Mi madre, Bruce Springsteen y la Tierra Prometida

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Sergio Zurita / El Economista

Foto EE: Archivo

Bruce Springsteen va a tocar en México el 10 de diciembre. Es la primera vez que viene. Pensé que nunca ocurriría. Al saberlo me puse feliz y luego, en un arrebato, escribí lo siguiente:

Hace tres semanas vi dos conciertos de Springsteen en su natal Nueva Jersey. Bastó que pisara el escenario del estadio MetLife para que eso de que “nadie es profeta en su tierra” se hiciera polvo con una ovación estremecedora.

En ambas ocasiones tocó más de tres horas y media. El segundo concierto se retrasó un par de horas porque había tormenta eléctrica y una lluvia tremenda. Empezó a las diez de la noche, lo cual significaba que El Jefe iba a comenzar su cumpleaños número 63 tocando.

“Creo que acabo de invitar a 50,000 personas a mi fiesta de cumpleaños”, dijo cuando por fin la lluvia y los rayos se apiadaron de la noche. Y abrió con dos canciones del álbum doble The River: “Out In The Street” y “The Ties That Bind”.

LOS LAZOS QUE ATAN

The River (1980) es uno de mis cinco discos favoritos de todos los tiempos. Lo compré en 1991 y no pude estrenarlo durante varios días. Entonces supe que mi abuelo estaba gravemente enfermo y que debía ir a San José de Gracia, Michoacán, a verlo. Yo viví en San José de 1979 a 1983, es decir, de los 8 a los 12 años de edad. No fui feliz ahí, porque desde que nací soy una rata de ciudad, y porque mi mamá se quedó en México y me mandó a vivir con mis abuelos cuando ellos decidieron que estaban hartos de la Capital y que iban a volver a casa.

Mandarme con ellos fue la solución, porque mi madre trabajaba todo el día. Lo constaté varias veces cuando me traía al D.F. de vacaciones y la acompañaba. Era maestra de taquimecanografía en tres escuelas. Una estaba en Azcapotzalco, otra en Naucalpan y la tercera en Miramontes.

Yolanda, mi madre, se aventaba ese recorrido todos los días es su Valiant azul cielo. A veces, antes de entrar a la escuela de Miramontes, ya con el sol oculto, se estacionaba bajo las ramas de un árbol que estaba junto a una casa muy bonita y se dormía un rato. Años después descubrió que en esa casa vivía Rubén, con quien se iba a casar. Pero en ese momento aún no se conocían.

Pero regresemos a 1991. Mi abuelo agoniza de cáncer. Yo tengo 19 años. Desde los 16 no voy a San José. Lo odio. Representa cuatro años sin vivir con mi madre. Cuatro años de humillaciones por parte de otros niños por ser un bicho raro: un sabelotodo de México, que aprendió en segundo de primaria todo lo que las monjas del pueblo estaban enseñando en tercero. Malo para los deportes. Débil y torpe físicamente. Con un pánico tremendo los balones. Ignorante de los usos y costumbres locales. Y para acabarla de amolar, portador de algo que allá era lo más raro del mundo: lentes de contacto. Que se me salían a cada rato por vivir en un lugar tan terregoso.

Y ahora tengo que volver. Tengo que ver a mi abuelo por última vez. No lo he visto en tres años, porque mi odio al pueblo puede más que mi amor por él. Voy a la Terminal del Norte a tomar el camión rumbo a San José de Gracia. Tengo un Discman y unos audífonos. Le quito el celofán a The River. Meto el primer CD en el Discman, aprieto play y ocurre un milagro: Bruce Springsteen describe exactamente cómo me siento en ese momento:

“Te han lastimado y ya no puedes llorar más/ Te abres paso a empujones por la calle/ Empacaste tus maletas y quieres irte solo/ No quieres nada, no necesitas a nadie a tu lado/ Caminas rudo, muchacho, pero caminas a ciegas/ Hacia los lazos que atan/No puedes romper los lazos que atan”.

The Ties That Bind. Los lazos que atan. Cuando oigo a Bruce diciéndome que esos lazos son irrompibles, una extraña calma me invade. Estoy ligado para siempre a San José de Gracia, así que más me vale aceptarlo. El resto del viaje se vuelve disfrutable. Me dejo llevar por la corriente de The River, un disco que me ha salvado varias veces desde entonces. Si tuviera que irme a una isla desierta, sin duda me llevaría ese río.

Estamos de nuevo en Nueva Jersey. Ya son las doce. El 22 de septiembre ha muerto y el 23 está naciendo. Bruce Springsteen cumple 63 años y anuncia la llegada del nuevo día cantando ”In The Midnight Hour” de Wilson Pickett. Cincuenta mil almas le cantamos “Happy Birthday”. Hora y media después aparecerá un pastel con una Fender Telecaster que dice “Happy Birthday, Boss”. Su madre, una adorable octogenaria, cantará con él “Twist And Shout” para cerrar el concierto de manera entrañable. Hay felicidad en la familia Springsteen esa noche.

Pero esa felicidad costó sangre, sudor y lágrimas. En un número reciente de la revista The New Yorker hay un artículo espléndido sobre Springsteen, que narra cómo su padre, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, sometía a Bruce a terribles interrogatorios sobre qué iba a hacer con su vida. Estos interrogatorios eran de noche, con todas las luces apagadas (la gente que ha vivido verdaderas carencias evita gastar energía a toda costa). Bruce sólo podía sentir el aliento alcohólico de su padre gritándole, y a sus 13 o 14 años era incapaz de explicarle que su futuro trabajo, llamado cantante de rock & roll, apenas acababa de ser inventado por Elvis Presley.

Esas noches infernales siempre acababan con el señor Springsteen tratando de golpear a Bruce, y su madre, Adele, evitando la paliza. Según el mismo artículo, el padre de Springsteen era bipolar, pero el término ni siquiera existía en aquellos tiempos. Mucho menos un tratamiento para controlarlo.

La difícil relación con su padre afectó a Bruce a tal grado, que a principios de los años 80, cuando ya era una estrella de fama mundial, todavía manejaba varias veces a la semana, de noche, hacia la casa de su infancia y adolescencia, y se quedaba viéndola desde afuera, hasta que un día su siquiatra le dijo: “Bruce, tú vas a esa casa porque ahí pasó algo malo y sientes que puedes remediarlo”. “Sí”, contestó el Jefe. “Bueno, pues no puedes”. Otra vez los lazos que atan. No se pueden romper. Bruce dejó de ir a pararse afuera de esa casa. A su siquiatra lo sigue viendo.

Yo pensaba en eso mientras veía a la mamá de Springsteen bailoteando “Twist And Shout” con la sonrisa luminosa que le heredó a su hijo. “Del via crucis ni hablar ahorita/ Ay, Angelita”, dice Jaime López en una bellísima canción sobre su propia madre. Pensé en Jaime y en mi madre cuando acabó el concierto. La imaginé como Adele y Angelita, aún vital a los ochenta y tantos. Pero no sería así.

Un rato antes de “Twist And Shout”, Bruce Springsteen habló de fantasmas. La E Street Band perdió a su organista y acordeonista Danny Federici en 2008. Y en 2011, falleció su símbolo máximo, el saxofonista Clarence Clemons. La portada de Born To Run, con Bruce apoyado en Clarence, es la más hermosa imagen de amistad que he visto en mi vida. “Al morir, Clarence no abandona la E Street Band. La abandonará cuando nosotros hayamos muerto”, dijo Springsteen en el funeral de su querido amigo.

El 18 de marzo pasado, yo estaba en Atlanta para ver el primer concierto de Bruce Springsteen y la E Street Band sin Clarence Clemons y Danny Federici. El sobrino de Clarence, Jake Clemons, hizo un estupendo trabajo. Toca con el alma, como su legendario tío. El momento más emotivo de la noche fue cuando Bruce presentó a cada uno de los integrantes de la banda. Al terminar preguntó: “Are we missing anybody?” La frase, en español, tiene dos significados: “¿Nos falta alguien?” y “¿Extrañamos a alguien?”.

El estruendoso aplauso no se hizo esperar. “Déjenme decirles una cosa. Si ustedes están aquí y nosotros estamos aquí, ellos también están aquí”. Y levantó el micrófono hacia el cielo. No pude evitar llorar. Y ahora que lo escribo, lloro de nuevo.

Meses después, en Nueva Jersey, cumpliendo un año más de vida, Springsteen habló de la muerte. Con la melodía de “My City Of Ruins” de fondo, dijo que originalmente había escrito esa canción para Asbury Park, la pequeña localidad donde se formó como músico. Pero ahora, explicó, se había convertido en una canción sobre fantasmas: “Nuestros fantasmas caminan a nuestro lado, a donde quiera que vamos”.

VIAJE A LA TIERRA PROMETIDA

Mi amigo Roberto Jimeno estaba junto a mí mientras Springsteen decía esto. Pensé en su padre, Manuel Jimeno, que había muerto un año antes. Pensé Douglas Springsteen, el padre de Bruce, muerto en 1998. Pensé en Danny Federici y pensé en Clarence. Una semana después, al recordar esa frase, estaría pensando en mi madre.

“Sin tu dulce beso/ Mi alma está perdida/ ¿Cómo hago para empezar otra vez?/ Mi ciudad está en ruinas”, lamenta Springsteen en “My City Of Ruins”. Pero como la autoconmiseración no está en su vocabulario, de inmediato se contesta cómo empezar otra vez:

“Con estas manos”, canta en un trance de góspel. “Con estas manos/ Con estas manos”, repite una y otra vez. Y luego le grita a la ciudad en ruinas: “¡Vamos, levántate!”, en un grito que también es para sí mismo, porque el católico Springsteen sabe que uno debe ser el Jesús de su propio Lázaro, y resucitar una y otra vez.

Al día siguiente volví a México. El vuelo iba a salir a las dos de la tarde y salió a las doce de la noche. Como a las nueve, aún sin saber si podría volver esa noche, hablé con mi madre por teléfono. Le expliqué la situación. Colgamos. Media hora después recibí un mensaje de que me habían depositado 500 pesos de crédito en mi celular. Y luego otro mensaje idéntico. Mi madre expresaba su amor así, ocupándose de que yo no me fuera a quedar sin poder hablar por teléfono.

Volví en la madrugada del lunes. Esa noche hablé con ella para despedirme antes de viajar a Segovia, España, a presentar Aullido de Allen Ginsberg con Jaime López y Diego Luna. “A ver si cuando regreses ya nos vemos, ¿no?”, me dijo. “Es cierto”, le contesté, “hace un montón que no nos vemos”. El día anterior se había lastimado la zona lumbar haciendo yoga y le dolía, pero no me dijo nada. Mi madre expresaba su amor así, evitando preocuparme.

En España conocí a Javier Gurruchaga de la Orquesta Mondragón, porque es amigo de Jaime y fue a Segovia a verlo. Nos estuvo contando que su madre había muerto en marzo, repentinamente, y que estaba hecho polvo. En televisión, años atrás, tenía un par de personajes que estaban basados en sus padres. Ahora, huérfano de ambos, a veces hace la voz de alguno de ellos cuando está solo y eso le reconforta. Qué tipo más adorable.

Regresé a México a las cuatro y media de la mañana del domingo. A las seis estaba completamente dormido. A las nueve, mientras yo dormía, una ambulancia estaba pasando por mi madre para llevarla al hospital. Al atardecer sonó el teléfono. Era Rubén, su esposo, que no me engendró pero es mi padre. No estaba seguro de que yo ya hubiera vuelto de España, así que sintió alivio al oírme. Me contó todo. La lastimadura en la espalda. Unos medicamentos que resultaron poco efectivos. Una primera visita al hospital a causa del dolor. Un día de tregua y luego una falla renal que la llevó a urgencias y de ahí a terapia intensiva.

La pesadilla pareció haber terminado al atardecer del domingo. Rubén, mi padre, me dijo que los médicos le aconsejaron irse a casa, y como mi madre se veía mejor y él llevaba una semana sin descanso, accedió. Quedamos de vernos al día siguiente a las nueve de la mañana, para verla en terapia intensiva a las diez, que es la hora a la que empiezan las visitas.

No pude dormir. A las cinco de la mañana tocaron el timbre de mi casa. Fui a ver quién era. No había nadie. Tres minutos después llamó mi padre para decirme que debíamos irnos al hospital en ese momento. Mi madre había sufrido una falla hepática y agonizaba.

“¿Está sufriendo?”, preguntó mi padre en cuanto vio a los médicos. Le aseguraron que no y le dijeron que iban a intentar algo más para salvarla. Mi tía Luzma, hermana de mi mamá, y mi tío Eduardo, su esposo, llegaron en ese momento. Diez minutos después nos dejaron pasar a verla. Estaba inconsciente. Su caja torácica subía y bajaba, pero eso era gracias al respirador artificial.

“Dile lo que tengas que decirle. Dile que la perdonas, si la tienes que perdonar. Y pídele perdón, si tienes que hacerlo”, me dijo Rubén. Me acerqué al rostro de mi madre, le acaricié el cabello y le dije al oído: “Mamá, te quiero mucho. Si te tienes que ir, vete. Yo voy a estar bien. No soy un niño, soy un hombre”.

Nadie en ese cuarto lo sabía, pero yo estaba diciendo una frase de “The Promised Land”, de Bruce Springsteen: “Los perros de la calle principal aúllan porque entienden/ Que si pudiera tomar un momento entre mis manos/ Señor, yo no soy un niño, soy un hombre/ Y creo en la Tierra Prometida”.

En 40 años que tengo de estar vivo, nunca había dicho “Soy un hombre”. Algo en mí no dejaba de percibirse como aquel niño medio ciego y asustadizo en San José de Gracia. Pero aquel niño se disolvió al mismo tiempo que mi madre exhalaba su último aliento. Ahora me quedo sin ella de nuevo, pero por fin entiendo que cuando me mandó a vivir con mis abuelos a San José de Gracia, estaba dándome todas las armas y todo el amor del que era posible para que un día me convirtiera en un hombre.

Así que después de ir a España a presentar Aullido, los perros de la calle aullaron al entender que por fin había dejado de ser un niño. Pero eso no significa renunciar a los sueños. Creo en la Tierra Prometida y sé que algún día volveré a ver a mi madre. Porque Yolanda no deja de ser mi madre ahora que ha muerto. Dejará de serlo cuando yo muera.

Al enterarse de mi pérdida, mi amigo Omar de la Rosa me envió un mensaje recordándome lo que había dicho Bruce en Nueva Jersey: “Nuestros fantasmas caminan a nuestro lado, a donde quiera que vamos”. Y añadió: “A partir de ahora tu mamá viaja en tu corazón y estará por siempre cerca de ti”.

Lo que dices es cierto, querido Omar. Más cierto de lo que te imaginas. El próximo 10 de diciembre, cuando Bruce Springsteen pise el escenario del Palacio de los Deportes, mi madre estará ahí, a mi lado.

Comentario

Sencillamente estremecedor, leí esto proyectando cada palabra en mi mente como si de una película se tratase, acompañada de un maravilloso soundtrack por parte del "Jefe, Bruce Springsteen" cerrando los créditos, con la canción que hace no mucho escuche por primera vez en tu programa... "My ride´s here" . mi admiración como locutor y escritor esta con usted Señor Zurita.

No queda más que un par de

No queda más que un par de manos al volante de un automovil gastado, adentrandose en la neblina de la incertidumbre. Ahí reside su poesía, ahí reside su grandeza. Seguimos Bruce, seguimos buscando la llave del universo en el motor de un viejo automovil varado. Te amamos y te esperamos en este sucio país necesitado de héroes.