La cochina política
Concepción Moreno / El Economista
Estamos en plena efervescencia política. Me gusta esa expresión: andamos como Alka-Seltzer. Mejor aún: andamos como chile toreado. Mañana cierran las campañas y el domingo, ese día glorioso, esa fiesta cívica, esa alegría ciudadana que todo mundo espera tanto o más que la Navidad, nuestro cumpleaños y el natalicio de Benito Juárez juntos: la elección.
Sarcasmos aparte, creo, sin ganas de ponerme sentenciosa -ser aburrida es un lujo que no pienso darme-, que debemos aprovechar la única oportunidad que nos da nuestra democracia imperfecta de ser ciudadanos activos. Hay que salir votar, a pesar de los pesares.
Ayer, Marcial Fernández en su columna Marcapasos daba sus razones para votar por López Obrador. Hoy, aquí al lado, el doctor Moisés Rozanes en su Capital Mental hace un psicoanálisis del voto. Una de sus conclusiones me encanta: en política, es más fácil reaccionar contra los malos que en favor de los buenos.
Por eso solemos votar por venganza: consideramos útil nuestro voto cuando sirve no para elegir a nuestro favorito, sino para pegarle al candidato que más detestamos.
Yo, tercera al bate, digo: ya que se acabe esta elección.
Y ya, por favor, librémonos de la cochina política… Ajá, sí, claro. Es un hecho: de la política, la polaca, la grilla, nadie puede abstraerse. Aun en nuestras relaciones personalísimas (no hay que olvidar lo que los franceses llaman “la política de la alcoba”), ahí está ese juego del poder, ese vicio humano de dividir las voluntades, de manosearlas para ver quién se lleva la palma, esa artesanía que es la negociación, el sabor agridulce del desacuerdo. En fin: los pesos y contrapesos que animan a nuestro Leviatán cotidiano. Quien no goce de ello o bien es un dios o bien es una bestia. Sí, estoy citando a Aristóteles.
La política: ni siquiera el arte escapa de ella. El matrimonio de la política y el arte es la unión deliciosamente perversa entre lo más carnal y lo más sublime.
Sin ese matrimonio tan extrañamente avenido, por ejemplo, no tendríamos “La meninas” de Velázquez ni gran parte de la obra de los maestros flamencos del siglo XVII. Sin política, Picasso, espíritu patronal de esta columna, no habría pintado nunca su “Guernica” como un grito de resistencia al poder absoluto que corrompe absolutamente.
No hay que elevarse tanto ni alejarse mucho en la historia. Hace unos meses, el pintor Daniel Lezama me contaba los tejes y manejes del mercado del arte en México. Le pregunté cómo hacen los artistas mexicanos para subsistir. “Ayuda mucho si tu obra le gusta a algún político importante”. ¿Por qué? Porque pone las obras en su oficina y porque todos sus subalternos, deseosos de quedar bien con el mandamás, empiezan a emular al jefe y le compran al artista.
Así funciona esto. La cochina política. Dios bendiga a esa bastarda.











