Cuando tu misión importa

Credito:

Ricardo García Mainou

Me topo un anuncio en el periódico. Es una invitación al II Foro sobre Comunicación del Cambio Climático (antes “calentamiento global”), que se celebrará en la ciudad de México. El anuncio incluye preguntas que serán respondidas en el foro, por ejemplo: “cómo lograr que el desafío del cambio climático sea entendido por el mayor número de personas en el menor tiempo posible”. O: “cómo incidir en la conciencia de las masas para que ese conocimiento se transforme en comportamientos más verdes”. O: “cómo concientizar sobre las amenazas del cambio climático para hacer el mundo un mejor lugar para las generaciones futuras”.

Estas preguntas resumen el paradigma no sólo del llamado cambio climático, sino el de todos aquellos que suscriben el mismo, incluida la urgencia por difundir su mensaje. Lo advierto: voy a ser políticamente incorrecto. Empecemos por las implicaciones de las preguntas anteriores:

-Es importante (vital) difundir esta información al mayor número posible de personas en el menor tiempo posible.

-Es posible valerse de los medios de para crear conciencia en las masas.

-Es posible convertir al típico tira-bolsas-de-papas-en-la-vía-pública en un ser consciente y verde.

-El cambio climático es un desafío para nuestra sociedad en el que es posible incidir tomando comportamientos verdes.

-La concientización sobre una amenaza nace un futuro mejor para todos.

En esas preguntas se desborda ingenuidad. Aclaro: no quiero decir aquí que el planeta esté para ensuciarlo.

Las reflexiones más serias que he leído sobre el tema las hace Martín Caparrós, en su libro Contra el cambio: un hiperviaje al apocalipsis climático (Anagrama). Caparrós hace una crónica de sus viajes por todo el planeta. Entrevistando a la gente, analizando los puntos fundacionales del neodiscurso ecologista, como una especie de dogma de fe que se vende como científico. Expone el mercado negro de créditos de carbono, las paradójicas verdades de los pactos de Kioto cuando se ponen frente a la digestión de los millones de rumiantes que el hombre ha criado sobre la tierra.

Es un libro inteligente que hace las preguntas adecuadas. Las preguntas que acompañan al foro podrán ser bien intencionadas, pero no dejan de traslucir una visión fundamentalista, no sólo de su mensaje, como de su visión súper ingenua del poder mediático y su capacidad de persuadir o cambiar conductas humanas.

Contribuye a esa fatal ilusión de que ser más verde hará una diferencia en el planeta que heredaremos a nuestros hijos. La letra pequeña de estos discursos maniqueos no suele apuntar que es muy poco, si no nulo, el impacto que tiene la cultura humana actual para incidir en forma significativa (y positiva) en la atmósfera del mundo. Peor aún, se abstiene de comentar cómo la ciencia del clima todavía está en pañales y suele asumir más de lo que puede probar. Si la ciencia es incapaz de predecir los efectos que tiene una vitamina en el complejo sistema fisiológico del cuerpo humano; extrapolemos la ignorancia colectiva a la salud del planeta.

No basta que los partidos políticos verdes se hayan dedicado con empeño a desacreditar no sólo al ecologismo y a la palabra, sino hasta al color verde. No dedicaré el resto del texto a exhibir la incongruencia mayúscula de los tucanes que promueven la pena de muerte; dejémoslo ahí.

No cabe duda de que detrás de todos estos movimientos hay una necesidad profunda de sentirse importante, de trascendencia personal, de pensar que plantando arbolitos y reciclando el agua, seremos capaces de incidir en el futuro inmediato.

Si algo reveló Michael Crichton con su postura contestataria frente al supuesto consenso de la comunidad científica a propósito (entonces) del calentamiento global, fue demostrar la ignorancia que invade no sólo el centro pleno de muchos de estos movimientos, sino la misma idea de lo verde. Crichton dedicaba un apéndice de su novela Estado de miedo, a resolver dilemas aparentemente transparentes para el ecologista empírico: qué contamina menos: bolsas de papel o de plástico (respuesta: las de plástico). Lo que Crichton olvidaba, y descubrió Caparrós, es que tenemos una necesidad de encontrar culpables para lo que nos sucede y qué mejor que transformar ese sacrificio primigenio a los dioses en, por ejemplo: paneles solares para generar nuestra propia electricidad sin ayuda divina. Resulta impensable enfrentarse a un tsunami y no martirizarnos: los culpables de esa ola somos todos los seres humanos.Debe haber algo reconfortante en sentirnos los causantes de las arbitrariedades del clima. De arrebatarle a los dioses de antaño el poder generador de tormentas y decirnos que es cuestión de difundir el mensaje, unir las manos, plantar un árbol, compostear y mirar al horizonte con la conciencia bien limpia, lista para hacer lo correcto y ponerle el curita climático a nuestro planeta herido.

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