Prodigioso concierto de la Sinfónica Nacional de Washington
Brillante, precisa, con la afinación correcta, plena de sensibilidad, así sonó la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington, NSO (por sus siglas en inglés), la noche del 13 de junio en el Palacio de Bellas Artes; una ejecución magistral que le valió ovaciones y gritos cargados de reconocimiento a su virtuosismo.
Ricardo Pacheco Colín
Jun 15, 2012 |
20:30
Foto: Cortesía

Brillante, precisa, con la afinación correcta, plena de sensibilidad, así sonó la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington, NSO (por sus siglas en inglés), la noche del 13 de junio en el Palacio de Bellas Artes; una ejecución magistral que le valió ovaciones y gritos cargados de reconocimiento a su virtuosismo.

Se notaba en los músicos el esfuerzo por dar todo de si, no sólo de cumplir con la partitura, sino de ofrecer ese plus que hace transitar al artista de un ejecutor de instrumentos a un virtuoso; el deseo también ---por qué no— de hacer quedar bien a su ensamble y a su país.

Esta orquesta (fundada en 1931) está por concluir su temporada 81 en la Unión Americana. En 1986 se convirtió en asociada artística del John F. Kennedy Center for The Performing Arts. Participa regularmente en actividades de importancia en su país y en el extranjero, tales como presentaciones oficiales de Estado, inauguraciones presidenciales y festejos. La NSO está integrada por 100 músicos y se presenta regularmente en una temporada de 52 semanas con un total de 175 conciertos al año. Es un ensamble que combina perfectamente sus actividades artísticas con un programa educacional muy completo.

Esta vez, bajo la batuta de su director, el talentoso Christoph Eschenbach la NSO interpretó de Héctor Berlioz (1803-1869) la Obertura El carnaval romano, Op. 9; de Edouard Lalo (1823-1892) el Concierto para violonchelo y orquesta en re menor; y, de Piotr Ilyich Tchaikovski (1840-1893), la Sinfonía núm. 5 en mi menor, Op. 64.

En el concierto de Edouard Lalo intervino en el chelo como solista el joven peruano-uruguayo —aunque en realidad formado en Alemania, país donde creció—, Claudio Bohórquez.

Y aunque el programa de mano de este concierto en Bellas Artes lo presenta como un virtuoso, quien ha tocado con las mejores orquestas del mundo y con los más brillantes directores del planeta (Daniel Barenboim, Thomas Dausgaard, Hans Graf, Manfred Honeck, Krzysztof Penderecki, Leonard Slatkin, David Zinman, entre otros) la verdad es que esta vez no lo vimos resplandecer; más bien fuimos testigos de una interpretación pasteurizada y descremada, muy convencional, del citado Concierto de Edouard Lalo.

Sin embargo, lo bueno vendría al final: el público que llenó la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes prácticamente enloqueció con la interpretación de la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington a la Sinfonía núm. 5 en mi menor de Tchaikovski. Qué manera de trabajar los instrumentos, de acometer con esas frases llenas de vigor, concebidas por Tchaikovski para ejemplificar el triunfo del ser humano producto de la lucha, de la entrega, del coraje…

Particularmente en el último movimiento de esta sinfonía (el Finale: Andante maestoso-Allegro vivace) la interpretación de la NSO tenía al público casi sin respirar, al filo de la butaca, el sudor en las manos, la mirada brillante, gozando como pocas veces de ese fraseo poderoso, enérgico, muy enérgico, pero tremendamente hermoso (hermoso como la victoria). Naturalmente que, dos segundos después de que se desvaneciera la última nota, todos nos levantamos a aplaudir… y quisimos construir un monumento a los músicos y a su director con las palmas de las manos y los vivas y los bravos.

Una señora que estaba en una fila atrás de quien esto escribe, comentó: “Qué lástima que nos malacostumbren con esta orquesta tan buena porque luego tendremos que escuchar a las del país”. O este otro comentario: “¡Pero qué bien tocan estos gringos! ¡Están de lujo!”.

El público, que abarrotó el recinto, estuvo compuesto en una parte por la colonia americana (en realidad estadounidense, pero ellos le dicen americana). Y como siempre sucede, los mexicanos dieron la mala nota: lo de menos fue que aplaudieran a destiempo; porque no sólo entró tarde la gente al concierto, sino que llegaba parloteando; se cambiaban de lugares a otros que no les correspondían; tosían sin pudor; estornudaban; quitaban la envoltura a los dulces como si estuviesen en la sala de su casa; en plena audición caminaban por los pasillos de la Sala Principal, incluso en los pasajes más sublimes, provocando que crujieran las maderas de los pisos; permitieron que sonaran las alarmas de los teléfonos. En fin, un verdadero atentado contra el sentido común… y el Manual de Carreño.

APR

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