El serio juego de escribir para niños

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Concepción Moreno / El Economista

Aidan Chambers (Inglaterra, 1934) es un personaje curioso. Nació en una zona rural, fue un mal estudiante y pasó gran parte de su juventud como monje en un monasterio.

A los 33 años dejó la vida conventual, se casó y se aventuró al mundo de la literatura; pero no cualquier tipo de literatura, optó por la literatura infantil.

Cuando se sabe que alguien se dedica a la literatura para niños y jóvenes suele pensarse que se escribe un género inferior, algo “más fácil” que la literatura para adultos, si cabe llamar así a la simple literatura. Es un error. Escribir libros para niños tiene un alto grado de dificultad. Muchos autores han fracasado al internarse en el género, escriben con una alegría artificial o una tragedia absoluta, como si los niños tuvieran el rango emocional sólo de los extremos.

Chambers no sólo ha dedicado su vida a escribir para los lectores más jóvenes, sino también a ser una especie de teórico de la literatura juvenil, un buscador de la forma de escribir para niños.

Una de las formas que ha cultivado es la de la minificción, cuentos breves, de mil palabras o menos, que son como una flashazo literario que ilumina en un instante a un personaje, su situación y todo lo que necesitamos saber de él.

El juego de los besos es una colección de cuentos en la que Chambers explora la minificción. Son cuentos, a veces pequeñas obras de teatro, otras veces breves cartas y relatos, todos protagonizados por personajes entre los 11 y los 16 años.

En el cuento que da título a la colección, un muchacho tímido intenta por todos los medios librarse de su timidez y conseguir su primer beso; en otro cuento (éste, en forma de carta), un adolescente justifica sus ausencias a la clase de deportes aludiendo a la necesidad de dejar a los jóvenes tomar sus propias decisiones; en un tercer relato, en una breve obra de teatro dos muchachos reviven, sin quererlo, el Esperando a Godot de Samuel Beckett; en otro relato nos enteramos de las desgracias de aquellos que trabajan metidos en botargas de animales de peluche en las ferias.

Es un libro variopinto El juego de los besos, al mismo tiempo divierte, conmueve e intriga. Los cuentos se leen con facilidad, casi no se les nota las costuras.

cmoreno@eleconomista.com.mx