El humorismo, una forma de disentir
Disección de diversos rasgos del humor, el libro apela a la autobiografía en clave melancólica.
Alejandro García Abreu / El Economista
Ago 6, 2012 |
21:39

“Mi risa es una máscara que oculta
 —primero— mis verdaderos sentimientos, pero casi al mismo tiempo revela —al observador— mi angustia”, escribió Guillermo Espinosa Estrada (Puebla, 1978) en el texto inaugural de La sonrisa de la desilusión, su primer libro.

Disección de diversos rasgos del humor, el libro apela a la autobiografía en clave melancólica. “Creo que tú te ríes para no gritar”, aventuró en una ocasión la psicoanalista del autor.

En La sonrisa de la desilusión (Tumbona Ediciones/DGP-Conaculta, 2011) —volumen compuesto por 12 ensayos que participan de la ironía y la nostalgia—, Espinosa Estrada realiza una inmersión crítica y mordaz en el universo optimista de los cuadros de Norman Rockwell, el pintor de la felicidad idílica; echa mano de Pierre Menard para vindicar la vida y obra de Johann Sebastian Mastropiero, el personaje creado por Les Luthiers, y aborda el striptease de la personalidad a través de la stand-up comedy routine.

También trata la necesidad de ver la vida como una comedia romántica para acceder a una utopía de felicidad, discurre sobre la “brecha en ocasiones infranqueable entre el ser y el poder ser” y se desdobla en William Thornway —su nombre y apellidos traducidos al inglés.

Espinosa Estrada es además el bibliotecario singular de la Bibliotheca Scriptorum Comicorum, un recinto virtual que acoge textos sobre el humor, una colección iniciada por el autor en la biblioteca Mugar, en Boston, que da título a uno de sus ensayos.

En entrevista, el autor conversó sobre el proceso de escritura del libro.

—¿Piensas, como Luigi Pirandello, que “el humorismo, […] por su proceso íntimo, engañoso, esencial, inevitablemente […] desordena, discrepa”?

La lectura que Pirandello hace del humorismo es, sin duda, una de las más lúcidas. Y por supuesto, el humorismo discrepa y desordena porque es una de las pocas maneras que tiene el hombre de sobrellevar lo terrible de la cotidianidad. Por ello su forma de disentir, de anteponerse. Ése es el motivo y la razón de su existencia: crear otro mundo, momentáneo y frágil, pero menos hostil.

En “Allegro ma non troppo”, a través de un sutil mecanismo, te sirves de la Op. 65 núm. 6 de Edvard Grieg, Una boda en Troldhaugen, para dar testimonio de una caída. ¿Cómo fue el desarrollo de ese ensayo, que aborda la imposibilidad del distanciamiento de algo que ha terminado por ser muy íntimo, como una composición musical noruega?

Ese ensayo tiene una historia larga y en buena medida el texto mismo recrea su construcción. Tenía una obsesión: hablar de esa pieza musical, y el tema del matrimonio se imponía constantemente por obvias razones. Pero no encontraba la forma, la estructura, para narrarlo. Y la idea se quedó por ahí hasta que leí “La muerte del autor”, de Álvaro Enrigue, un ensayo magistral que desde mi perspectiva era muy similar a lo que yo quería hacer. Entonces todo fue muy fácil: modifiqué su estructura para mis propios fines y todas mis ideas encontraron su lugar. De repente la historia “personal” —una separación— se hilaba con naturalidad con el tema del matrimonio y la biografía de Grieg. Pero todo ese ensayo se lo debo a una lectura atenta del texto de Enrigue, fue su estructura la que posibilitó que mi texto sonara tan íntimo y melancólico.

—¿Cómo recuerdas tu primera lectura de “The Short Happy Life of Francis Macomber”, el cuento de Ernest Hemingway que suscitó la “pequeña necrología apócrifa” de ti mismo, “The Short Happy Life of William Thornway”?

Ese cuento lo leí hace muchos años y lo que más me impresionó fue la adjetivación del título, que suena tan torpe en español: la “corta vida feliz”. Cuando escribía sobre Norman Rock
well lo recordé súbitamente y pensé que era perfecto para mi texto, así como Francis Macomber mi personaje —Guillermo Espinosa Estrada— también había tenido una “corta vida feliz”.

Entonces decidí apropiarme el título y traducir mi nombre y apellidos —William Thornway— y el resultado me satisfizo profundamente porque en ese momento inventé un álter ego, un yo que era yo y a la vez “otro”, el verdadero protagonista del libro.

—¿En qué momento advertiste que “la felicidad esconde la tristeza para percatarnos de que una escena de Rock
well puede llegar a ser lo más horrible y desolador que nos podría ocurrir —precisamente porque no nos ocurrió”?

Rockwell ha sido una presencia constante en mi vida, mi primaria estaba tapizada con reproducciones de sus cuadros y siempre lo asocié con la inocencia infantil. Tiempo después, siempre que me topaba con su trabajo, me quedaba con un regusto amargo precisamente por que fuera de la primaria, fuera del universo infantil, sus cuadros eran muy incongruentes, absurdos. Y la reflexión que hace mi personaje al final del libro, esa que tú indicas, es otra manera de decir que Rockwell es un maestro en mostrarnos lo que pudimos haber sido pero que no llegamos a ser, precisamente por las dificultades de la cotidianidad: ser completamente felices.

alejandro.garcia@eleconomista.mx

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