Simpatía por los robots
Un programador y expintor hace autómatas que dibujan; un psicólogo evolucionista nos explica por qué sentimos afecto por ellos.
Manuel Lino / El Economista
Nov 14, 2012 |
22:58
Fotos EE: Mario Hernández y Especial
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Los robots de Patrick Tresset no son Wall-E. No tienen ojos expresivos capaces de mostrar alegría o tristeza. De hecho sólo tienen un ojo y un brazo, están fijos a una mesa y solo saben llevar a cabo un procedimiento, y los hacen con un montón de errores, sin embargo despiertan emociones intensas de empatía entre los seres humanos.

Tresset construye “robots torpes “programados para hacer retratos, y ellos lo hacen tan bien y tan mal que es imposible no emocionarse con los aparatitos, pero es aún más difícil no conmoverse con la dramática historia de Tresset.

ESTO ES PERSONAL

“Para ponerlo de una forma seria y convincente, puedo decir que trato de entender procesos cognitivos y de creación, y que para ello trato de simular esos procesos en forma computacional”, contó Tresset a la prensa mexicana en la Ciudad de las Ideas (llevada a cabo en Puebla).

“Pero la verdadera motivación para hacer este trabajo está en mi historia personal”, confesó.

Su mamá era artista y su padre ingeniero. Cuando tenía unos 10 años le dieron una pequeña computadora, una de las primeras.

“Me las arreglé para hacer pequeñas ‘cosas’ y me fascinó poder crear algo autónomo, que hiciera cosas por sí mismo”.

“Entonces estudié computación y todos me apoyaban para que trabajara en esta industria tan prometedora. Me especialicé computación para negocios pero fue un error, no me gustó, me aburría”.

Entones se cambió de ciudad, se fue a Londres y se convirtió en pintor. Trabajó “muy duro” pero al cabo de unos años tuvo un desequilibrio mental por el que perdió la habilidad de funcionar socialmente y aunque se recuperó de esa “enfermedad mental, perdí la pasión por pintar.

“Fue un verdadero problema. Ya tenía treinta y tantos años y ya había invertido mucho en mi carrera de pintor. Entonces me acordé de mi pasión por las computadoras. Y regresé para descubrir que se habían convertido en algo maravilloso.

“Cuando era pintor, me esforzaba sobre todo en representar a un ser humano. Muchas cosas que hacía no me satisfacían, lo único que me satisfacía era hacer dibujos rápidos que captaran lo esencial de una persona.

“Cuando regresé a las computadoras, quise pasar a una máquina esa habilidad que yo había perdido […] Fue como crear una prótesis”.

Estudió algo de biología y entró a una maestría en programación (“porque en Inglaterra es fácil entrar a una maestría”).

“No quería hacer una impresora […] Y me di cuenta de que es muy importante que se vieran los rastros del movimiento del artista, los pequeños errores”.

TORPES PERO AFECTIVOS…
Y EFECTIVOS Y EFECTISTAS

Patrick Tresset llama a su campo de trabajo clumsy robotics (robótica torpe). Un robot torpe se distingue de los demás, de los precisos y exactos, de los industriales porque, por ejemplo, no es capaz de trazar una línea recta, sino que hace varios intentos y comete pequeñas fallas.

Los robots podrán ser iguales y su software el mismo pero los errores son distintos. Si cinco de estos robots torpes hacen el retrato de una misa persona no se obtienen cinco dibujos iguales, son diferentes tanto en el encuadre como en los trazos.

“La gente cree que tienen diferentes personalidades porque hacen dibujos diferentes […] tendemos a proyectar nuestras ideas en las cosas […] Tenemos empatía por la imperfección” refirió el artista y científico.

Para que la gente tenga empatía “no es necesario hacer mucho esfuerzo. Los robots son estúpidos pero se les puede simular algo parecido a la inteligencia y la personalidad. Como humanos tendemos a pensar que no es simulado, que es real […] y eso [la reacción de la gente, su afecto] es lo interesante”.

“¿Cómo logra que los robots sean torpes?”, preguntó este reportero a Tresset. “No soy muy buen programador y uso componentes muy baratos”, respondió.

EL PLACER Y GÖRING

El sicólogo evolucionista Paul Bloom se ha dedicado a estudiar el placer, y en la Ciudad de las Ideas comentó sobre su libro How Pleasure Works, en el que se pregunta por qué nos provocan placer el arte, la comida y el vino.

Y su explicación, que comienza con “el hombre que engañó a Hermann Göring”, se puede aplicar al “arte” (las comillas son opcionales) de los robots torpes.

El militar de más alta graduación del régimen nazi quería un cuadro de Johannes Vermeer, y consiguió, “Cristo con la adúltera” por unos 7 millones de dólares actuales, de manos de Han van Meegeren, quien, después de la guerra y cuando Göring estaba en prisión, fue arrestado por “vender el patrimonio cultural holandés”.

“No había pasado ni una semana en la cárcel, cuando Meergeren confesó, pero dijo haber pintado él mismo el cuadro”, contó Paul Bloom.

El falsificador fue liberado y el cuadro descolgado del museo holandés en el que ya estaba, nos cuenta Bloom y nos pregunta “¿Por qué? No era acaso un buen cuadro, aunque fuera una falsificación. A fin de cuentas, ¿qué nos importa, la obra o su autor? ¿Por qué el origen de algo importa para si nos gusta o no?”.

Bloom explicó que “la evolución nos ha hecho placentera la satisfacción de nuestras necesidades, como la comida o el sexo. Si no nos gustara no lo buscaríamos y nos moriríamos de hambre o no dejaríamos descendencia”, comenta.

En funciones biológicas elementales la explicación evolucionista parece ser suficiente, pero ¿qué sucede con el placer que obtenemos de presenciar una obra de arte?

“Obtenemos mucho placer de escuchar historias o de la música, pero no sabemos realmente por qué”, dice Bloom, y agrega que la hipótesis que más le gusta es que el arte revela a alguien (el artista) “con gran habilidad”. Es decir, “no respondemos a la obra en sí sino al genio que la creó”.

“Somos animales sociales”, por lo que el arte nos lleva a sentir empatía por su creador, a pensar “quiero conocer a esa persona, quiero saber cómo lo hace y quiero ser como ella”.

“El arte es una gran forma de calibrar a las personas. Apreciamos a los creativos, imaginativos e inteligentes, a los que son capaces de disciplinarse tanto que hacen cosas que parecen imposibles. Nuestra apreciación del deporte y los deportistas es similar.

“Lo que nos gusta de una obra es su naturaleza oculta, cómo fue creada”.

LA FELICIDAD ES SOCIAL

“¿Qué opina de cuando las búsquedas de placer llegan a extremos aberrantes, falló la evolución?”, preguntó uno de los reporteros.

“No es que la evolución haya fallado, pero el ser humano se desarrolló sin whisky, Facebook o drogas. Hemos sido más listos que la evolución para darnos placer. Y lo malo es que nos aburrimos y buscamos más y llegamos a excesos”.

Bloom advirtió sobre la conveniencia de distinguir lo placentero de lo que nos hace felices, aunque sean cosas muy relacionadas.

“Somos seres sociales […] algo caro puede darte placer, pero te hace más feliz si lo compartes con amigos. Te hace más feliz un viaje o una fiesta que un coche nuevo. Si tienes dinero socializar sus beneficios te da más placer. Hay muchos estudios que demuestran todo eso”, aseguró.

“El placer y la moral es mi tema -dijo en respuesta a una pregunta-. Pero es un hecho que hacer buenas acciones nos provoca placer (y no culpa), es cierto que los que gastan en otros son más felices que quienes gastan en sí mismos […] somos animales sociales”.

“Además las relaciones, el trabajo son cosas que se enriquecen a sí mismas, se hacen más delicadas y sutiles y después de mucho tiempo te siguen dando placer y no te aburren.

La conclusión de sus estudios, que a Bloom más le importa, es que “la alegría y el placer no son emociones superficiales sino profundas”.

“Somos esencialistas, sostuvo, no respondemos a cómo algo se ve o cómo sabe, sino a cosas más profundas y fundamentales, sea ante algo tan complejo como el arte o tan simple como la comida”.

manuel.lino@eleconomista.mx

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