¿Estrategia Nacional de Energía?
Una estrategia de energía tendría como pilares la seguridad, la eficiencia, la sustentabilidad y la calidad en el suministro, y desde luego, sería indiferente a atavismos ideológicos.
Asumiría objetivos cuantitativos a lo largo del tiempo, y consistentes con instrumentos explícitos en materia de precios, regulaciones y mercados. Esto se extraña en la recién publicada Estrategia Nacional de Energía (ENE).
Aunque su inclinación de fondo parece racional, la forma y el contenido transitan por un lenguaje elíptico y solemne que sustituye a una indispensable cadena lógica clara entre medios y fines.
La cita siguiente es reveladora, se trata de un tema esencial, aquí oculto en el documento dentro de un listado críptico. Se propone (P.31): “Instrumentar de manera gradual esquemas tarifarios que reflejen costos de oportunidad de todos los energéticos e incentiven el uso eficiente de la energía, protegiendo a la población de escasos recursos mediante programas de subsidios focalizados”.
¿Por qué recurrir a una obscura fórmula retórica y no decir “eliminación de los subsidios”? Restricciones políticas auto-impuestas antes que el compromiso reformador. Sin la eliminación de subsidios, la seguridad energética, la eficiencia, la sustentabilidad, la calidad en los servicios, y la plena salud fiscal de la República, son imposibles.
La Estrategia opta por respetar la discreción del lúgubre templo nacionalista. Es una lástima; no hace abrir ojos ni oídos, no anima el debate ni intenta sacudir la paz de los sepulcros.
Más de lo mismo. Se pierde otra valiosa opción para inducir la pedagogía pública sobre una de las reformas más acuciantes para el país: la del sector energético.
Hidrocarburos y electricidad, comprensiblemente son los ejes del discurso estratégico. Todos sabemos que la restitución de reservas petroleras en aguas profundas del Golfo de México es remota sin tecnología y alianzas con empresas extranjeras, sin competencia y sin inversión privada (Chicontepec es un viejo e impracticable anhelo).
Y entonces, el agotamiento del petróleo está a la vista. Tal vez sea lo mejor; hemos demostrado que no lo merecemos. La Estrategia prefiere pasar por alto la necesidad de una real reforma petrolera, y por tanto, no puede tomarse demasiado en serio. Honramos al tabú ideológico delante de la inteligencia pública.
En cuanto a electricidad, las claves de la Estrategia transcurren razonablemente por las fuentes renovables, el abatimiento de pérdidas, y un adecuado margen de reserva. El problema, otra vez aquí, radica en medios tímidos ante objetivos ambiciosos, reducidos a expectativas inmateriales.
No habrá generación distribuida, ni multiplicación de capacidad con fuentes renovables sin eliminación de subsidios y/o el pago de feed in tariffs (primas por Kwh de electricidad de origen renovable), y sin una apertura franca a la inversión privada, a la par de una red interconectada moderna e inteligente.
El respaldo necesario para las renovables (intermitentes) irónicamente encuentra ahora una oportunidad dorada dado el amplio margen de reserva existente en el sistema eléctrico nacional. La desaprovechamos.
Por último, la Estrategia se encuentra en un fuera de lugar monumental. Es omisa con respecto al compromiso establecido por México ante el Acuerdo de Copenhague y rumbo a la COP 16: reducir emisiones de gases de efecto invernadero 30% desde la línea base al 2020. Y casi 70% de las emisiones totales del país provienen de la producción y consumo de energía (¡!).
Más de lo mismo. Se pierde otra valiosa opción para inducir la pedagogía pública sobre una de las reformas más acuciantes para el país: la del sector energético.












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