Las horas perdidas: Intriga internacional

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Ricardo García Mainou

La semana pasada el gobierno estadounidense reveló la existencia de un complot para asesinar al embajador de Arabia Saudita en Washington, entre otros blancos que incluían bombas en las embajadas de Israel y Arabia Saudita en la capital estadounidense. El complot tendría su origen en Irán y pretendía valerse de un contacto entre un ciudadano iraní y miembros del cartel mexicano de Los Zetas para llevar a cabo su objetivo.

El plan iba así: Manssor Arbabsiar, el iraní detenido en Nueva York después de que se le negara el acceso a México, le transfirió 100,000 dólares de enganche a su contacto dentro de los Zetas, que resultó ser un agente encubierto de la DEA en México, para poner una bomba en la embajada saudí en Washington y despacharse a Adel Al-Jubeir, su embajador. La relación pintaba prometedora para Arbabsiar, que habló de poner bombas también en la embajada de Israel, y aprovechar los canales de filtración de Los Zetas en la frontera estadounidense para crear una linda y provechosa relación de negocios que involucrara drogas, terrorismo y lo que se les pudiera ocurrir.

No hacía falta que el gobierno Iraní gritara que todo era un guión prefabricado por la administración de Obama, para que esa voz tuviera eco en México. Las redes sociales, particularmente twitter, se llenó de alegatos que desacreditaban toda la trama como un vil pretexto de la administración Obama para: (a) Intervenir militarmente en Irán. (b) Reforzar su popularidad interviniendo militarmente en Irán y ganar una elección en que va mal. (c) Salvar su economía echando a andar la maquinaria de guerra.

Si la trama parece un guión descartado de 24, un análisis cuidadoso de las tres hipótesis evidencia que fuera de su valor como tema de sobremesa no tienen demasiado sustento.

Primero porque los EEUU ya están metidos en dos guerras más de las que pueden manejar (Afganistán e Irán). Segundo, porque por más ingeniosa que haya sido Wag the dog no deja de ser una película de Hollywood, y pensar que inventarse un conflicto le garantizaría una elección a Obama es cuando mucho una simplificación.

Tercero porque la economía estadounidense fue quebrada precisamente por sus dos guerras, y esa vieja receta sobre la "maquinaria de guerra", favorita desde la segunda guerra mundial, no tiene pies ni cabeza en un escenario donde el protagonista estuvo a punto de tener una parálisis gubernamental por no poder negociar el techo de su deuda.

Más de una columna apunta que el gobierno de Obama "nos debe demostrar" que el complot fue real y que, mientras, está bien asumir una posición escéptica y concentrarse en temas más interesantes en nuestro ombligo electoral local. Esa posición deja de lado muchas preguntas que quizá nos deberíamos estar haciendo y cuya respuesta es mucho más compleja que una vieja receta de culpar a la CIA y el FBI de los males del mundo.

La primera tendría que ver con el papel que juegan nuestros cárteles de la droga en el panorama internacional. El tráfico de armas, drogas y personas a través de las fronteras, son operaciones que, sin duda, favorecen a organizaciones terroristas y complican la seguridad de cualquier país. Aquí ya no estamos hablando de mariguana medicinal en California o de trabajadores ilegales cosechando lechugas.

Quién se haya asomado a ese impresionante testimonio de la mafia internacional que es el libro Gomorra de Roberto Saviano, le quedará claro que las redes que teje el crimen, no son tan simples como quisiéramos creer en la seguridad de nuestras salas. No hay un sindicato del crimen a cargo de algún tipo que deba ser desarticulado por un agente del MI-6 con gusto por los martinis ni los carteles mexicanos operan en su ranchito, como se nos sugiere en El Infierno.

Considerando que el señor Arbabsiar existe, y que sí hay una transferencia de 100,000 dólares, y un informante de la DEA, y antecedentes de ciudadanos iraníes queriéndose valer de polleros para colarse en la frontera a EEUU, vale la pena detenerse un momento y buscarle sentido a la conspiración misma.

The Guardian reflexionó sobre el tema, apuntando que suena improbable que el supremo líder iraní, el Ayatollah Khamenei hubiera estado detrás de un intento tan absurdo, con más probabilidades de irritar a los tres más grandes enemigos de su país, EU, Arabia Saudita e Israel, al mismo tiempo.

A sus analistas tampoco les convence un escenario donde Mahmoud Ahmadinejad, el presidente iraní, tuviera algo que ver, especialmente por su limitada influencia en las guardias republicanas, y porque difícilmente arriesgaría su posición política interna, impulsando esta historia a espaldas de Khamenei.

La propia presencia, supuesta, de las guardias republicanas en el complot levanta dudas, particularmente porque hasta ahora han tenido muchísimo cuidado en que no quede evidencia de su participación en cualquier trama terrorista, desde el bombardeo de la embajada estadounidense en Beirut en 1983 hasta la fecha. Pensar que se involucrarían en una trama que involucra a un vendedor de autos usados (Operación Código Chevrolet), sólo porque éste, supuestamente es primo de un pez gordo en las Guardias y amigo de la tía de un Zeta, suena poco profesional.

La desarticulación de cualquier extensión internacional del crimen organizado debiera ser una prioridad que trasciende cualquier debate sobre la estrategia particular de México y su presidente. Si se pueden encontrar vínculos entre Los Zetas y cualquier interés de desestabilización internacional, más vale atender el foco rojo y dejarse de guiones de Hollywood, quién esté detrás y para qué, es hasta secundario.

twitter @rgarciamainou

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