Ernesto Ríos, contradicción contemporánea
Hoy saludo la obra de Ernesto Ríos y me despido de un maestro: el crítico de cine Roger Ebert.
Concepción Moreno
 / El Economista
Abr 8, 2013 |
19:24
Foto: Cortesía
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Qué secretos guarda en su corazón un laberinto; qué laberinto guardara en su corazón Ernesto Ríos.

Eso me pregunté (sin tanto rebuscamiento, la verdad) la primera vez que vi los cuadros de Ernesto Ríos. Eso fue la semana pasada. Me llegaron a mi mail las fotos de un par de sus cuadros. No conocía la obra de Ernesto y nunca las he visto en vivo (las obras de arte están vivas, ¿o no?). Pero esos archivitos digitales me volcaron encima un arte que siento cercano, que me inquieta. Son obras muy sencillas pero que evocan cosas muy complejas: galaxias, mapas de ciudades antiguas, chips, laberintos, esquemas de actividad cerebral. Metáforas de la condición humana.

Qué chiste ver cuadros digitalizados, dirá el lector purista. Qué me perdone Walter Benjamin, pero juro que en cuanto vi los cuadros de Ernesto, a la distancia de los pixeles y el espacio, pude percibir su aura, esa emanación cuasi-divina de autenticidad que según Benjamin sólo se puede descubrir en las obras de arte originales, no en sus reproducciones. Acabáramos, señor Benjamin: “Constelación V”, el cuadro que acompaña este Garage, me hace tener fe en que eso divino del arte puede tocarse aunque uno esté muy lejos de la obra.

Ernesto nació en 1975 en Cuernavaca y ahora vive en Australia. Es un largo camino que incluye una maestría en Telecomunicaciones Interactivas en la Universidad de Nueva York y un doctorado en la RMIT University de Melbourne.

¿Por qué un artista decide tomar el camino de la Academia? No sólo es hambre de conocimiento, también es exploración del pasado, conciencia cultural y herramienta creativa, según escribió él mismo: “Personalmente considero que toda actividad humana debe aprovechar, tanto los conocimientos de antaño, como el caudal extraordinario del herramental actual (…). Creo que ningún artista puede pretender aportar nada sin ser tener los pies bien arraigados a la tierra y sin estudios”.

Ernesto Ríos es un versado en la tecnología más avanzada, le interesa el net-art, el arte que se hace de manera específica para Internet (la nueva forma del arte in situ), pero también es un pintor que trabaja con lápices, pinceles, lienzo y papel. Es como si fuera dos artistas que entienden el arte de manera distinta. Como si estuviera montado sobre la muralla que divide todo lo que fue de lo que será. No: de lo que es y lo que no ha dejado de ser. En sus cuadros se pueden ver esas ¿contradicciones? Quizá por eso me gustó tanto e inmediatamente la obra de Ernesto: porque en ella puedo concebir una contradicción contemporánea que se resuelve.

Este 12 de abril, allá en Melbourne, la galería Anna Pappas expone Pyramidal-labyrinths, exposición individual de Ernesto Ríos conformada por la investigación pictórica que Ernesto ha hecho en torno del tema del laberinto y su relación estructural con las pirámides. Nunca lo había pensado: pirámides y laberintos tienen una dimensión común no sólo mitológica, también estructural. Y no es coincidencia. Pero necesito platicar con Ernesto para que me explique más.

Si no andan por Australia pero quieren conocer la obra de Ernesto Ríos, entren a su página: www.ernestorios.com. Háganlo.

ADIÓS, ROGER

Qué pena, qué tristeza me da la muerte de Roger Ebert. Por supuesto que nunca lo conocí personalmente pero lo considero mi maestro, al menos uno de ellos. Desde los 16 años, sus reseñas han sido para mí fundamentales. Leer sus reseñas era parte de mi ritual cinéfilo. A veces era: “A huevo, a Roger también le gustó”, y otras: “Pinche Ebert, güey, no entendió nada”. Era un maestro, un amigo, un adversario con el cual, ingenuamente, medir las reseñas propias.

Leerlo hizo que yo quisiera ser su colega, una crítica de cine que le hablara a la gente de la calle, la gente como yo que ama el cine pero que no necesitamos intelectualizar mucho para disfrutar las películas. Roger no era un catedrático con saco de pana y pipa que le dice a la gente qué le debe gustar y qué debe despreciar, y que no tan en el fondo también desprecia al público. No: Roger era parte del público.

Lean sus reseñas, son deliciosas: textos de alguien que disfruta (o sufre, qué divertidas eran sus reseñas negativas: podía transmitir lo mal que se la había pasado con una película, aunque al final siempre era generoso y nunca insultaba nadie) las películas como si en eso se le fuera la vida. “El cine, quién lo duda, es mejor que la vida”, decía Guillermo Cabrera Infante. Creo que Roger habría estado de acuerdo. Dijo Obama en su elegía que para generaciones de estadounidenses Roger Ebert era “the movies”. Yo no soy gringa pero también para mí Roger era el cine.

Adiós, maestro, lloro porque te voy a extrañar.

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