Las horas perdidas: Nunca nos había pasado
Ricardo García Mainou
Cuando los seres humanos alcanzamos cierta edad, entramos al terreno del nunca me había pasado: un dolor en la espalda, una rodilla que cruje, el maldito insomnio. Hay un paralelismo hacia las naciones.
Cuando nos con ese bultito en el pecho, ese atentado en el centro de la ciudad, ese suceso desconocido, la primera reacción es la parálisis, el estupor. Incluso antes de pensar en cómo debemos reaccionar ya estamos explicando nuestra incapacidad para hacerlo con la negación.
Algo similar sucedió en Noruega el viernes pasado. Después de los sangrientos eventos del primer acto realmente terrorista en su nación, muchos noruegos aún declaraban a los medios: esas cosas no pasan aquí.
Lo curioso es que lo mismo podemos todavía escuchar entre muchos mexicanos, que frente a los nuevos visos que ha tomado la violencia sienten un extrañamiento similar: En mi casa, en mi barrio, en la ciudad donde nací, no hay balaceras, no hay retenes militares, no aparecen narco fosas, no llegan tipos y masacran a jóvenes.
Los sucesos en Noruega, sin embargo, merecen examinarse.
El 9/11 Noruego, como lo llamó The Sun en Inglaterra desnudó a los servicios de seguridad noruegos, como evidenció la incompetencia de los estadounidenses hace una década.
Al parecer estaban tan enfocados en prevenir el terrorismo en su variedad islámica, que no miraban dentro de casa: a sus propios grupos de extrema derecha.
Los que tampoco están listos son los medios informativos. Su primera reacción fue apuntar al usual suspect: Al-Qaeda. Se convocaron expertos, que para lo que dijeron deberían poner adivinadores en sus tarjetas de presentación. Se elaboraron hipótesis y encabezados. Se explicó por qué la organización terrorista odiaría a los noruegos (su participación en Afganistán, alguna caricatura del profeta en un periódico). A través de twitter se invitaba a algún testigo a aportar algo. Los jefes de redacción se daban golpes en la frente por haber cerrado la corresponsalía en Oslo.
Lo peor del caso es que la mala reacción mediática le hace el juego a los terroristas. Como explicaba Mauricio Meschoulam desde el viernes: Lo único que buscan los terroristas es proyectar a través del miedo: asustar a la población tanto como generar seguidores y simpatizantes a sus causas. La reacción alarmada e indiscriminada de los medios ayuda muchísimo a esa agenda.
Si El País reportaba que Oslo, según un testigo se había convertido en una “zona de guerra”, lo primero que podríamos preguntarnos es si el testigo sabe lo que es eso. Lo segundo, si esa imagen es capaz de decirnos algo fuera de nuestras propias referencias cinematográficas. La verdad es que, por fortuna, la mayoría de nosotros no ha vivido una auténtica zona de guerra (todavía).
Los adjetivos grandilocuentes son el alimento del terrorista. Como dice Charlie Brooker en The Guardian, el noruego quería hacerse un nombre. Por eso no lo debemos identificar. Debe ser descartado, borrado. No merece la pena ni etiquetarlo como “loco”, “monstruo” o “maniático”, todos son un tipo de glorificación perversa, si hay que llamarlo algo es un nada.
El rubio noruego, cuya fotografía tapiza los diarios de todo el mundo, en una suerte de publicidad masiva de su headshot; había circulado desde 2002 un manifiesto de 1,500 páginas que se titulaba: 2083 Una declaración de Independencia Europea, una especie de inverso del de Al-Qaeda.
Sus acciones fueron planeadas cuidadosamente: Una página en Facebook para difundir sus ideas más trilladas. Un sólo tuit: Una persona con una creencia es igual a una fuerza de 100,000 que sólo tiene intereses.
El viernes pasado, empezó atrayendo a las fuerzas de seguridad noruegas al centro de Oslo, explotando una bomba afuera de un edifico gubernamental de 17 pisos. Ahí mató a siete personas.
Después tomó un ferry público a la isla de Utøya, se vistió de policía y se presentó en un campamento político de verano para jóvenes, donde dijo que venía a revisar la seguridad. Al campamento asistían los hijos de muchos miembros del partido laborista que gobierna Noruega. Una vez ahí, reunió a los jóvenes y pasó 90 minutos disparando fría y metódicamente contra ellos con balas expansivas, cazando a los que conseguían huir. El resultado hasta ahora: 85 muertos.
La lógica del terrorismo es tan absurda, que la primera oleada mediática etiquetó como ataque islámico lo que había realizado un tipo fundamentalista cristiano como declaración antimusulmana.
Henning Mankell recuerda en The Guardian el trabajo de Hannah Arendt sobre Eichmann: La banalidad del mal. Esa gente que juega con el perro y riega su jardín y nunca sospechamos que sea un asesino psicótico.
El noruego no podía tener motivos más banales: oposición a los musulmanes y al multiculturalismo, odio a la globalización y a la edad moderna. Si algo nos queda claro es que justificaciones terroristas las hay en todos los contextos políticos, religiosos e ideológicos. Siempre hay un pretexto.
A lo mejor nunca nos había pasado, y esas cosas no pasan aquí. Hasta que suceden. Entonces más vale recordar esa frase de Roosevelt tan apropiada: “Lo único que podemos temer es al miedo mismo”.
twitter @rgarciamainou












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