Una y otra vez
“El curso es el curso”
Chou Lao
La legalidad funda la primera legitimidad. No se puede rodear o transgredir esa prueba. No hay legitimidad sin ley. Al contendiente perdedor en una democracia sólo le queda reconocer ese axioma o echarse a las espaldas una monstruosidad. Un demócrata se atiene a la ley. Un no demócrata afirma que esa ley no sirve para nada o que favoreció a su adversario.
Ciertamente, a todos asiste el derecho de litigar en torno a la observancia de la ley. Ahí esta, para ello, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, instancia definitiva de la declaración de legalidad de la elección. Declaración de legalidad, o sea, por su inherencia a ésta de legitimidad. La crítica democrática de la democracia se da en el marco de la ley.
Así se construye la legitimidad “racional”, como le llama Max Weber, la que deriva de la ley. Los otros dos tipos de legitimidad que él mismo considera son contingentes y no tienen relación con la democracia. La carismática, si no pasó la prueba de la mayoría, queda como una narrativa familiar. La tradicional sólo tiene vigencia en las iglesias y en las comunidades indígenas que se rigen, según la ley, por usos y costumbres.
Posiblemente, en México, la alternancia de partidos en el poder se pueda considerar algo nuevo o muy reciente. No ha arraigado todavía la idea de que la alternancia forma parte de la normalidad democrática. Ciertas corrientes sociales pueden imaginar una democracia de masas, pero tal democracia no existe. Algún intelectual europeo, refugiado en Estados Unidos, propone una democracia de la multitud, pero se trata de algo inviable. Por el momento, no existe más que la democracia representativa que se funda en la ley de mayoría.
Gana el que obtiene la mayoría de votos. Punto. Alguien imagina ser un salvador, pero si no tiene suficientes votos para ganar, no puede querer salvar a fuerzas a la mayoría que no votó por él. Pero ganar o perder en la democracia es siempre relativo, no es una partición absoluta, pues girará en sentido inverso en la siguiente elección.
Democracia del voto y regla de mayoría se articulan, por mandato de la Constitución, con el Estado. Por eso, las elecciones se inscriben en los ordenamientos relativos a la institución y división de los poderes. Cada elección renueva la legitimidad de éstos. Cada elección es una reforma del Estado.











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