Macbeth: actualización significativa del teatro

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Alejandro Flores / El Economista

Son las 11 de la noche del miércoles 13 de junio. Ya casi no hay nadie en el teatro y Daniel Giménez Cacho se calza unas chanclas y un short playero. Laura Almela, su mancuerna en escena, descansa sobre un sillón oscuro en el lobby del teatro El Milagro. Los dos están sumamente cansados después de dar una función abierta al público, un día antes del estreno de la tragedia de Macbeth. A pesar de la hora y del cansancio, casi a la medianoche ensayarán algunas escenas que no han cuajado, apoyados por el escenógrafo Gabriel Pascal y el dramaturgo y director David Olguín, quienes forman parte del consejo directivo de teatro El Milagro, una de las instituciones de teatro independiente más respetadas en la ciudad.

-Fueron dos horas, 16 minutos y tres segundos– comenta con tono serio y pausado Gabriel Pascal.

-¡Pos ahí va!, ¿no? Le bajamos ya cinco minutos- dice Daniel, todavía con el cansancio a cuestas (se le nota en la forma de hablar).

-Pero yo todavía siento que hacia el final hay un como sentón– añade Laura Almela, con un tono muy atento hacia sus interlocutores.

Los dos actores, Daniel y Laura, han emprendido la titánica labor de montar la magistral, compleja y larga obra de teatro escrita por William Shakespeare, por la cual desfila una gran cantidad de personajes, todos ellos dotados de una profundidad solamente imaginada por un genio, y que requiere una abundante serie de cambios de espacios. En esta pieza, los actores despliegan todo su talento en el interior de la caja negra del teatro, utilizándola a todo lo largo y ancho y dejan butacas solamente en los costados. Una vez que comienza la función, nadie puede entrar o salir porque las puertas, tanto la que funciona como entrada para los espectadores como las que llevan a los camerinos, son utilizadas continuamente por los actores. Pocos recursos escénicos: unas amplias y pesadas cortinas negras que cubren las paredes, un par de encendedores y velas; en una esquina un joven que opera las secuencias de sonido hace retumbar el espacio con la resonancia de unos tambores, dándole así un tono heroico al montaje..

Pero esta experiencia teatral, que eso es: una experiencia, incluso alcanza su periferia y su extrarradio. Un ejemplo: al final de la función previa al estreno, una vez que llegaron al diálogo final (la puerta del foro estaba abierta, Macbeth había llegado), un vendedor de tamales con su altavoz pregrabado pasó por la calle Milán e interfirió la acción dramática. “Lleve sus tamales… ricos y deliciosos tamales… tamales calientitos, oaxaqueños”, el sonido proveniente de la calle se escuchó en el interior de la caja. Entonces dijo Giménez Cacho, quien encarna a Macbeth: “¡Habrá tamales!” A lo que Laura Almela respondió con una pregunta: “¿Calientitos?” “Sí, calientitos… Fin”, dijo Daniel. El público aplaudió.

En esta imagen se puede resumir el talento mezclado con el arrojo y el gozo de la espontaneidad consustancial al juego que propone el arte dramático –y el arte en general-, al que esta pieza puede llevar. En este par de frases intercaladas al final de la pieza, frases que son producto de la interferencia del tiempo a un espacio fenomenológico –no sólo el salón donde estábamos, sino también el imaginario que los actores habían generado y nos habían compartido-, espacio que se nutre del poder del instante, cuando se liga a un clásico formulado con un ritmo que modula y atempera la experiencia del tiempo como lo hacen las mejores seres de televisión: de forma acelerada, con transiciones que empalman a los personajes y a las escenas. Las transiciones entre una escena y otra hacen de esta obra una experiencia de vértigo.

Esta versión de un clásico es una consistente apelación a la imaginación y a ver en positivo la forma en que experimentamos el presente: con interrupciones, surcos, desdoblamientos, contradicciones, discontinuidades, emergencias. Esta puesta es una reactualización significativa de aquello que hay de valeroso en el teatro, que se desmarca del imperativo espectacular, seudovanguardista y estridente en el que se colocan muchas experiencias teatrales del momento y, más bien, retoma lo básico: la creación temporal de un imaginario compartido, la persecución inacabable, imposible e inconforme de un tesoro, ya sea la verosimilitud verbal, la entrega del cuerpo o la sincronía actoral. O ese removimiento de entrañas que provoca la interferencia vital, el cortocircuito de existencias que se reconocen y se observan, la contundencia orgánica del arte.

Quizás por eso los personajes no le tienen miedo al público. Por eso los actores miran a los ojos y señalan por momentos a los convidados. Porque si usted ha visto o no ha visto (o acaso leído) Macbeth, ése es un aspecto salvable y quizás podríamos decir que hasta intrascendente, porque lo que importa mirar, sentir y digerir de esta pieza es la reactivación y difusión de la tragedia de Macbeth. La tragedia que acompaña a los poderosos: la neurosis crónica, las esquizofrenias y paranoias conspiratorias, el sino que los persigue desde ayer hasta nuestros días y que, por eso justamente, calza muy bien en cuanto a tema, provocación y cuestionamiento a nuestra inacabada democracia, que en unos días será puesta nuevamente a prueba, en un país manchado de sangre.

Dice el personaje Malcolm: “Creo que nuestra patria sucumbe bajo el yugo; llora, sangra y cada día añade una llaga a sus heridas”.

La tragedia de Macbeth es también la tragedia de los pueblos que tienen que soportar el peso del olvido y la condena que les impide acceder a la historia. Macbeth, el rey maldito, gobernante perseguido por los fantasmas del poder.

  • Macbeth
  • Teatro El Milagro
  • Dirección: Milán 24, Col. Juárez.
  • Funciones: J y V 8 de la noche; S 7 de la noche y D 6 de la tarde.
  • Boletos: 200 pesos

aflores@eleconomista.mx