Violencia, terremotos, tráfico y ¿Matisse?

En la escuela de mis hijos se lleva a cabo un programa llamado DIA (por Desarrollo de Inteligencias a través del Arte), que no es otra cosa que dinámicas grupales en las que se sucita una discusión en torno a la imagen de una obra de arte.

La idea no es discutir sobre la obra en sí, sino que ésta sirva como punto de partida para abordar temas que interesan al grupo de niños…

O al grupo de padres, pues la escuela nos convoca una vez al mes para llevar a cabo una de estas dinámicas.

No somos muchos los que vamos (y los que vamos no vamos siempre), las presiones de la vida moderna son un pretexto perfecto, pero el miércoles pasado sí logré ir a una de estas sesiones y el resultado me sorprendió.

Del escepticismo a la consternación

La verdad soy escéptico y bastante cínico, así que cuando inicia la sesión de DIA con sus respiraciones y con la relajación y la concentración suelo preguntarme ¿pero para qué vine a esta mafufada? Pero luego caigo en el juego y descubro cosas interesantes.

Después de respirar y concentrarnos un rato apareció ante nuestros ojos un cuadro de Henri Matisse, “La danza”.

Y me dio tristeza.

Algunos de mis compañeros definieron las sensaciones que les inspiraba el cuadro: libertad, sensualidad, gozo, amistad, contacto con la naturaleza…

Y mi tristeza provenía de que estuve de acuerdo con ellos pero me horrorizó la abismal diferencia que había entre la escena del cuadro y las que imperan fuera del mismo.

El horror cotidiano

Para sentir este horror no es, siquiera, necesario que nos vayamos a las imágenes más escandalosas de las ejecuciones del narco, de los tristísimos casos de los pequeños Paullete y Bryan o los estudiantes del Tec, tampoco de los terremotos recientes. Basta con echar mirada en torno.

Yo recordé una conversación con mi amigo Emilio Perujo en la que comentábamos sobre la pérdida de la función social del arte y el deporte y de cómo ya no podían ser considerados juegos, al menos, me corrigió él, no en las ciudades.

Pongo ejemplos: Ahora los niños no salen a jugar una cascarita con sus amigos de la cuadra en la calle sino que van a clases de futbol, tampoco, si cantan o tocan algún instrumento, se juntan con sus amigos a tocar sino que van a clases de guitarra o piano.

Claro, ahora resulta que entre las primarias, que llevan decenios con un programa deportivo para llorar, los juegos electrónicos y los papás hiperocupados o que pasan horas en el tráfico hemos criado una joven generación de mexicanos sedentarios y gorditos.

(Es más, si me apuran me pongo paranoico y clavado en las teorías de la conspiración y llego a la conclusión de que en el fondo la pretendida suciedad del agua en la Ciudad de México no fue sino una campaña de Sabritas y Marinela para desterrar al olvido los carritos de frutas que, al menos cuando yo era niño, siempre estaban afuera de las escuelas).

(Como no me apuraron, y sé que los parásitos son una realidad, todo lo anterior (y esto) está entre paréntesis… pero valía la pena decirlo).

¿Y las bailarinas?

Una de las mamás que estaba presente en la sesión DIA estuvo de acuerdo conmigo y fue más allá.

Comentó que las mujeres del cuadro no parecen necesitar nada más que a sí mismas y a la naturaleza. Y se lamentó de como a veces parece normal que llevemos”de paseo” a la familia al centro comercial en lugar de, al menos, un parque.

El cuadro, en ese sentido, es glorioso. Tiene tres colores: el verde de la hierba, el azul del cielo o de un cuerpo de agua, y el color de la carne de las bailadoras. Habría que añadir el negro del trazo que parece torpe pero que es más bien despreocupado y libre.

Las bailarinas no requieren nada más que eso para llevar a cabo su arte, su ejercicio, su juego, su contacto social, su alegría de vivir.

Esa simplicidad también se extraña.

Por cierto, no supe qué más se dijo en la sesión, una cita mañanera de trabajo, quesque muy importante, me impidió quedarme. Salí al tráfico, prendí la radio, vi las primeras páginas de los diarios mientras los voceaban en la calle y la tristeza como que no se quería ir.

pues sí....

Pues sí , esta tristón, lo malo es que ese el tema no solo de las reuniones escolares, sino de las pláticas de sobremesa, las conversaciones en las filas del banco, las pláticas de pasillo…todos estamos en lo mismo y sentimos lo mismo, a lo mejor eso es bueno ¿lograremos coincidir en que ya no se puede continuar así? ¿pasar de la tirsteza al enojo y del enojo a la acción? ¿o que? ¿por dónde? Abrazos, Leticia.

Sobre las "clases de..."

Sí, mi hija también va a "clases de violín" y toca en un ensamble de cámara. Mi familia y yo vivimos en provincia, para ser precisos, en el estado de Veracruz, así que de vez en cuando mi hija se reúne con sus amigos a tocar son jarocho. Veo ahí una ventaja, Manuel, aunque por otro lado también veo casi las mismas escenas del horror cotidiano que miras tú. Ah, y las ejecuciones ¡en primera fila!

Entonces vive en el edén

Jaja. Ya no lo puse en el post porque quedaba muy largo, pero mi amigo Emilio me dijo que mi visión era muy citadina, muy chilanga.
De hecho me dijo que la música con ese sentido social aún se da mucho en Veracruz y Oaxaca. Felicidades!

Saludos

Ahhhh, está triste el relato.. Pero es cierto.

PD: No me había percatado de la falta de carritos de frutas!!

Ya me puse melancólico

Fausto

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