La grilla inflacionaria

CREDITO: 
Enrique Campos Suárez

La señora de la tortillería estaba feliz. No podía estar más de acuerdo con el diagnóstico de los priístas, los incrementos en las gasolinas iban a desatar una escalada de precios que afectaría los precios de la canasta básica.

Estaba tan de acuerdo en que eso iba a pasar, que simplemente decidió que había llegado el momento de subirle el precio a sus tortillas.

Eso sí, con una profunda indignación con el gobierno por haber subido 1% el precio de la gasolina Premium.

¡Qué bueno que el PRI le abrió los ojos! La clase política le entiende muy poco a la economía del país y ése es un grave problema, porque los lleva a tomar malas decisiones y a dar un uso irresponsable al enorme acceso que tienen a los medios de comunicación.

Aumentar precios, en tiempos de baja actividad económica es una decisión muy costosa. Es tan impopular como subir los impuestos, y este gobierno ha hecho las dos cosas y en la misma semana.

Y claro que colgarse políticamente de este tipo de decisiones se convierte en algo sumamente atractivo para los opositores.

Pero incluso la crítica a las decisiones de gobierno debe tener la moderación suficiente para no afectar el desempeño del acto de gobernar.

Uno de los peores errores que cometió el gobierno federal en medio de la crisis económica fue congelar los precios de los energéticos durante todo el 2009. Ese acto de populismo financiero pasa ahora sus facturas.

En precio, así, congelado temporalmente no genera el aplauso por la bonhomía del gobierno, sino la expectativa de que no se atrevan los gobernantes a descongelarlo.

“A quién le dan pan que llore”, decía mi abuela.

Ahora, los cobros políticos incluyen a los mártires tricolores, confiados en la desmemoria, autoflagelándose ante las acciones del “malvado gobierno hambreador y desconsiderado” que se atreve a subir los precios al pobre y buen pueblo.

El estado de cuenta de la política incluye también a los muy cínicos diputados perredistas que mandan a un exempleado de la Secretaría de Finanzas de Ebrard, ésa que acaba de recetar aumentos muy significativos en la capital del país, a quejarse del aumento de precios del gobierno federal.

Y claro que esa factura política no deja fuera a los inhábiles panistas que defienden un aumento que es indefendible.

Y que recuerdan que los aumentos en tiempos de Zedillo eran peores, pero la peor cuenta por pagar está en la parte económica, porque ésa se paga en efectivo y con cargo al salario.

De entrada, refleja que no hay una política de precios para los bienes y servicios del sector público, que suben o se congelan, dependiendo lo que digan los balances de recaudación o las encuestas.

La idea que ahora brota de las filas del PRI de facultar al Congreso para que fije los precios de los combustibles se inspira más en ese discurso lacrimógeno de Manlio Fabio.

O en la arenga lanzada por Beatriz, en la necesidad de establecer políticas de Estado modernas y estables.

Y claro, lo que espera la señora de las tortillas y el industrial de cualquier otro sector es que alguien se ponga a calentar el ambiente para que en el mundo de la especulación ellos puedan quedar del lado de los ganadores,
a costa de los demás.

Total, la culpa, dicen los políticos opositores, no es de quien especula con los precios, sino del gobierno hambreador.

La primera piedra

Esa maravilla que se llama Twitter se está convirtiendo en El Señor de las Moscas o en el Mr. Hyde del Dr. Jekyll.

Es un medio fantástico de comunicación multidireccional, pero que está de moda. Y, por lo tanto, lo que en Twitter pasa, en Twitter no se queda.

Se ha convertido en un órgano de vocería para la comunicación, voluntaria e involuntaria de los que ahí escriben.

Lo que no quisiéramos ver para este medio es que se convierta en un viejo pasquín de linchamiento público, pero de la era digital.

ecampos@eleconomista.com.mx

La clase política le entiende muy poco a la economía del país y ese problema provoca que se tomen malas decisiones.

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