Sorbetería El Colón: el corazón de Mérida
La empresa está ubicada en el centro de la capital yucateca, desde hace 105 años. Cuenta con cuatro sucursales, es una centenaria tradición para los ciudadanos sentarse a tomar una nieve de frutas.
Jesús Vázquez / El Economista
Jul 15, 2012 |
19:55
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Mérida, Yucatán. La sorbetería El Colón es a Mérida lo que Los Portales a Puebla o el café La Parroquia al puerto de Veracruz.

Es una centenaria tradición para los ciudadanos sentarse a tomar una nieve de frutas observando los imponentes campanarios de su catedral desde los arcos del Palacio de Gobierno que albergan a éste, que comenzó como un negocio del inmigrante español Vicente Rodríguez y Peláez, en 1907.

El éxito de su emprendimiento se explica, en un principio, por la novedad de su producto: las nieves de frutas, que no se conocían ni remotamente en el sureste mexicano y que resultaban altamente atractivas en una ciudad cuya temperatura promedio supera los 36 grados centígrados. No obstante, el corazón de Mérida es helado.

Su éxito inicial no es suficiente para explicar su permanencia de más de 100 años. Sobre todo si se considera que tomarse la nieve más sencilla en El Colón cuesta no menos de 30 pesos, contra los 15 que se pagan por una nieve comercial en cualquier tienda de la esquina.

Es más caro tomarse una nieve en El Colón porque al prepararla se emplean prácticamente los mismos métodos artesanales que Vicente Rodríguez introdujo en la Península hace ya 105 años, luego de haber aprendido pastelería y repostería en un hotel español en Cuba.

Ramón López, gerente de la primera sucursal abierta en el Paseo Montejo en los años 60, considera que para muchos podría interpretarse como una necedad de los dueños –nietos de Vicente Rodríguez– aferrarse a una forma de hacer las cosas que, en apariencia, los pone en desventaja contra los productos industrializados que hoy se ofertan en cualquier establecimiento comercial.

También es consciente de que con el paso del tiempo su método artesanal se ha convertido en la principal característica que los diferencia del resto de opciones en el mercado.

DICE NO AL MODELO DE FRANQUICIAS

Mantener un modo de elaboración del siglo pasado también ha significado rechazar ofertas para franquiciar la marca, porque hacerlo implicaría industrializar sus productos, olvidarse de escoger la fruta de un día para otro, dejar de vigilar que no haya nada echado a perder y ya no verificar que la leche esté en su punto para la elaboración de las tradicionales champolas –nieves de leche–.

Quizás el salto más arriesgado que El Colón se ha atrevido a dar es haber cerrado su establo y dejar de emplear leche de vaca recién ordeñada, “porque ya no hay dónde meter animales”, comenta Ramón López.

Franquiciar la marca también habría significado industrializar su línea de dulces, que también data de 1907, en que se introdujeron los piononos, dulces envinados llamados así en honor al Papa Pio IX, los atrollados o los mantecados, que se elaboran igual en Mérida y La Habana.

FAVORITO DE PERSONALIDADES

Esa aparente necedad de los dueños se ha tornado en el principal activo de El Colón, pues aunque no se promocionan ni en radio ni en televisión, cuenta con todo tipo de clientes, desde las personas más humildes hasta figuras icónicas de la historia de la aviación, estrellas de la época de oro del cine mexicano, hasta expresidentes de la República. Todos atraídos por la simple experiencia de degustar una nieve de fruta natural como las que se tomaban en tiempos de Porfirio Díaz.

Desde María Félix, Dolores del Río, Pedro Infante, Charles Lindbergh (el primer hombre en cruzar volando el Océano Atlántico en solitario), hasta figuras más contemporáneas como el director de cine Alejandro González Iñárritu, así como los expresidentes Vicente Fox y Carlos Salinas han degustado un sorbete, una champola o un dulce de El Colón.

La marca es conocida prácticamente en todo Mérida. Emplea a un promedio de 10 trabajadores en las cuatro sucursales con que hoy cuenta en la ciudad.

CARTA DE SABORES

Su oferta de sabores básica es limón, naranja agria, piña, fresa, tamarindo y plátano. Conforme transcurre el año, ofrecen frutas de temporada como guanábana, zapote, saramuyo, pitaya, nance, ciruela y una de las sus más tradicionales, la crema morisca. Todas ellas elaboradas con una receta patentada y guardada celosamente por la tercera generación de una familia de heladeros.

jvazquez@eleconomista.com.mx

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