La (nueva) amada de Woody Allen

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Concepción Moreno / El Economista

Hay algo que queda claro cuando uno ha visto al menos una película de Woody Allen: el hombre ama las grandes ciudades. Le encantan con su frenesí, sus conversaciones mundanas, sus habitantes sofisticados. Primero exploró esa fascinación citadina con su natal Nueva York. Después con Londres y Barcelona. Era imposible que en su segundo aire europeo Allen se olvidara de París.

Pero Medianoche en París es una película distinta a sus otras obras europeas. La diferencia: Allen ama París. Y para entender cuánto, hay que recordar Manhattan.

En 1979, Allen dirigió su oda máxima a una ciudad: Manhattan, para muchos su mejor película. Manhattan comienza con un bello prólogo visual que armoniza panorámicas con detalles de la vida en Nueva York, mientras el protagonista, Isaac, dice aquellas frases famosas: “Él adoraba Nueva York, la idolatraba fuera de proporción...”.

Medianoche en París comienza exactamente igual. Durante varios minutos vemos París en toda su belleza; París de día, París cuando llueve, París a la luz de la luna. Imposible, simplemente imposible no enamorarse de la Ciudad Luz cuando la vemos con los ojos de Woody Allen.

Y entonces conocemos a su amante de ficción. Gil Pender (Owen Wilson, aquí como un joven con los ojos agrandados por el romance), un guionista hollywoodense que está en París de vacaciones con su novia Inez (Rachel McAdams) y sus suegros.

Gil ama París, quiere recorrerla, adueñarse de ella, buscar en ella toda su historia y sus fantasmas, y espera que a cambio la ciudad le dé la inspiración de una novela. Porque Gil sueña con ser un escritor “de verdad”, está harto de Hollywood y su frivolidad. Su novia y sus suegros, estadounidenses de cepa pura, solo quieren escapar cuanto antes de la pedantería francesa.

Así que Gil está solo, y lo único que le queda es caminar por la ciudad hasta la medianoche. Cuando suenan las campanadas de Notre Dame, Gil se topa con algo mágico: de pronto un automóvil de los años 20 cargado de juerguistas lo invitan a acompañarlos a una fiesta.

Al llegar, lo recibe una muy vivaracha mujer vestida a la usanza de las flappers de los Locos 20. ¿Es una fiesta temática? No: sus anfitriones son los Fitzgerald, Francis Scott y su esposa Zelda. Al piano, un dandy toca “Let’s Fall in Love”: es Cole Porter. En un bar, Gil conoce a un tipo duro y amistoso que le dice que “la verdadera prosa es clara y honesta”: no es otro que Ernest Hemingway.

Así es, por la magia de París, Gil ha viajado al pasado, a la ciudad de la Generación Perdida. Y le encanta. Y además ha encontrado ahí a la mujer perfecta: Adriana (la bellísima Marion Cotillard), musa de Picasso, Modigliani y ahora de Gil.

El pasado es una quimera, lo perseguimos como tal especialmente cuando no nos gusta el presente. ¿Odia tanto Gil su presente como para quedarse allá, en los Locos 20?

Con Medianoche en París Allen regresa a sus temas favoritos y logra el cometido de rendirse a los pies de una ciudad que siempre lo ha querido. Europa le ha sentado bien al cine de uno de los más importantes cineastas de todos los tiempos.

cmoreno@eleconomista.com.mx

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