Mi viejo cine mudo, cómo te extraño
Concepción Moreno / El Economista
Éste ha sido un buen año para Hollywood. Buenas películas son las nominadas de este año al premio de la Academia a mejor película. Sin embargo, la carrera final es de dos cintas: La invención de Hugo Cabret, del genio Martin Scorsese, y El artista, de un solemne desconocido de nombre sonoro: Michel Hazanavicius.
Es algo más que curioso que la dos cintas que son fuertes contendientes al Oscar sean homenajes a la primera edad del cine. Mientras Hugo es un tributo a Georges Méliès, El artista lo es del cine mudo en su época final, allá por 1927, cuando el cine sonoro (los talkies, como les decían entonces) se apropió para siempre de la pantalla de plata. Más que curiosidad o simple anécdota, podemos leer en ambos homenajes una nostalgia evidente por un cine más sencillo, más valga la cursilería mágico.
De Hugo ya hemos hablado. Scorsese hace de su cinta más personal una película familiar en 3D: una verdadera joya.
Hablemos de El artista, la primera cinta muda que se estrena comercialmente en 80 años. Incluso se muestra en formato reducido para recordar el viejo formato de 8 mm de las cintas de antaño: la pantalla se vuelve cuadrada en vez de rectangular.
George Valentin (Jean Dujardin) es el rey del cine mudo.
Todo marcha bien en la carrera de Valentin hasta que un día Al Zimmer (John Goodman), ejecutivo del estudio para el que trabaja Valentin, llega con una novedad: ahora las películas pueden tener sonido y los actores pueden hablar. Y la fama y la carrera de George Valentin se van por el caño.
Entra en escena Peppy Miller (Bérénice Bejo), admiradora de Valentin, que gracias a su ídolo consigue trabajo como extra. Con la llegada de los talkies llega la fortuna para Peppy: al mismo tiempo que la carrera de Valentin cae, la de ella sube.
¿Qué relación une a Peppy con Valentin? Un amor platónico que, quizá, sea la salvación para ambos.
El resultado es una cinta extraordinaria. Dujardin brilla y su cara tiene todo el encanto y la gracia de las viejas glorias del cine. Sí, se parece a Clark Gable y también a nuestro Jorge Negrete. Es decir, su rostro es universal, de inmediato invita al recuerdo.
El artista podría ser un dramón, pero no lo es. Es una película conmovedora pero también muy divertida. Es, por decirlo simplemente, una historia sencilla, bien contada. Como dicen los antiguos que deben ser las películas.
cmoreno@eleconomista.com.mx












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