó que aspirar a ser rico no es vergonzoso.
¿Es la carencia de libertades un obstáculo insalvable en el ascenso chino?
Los detractores afirman que el capitalismo del siglo XXI requiere dosis mínimas de libertades, de las que China carece. Aseguran que el dragón no podrá volar muy alto por la acumulación de contradicciones, donde destaca el desarrollo de una sociedad cada vez más rica (o menos pobre) y un Partido Comunista que no está dispuesto a compartir la conducción del camión.
El problema para los detractores es que la realidad no ha confirmado aún sus pronósticos. Desde los años 90 se argumenta con inteligencia y abundancia sobre los límites del dragón, pero el hecho es que éste sigue creciendo a una tasa que desafía las leyes de gravedad.
¿Es China un modelo a seguir para los países en vías de desarrollo? Todo indica que no. Su historia de éxito es irrepetible porque sus características son irrepetibles, en especial el ethos de trabajo, ahorro y disciplina. Para México hay una lección: el peso de la historia y las taras de la ideología pueden ser superadas con grandes dosis de sentido común y pragmatismo.
lmgonzalez@eleconomista.com.mx






ELOY LÓPEZ
La gran lección para México: Pragmatismo. La respuesta no esta en copiar el modelo excacto porque como dices las condiciones son unicas y casi imposibles de repetir.
Es algo que debemos aprender cuando intentamos copiar un modelo. No nos damos cuenta de nuestras circunstancias particulares y entonces aplicamos los mismos pasos. Despues nos preguntamos ¿Por qué no tuve el éxito similar al de ese país?.
Pragmatismo parece ser el ingrediente secreto y no tamto los pasos que China siguio.
Buen articulo. Me gustó.
Saludos,
Eloy López.
Añadir comentario