Copenhague II

CREDITO: 
Eduardo Andrade Iturribarría*

Esta cumbre es la culminación de un sinfín de reuniones temáticas previas de orden técnico. Es decir, no fueron dos semanas de trabajo sino el corolario de mucho más tiempo de labor intensa.

Labor que no resultó ni cercanamente al éxito. De la cumbre emana un documento, “Acuerdo de Copenhague”, que manifiesta intenciones y declaraciones cuyo mayor mérito es el desarrollo de un lenguaje común. No hay claridad en cómo lo discutido pudiera tener un sentido vinculante.

China no acepta la verificación internacional, Estados Unidos fue tardío en manifestarse asertivamente y África presentó una posición tendiente a reventar los acuerdos, más que a aprovechar la inercia para ser asistida en el desarrollo. Europa, a pesar del liderazgo que ha creado sobre el tema, no fue capaz de empujar una mejor solución para la cumbre.

La cumbre y su fracaso, coinciden con el mejoramiento de la economía mundial. Y, probablemente, dado el incremento en los precios del petróleo que lo acompaña, sea la economía quien influya más en que los países desarrollados inviertan en eficiencia energética y energías amables para el medio ambiente.

La buena marcha del movimiento contra el cambio climático parece depender más de los esfuerzos nacionales -salvo por Europa que ya se organizó- y de la voluntad de los gobiernos para impulsar una agenda que convenza a sus ciudadanos de la benevolencia de las acciones. Clave para el mundo serán las discusiones en el Senado americano.

Sin embargo, China puede reservarse el derecho al desarrollo bajo un paradigma autárquico y omitir las consideraciones ambientales. Su manifestación en el sentido de rechazar la vigilancia internacional puede indicar que ése fuera el camino que pretendieran seguir.

China tiene grandes reservas de carbón y posee tecnología para generar electricidad utilizándolo, pero ante la ausencia de un compromiso con el medio ambiente, lo previsible es que se sacrificara el bienestar global en aras de promover el desarrollo local.

Quizá sea el momento de que los bloques comerciales incluyan las acciones para el combate al cambio climático en sus relaciones con otras economías.

Habría que preguntarse cómo afectaría la balanza comercial de la relación Estados Unidos-China si esta última tuviera que certificar que los productos que exporta cumplieran medianamente con parámetros de protección al ambiente. Ya metidos en esa consideración, habría que cuestionarse también cómo reaccionarían los chinos tenedores de deuda americana ante tal evento.

Regresando al “Acuerdo de Copenhague”, el documento es profuso al manifestar la importancia que tiene la deforestación en el cambio climático. Y omite ser explícito respecto de la energía.

Quizá esto muestra el desbalance en el enfoque de las plenarias sobre el medio ambiente: se es específico en las conductas típicas de una buena parte de los países subdesarrollados, como es la deforestación, pero se generaliza, y no se menciona por nombre la importancia de que las economías más desarrolladas sean eficaces en su uso de la energía.

A lo largo del documento que -hay que repetir- es una manifestación simple de voluntades, se habla de un reparto equitativo de las responsabilidades.

Probablemente la palabra correcta habría sido justo, con todas las dificultades que definirlo tendría para los mayores contaminadores. Pero equitativo no deja de ser eufemístico, vago e insuficiente.

*Presidente de la Fundación México Necesita Ingenieros.

eandrade@eleconomista.com.mx

La reunión internacional para el cambio climático atrajo toda clase de atención, desde grupos radicales que aprovechan las candilejas, organizaciones civiles con propuestas serias y hasta líderes gubernamentales del mundo entero.

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