Del country al Grand Theft Auto: Daniel Espartaco

Credito:

Concepción Moreno
 / El Economista

Foto EE: Fernando Villa del Ángel

Estamos en una cantina, Daniel Espartaco (Chihuahua, Chihuahua, 1977) y esta reportera. La cava de Baco, en la Narvarte, donde hay botana, comida corrida y todos los empleados conocen a Daniel. Como el personaje principal de su novela Autos usados (Mondadori), Espartaco vivió en la Narvarte cuando llegó al DF.

Autos usados es una breve pero muy entrañable historia de crecimiento.

—¿Eres de los que leen varios libros al mismo tiempo o uno por uno?

Depende de cómo haya amanecido. En este momento, estoy leyendo otros dos aparte de éste: las memorias de (J.G.) Ballard y El marqués de Bolibar, de Leo Perutz.

—Has dicho que Autos usados es una novela muy relacionada con la música country. ¿Eres un gran aficionado al country? ¿Cuál es la primera canción country que te gustó?

Es música que es parte de la vida diaria en Chihuahua. Hay bares que tocan música country un día y al otro tocan banda. La primera canción que recuerdo fue -tendría yo unos tres años- de Juice Newton, una cantante de country muy populachero y que pegó muchísimo a principios de los 80. “Queen of hearts” fue. Ése es el country que me gusta, el que oye la mayoría de la gente. Alan Jackson, por ejemplo. Tengo amigos muy clavados más en la escena del country alternativo, pero yo soy del country tradicional, si acaso neotradicional.

—Pero no te gusta Taylor Swift…

No, no.

—¿Y por qué el country como espíritu de tu novela? Pudo haber sido rock, o grupero…

Hay rock en la novela. Tiene ahí varios guiños y claves sacadas de las canciones de Bruce Springsteen, claves que todavía falta que alguien descifre… Quería contar un norte donde hubiera otras cosas, quería ir más allá del narcocorrido, hablar de la Chihuahua urbana donde los coches son importantes y la música que oyes cuando manejas también.

Hay algo muy molesto en ser escritor del norte: o quieren que escribas del narco o no quieren que escribas del narco. La respuesta a tu obra está determinada por ese prejuicio. Hasta lo ponen en las reseñas. De Autos usados unos dicen: “Qué bueno, un escritor norteño que no escribe narcoliteratura” y otros dicen que es una novela más sobre el norte y el narco. Mi intención fue contar lo que fue crecer en Chihuahua en los 90, nada más.

Me gusta Autos usados porque crecí también en los 90 pero en el DF y me siento muy identificada. A veces uno piensa que México es muchos países y que lo que le pasa a un chilango no tiene nada que ver con lo que se vive en los estados y no es cierto…

Una vez visité un bar en Satélite, por Periférico, y estaba todo decorado con motivos vaqueros, con música country, con una pirámide de latas de refrescos gringos. ¡Era como Chihuahua en los 80!

Cuando platico con amigos chilangos tenemos muchas cosas en común, ciertas sensaciones, ganas de rebelarnos contra un ambiente que sentíamos opresivo. Eso de coleccionar latas gringas era muy típico. Y, como suele suceder entre treintañeros, acabamos platicando de caricaturas.

—¿De qué caricaturas?

Bueno, ellos luego hablan de unas que yo no vi, pero sobre todo de los Transformers que los pasaban por Imevisión. Yo veía Imevisión no por otra cosa sino por un evento traumático de mi infancia: no sé por qué dejaron de pasar el XHGC (el Canal 5 en el DF) en Chihuahua. Y justo cuando acaban de empezar caricatura nuevas. Cuando veníamos al DF yo sólo quería quedarme en el hotel a ver el XHGC.

Los programas de Imevisión me gustaban: pasaban uno de la NHK japonesa de títeres que contaban cuentos clásicos e historias tradicionales. Recuerdo muy bien esas historias, como si las hubiera leído. Y bueno, los Transformers, los 
Dinobots, en fin.

—¿Ha llegado el momento de que la literatura mexicana se saque de encima su solemnidad y todo eso, que el rock, el country, las caricaturas, también puedan ser parte de una literatura “seria”?

A mí me interesan las referencias reales y ésas son las que uno ve todos los días. Al formalismo mexicano no le gusta hablar de manera cercana. Yo creo que es miedo, miedo a la realidad. Una vez alguien me dijo en un taller que no confiaba en una literatura que dijera “Sylvester Stallone”, y eso es puro miedo.

Yo tengo dos influencias importantes: por un lado los escritores rusos y por el otro los estadounidenses. La gente piensa que Dostoievski y Tolstoi son lo más exquisito, y no se dan cuenta que sus obras están llenas de referencias pop rusas: siempre están hablando del libro del momento o de la cantante francesa que fue de gira a San Petersburgo.

—Eres un antisolemne y tu novela 
anterior, Gasolina (Nitro/Press), es la prueba…

Gasolina es un chiste. Un amigo y yo decíamos que todas las novelas mexicanas serían mejores si tuvieran una persecución en lanchas de velocidad. Siempre decíamos eso: “¿Ya leíste lo nuevo de Carlos Fuentes?”. “No, porque no tiene persecuciones en lancha”. Entonces se nos ocurrió poner le plan en práctica, pero mi amigo tenía novia entonces, yo no y por eso yo fui el que escribió una novela con una persecución en lancha como médula”.

Gasolina también es una desmitificación de los congresos literarios y el mundo presumido de los becarios, a quienes pintas, en el mejor de los casos, como personas despistadas e ingenuas, cuando no abiertamente abusivos y vividores…

Lo dijo Raymond Carver: para ser escritor no hace falta ser el chico más listo de la cuadra. Yo me divierto mucho burlándome de ese mundo porque lo conozco desde adentro.

No me quejo de las becas, me han ayudado a ser escritor -con la primera me compré muchísimos libros-, pero sí de este aire de trascendencia y de buscar su sitio en la posteridad que tienen muchas aspirantes a becarios del Fonca. También me estoy burlando de mí mismo.

—Pregunta ingenua: ¿hay una 
mafia cultural en México?

¿Una?... Hay varias. A la mafia cultural le pasó lo que a los cárteles: antes nada más había uno o unos pocos, y ahora hay muchísimos. Así nuestras mafias culturales, los grupitos que se odian entre sí y pelean por privilegios.

Pero algo bueno es que la literatura se ha democratizado mucho. Ya no hace falta ser de alguna mafia para publicar. Puedes publicar tú mismo tu libro o hacerlo en una editorial pequeña y promoverlo en las redes sociales.

—¿Leíste a Roberto Bolaño como todos los de tu generación?

En el 2004 hubo dos eventos culturales simultáneos: el lanzamiento de 2666 y el del (videojuego) Grand Theft Auto: San Andreas. Los dos carísimos: me los compré. Empecé a leer 2666 y me pareció tan malo, tan ingenuo… Cerré 2666 y jugué Grand Theft Auto. Ése sí lo acabé.

—¿Entonces, odias a Bolaño?

No lo odio: creo que fue muy inteligente al hacer autoexplotación de su imagen de aventurero romántico y me gusta su manera directa de narrar. Me molesta, eso sí, que su álter ego sea un donjuán y todas quieran con él, se me hace la fantasía de un señor clasemediero.

Me molesta la gente que le compra toda esa ideología reciclada como si fuera la verdad. Bisontes, mi próxima novela, es una crítica a todo eso.

Digamos que no odio a Bolaño, odio a los fans de Bolaño.

concepcion.moreno@eleconomista.mx