El Caballito 
de Tolsá
La escultura ecuestre de Carlos IV, disfrazado de romano, sigue cabalgando en una realidad increíble.

André Bretón dijo que México es “el lugar surrealista por excelencia”. Y sí, al padre del surrealismo le asistía la razón. Sólo en el México antiguo los españoles podían ser considerados dioses. Más aún, sólo en el México novohispano, independiente y contemporáneo, otras figuras ecuestres como la del rey Carlos IV, disfrazado de emperador romano, siguen cabalgando entre realidades alucinantes.

El virrey Miguel de la Grúa, número 52 de la Nueva España, fue un corruptazo. La historia lo consigna como uno de los mayores ladrones —que no es poca cosa— que han gobernado lo que hoy es México. Su método para hacerse de lo ajeno era simple: gustaba, a nombre de la corona española, confiscar propiedades que luego vendía para quedarse con una porción de las ganancias. Entre sus anécdotas se recuerda la de un burdel veracruzano, mismo que se lo apropió, primero, como harem personal y, segundo, para convertirse en un tratante de lujo.

Parece que tales andanzas llegaron a los oídos de Carlos IV, su jefe máximo. Y no es que el rey Borbón gobernara España, no, dicha acción la llevaban a cabo dos de sus eminencias: la reina consorte María Luisa de Parma y el ministro Manuel Godoy, otro corruptazo que fue el que impuso a su cuñado como virrey. Así, antes de que don Carlos intentara destituir a De la Grúa, a este se le ocurrió la única idea inteligente que tuvo en vida: encargarle a Manuel Tolsá una escultura del monarca español, nacido ciertamente en Nápoles.

Y la idea fue inteligente no por apelar a la vanidad del rey para aferrarse al puesto —cosa que sucedió—, sino porque Tolsá creó una obra maestra que poco o nada tiene que ver con el entonces ya decrépito Carlos IV, pues lo retrata con la apariencia de un César de rostro amable que sostiene en la diestra el decreto para la erradicación de la viruela en las Américas.

Para 1796 De la Grúa inauguró en la Plaza Mayor de la Nueva España no la estatua de Carlos IV, sino su pedestal de mármol que, con posteridad, serviría de base de una pieza de madera y estuco recubierta de hojas de oro y, para 1803, los novohispanos por fin pudieron contemplar el bronce de Tolsá, comparado por Alexander von Humbolt con la escultura ecuestre de Marco Aurelio, del siglo II, que en la actualidad se encuentra en uno de los Museos Capitolinos de Roma. Aunque, la verdad sea dicha: el ahora llamado Caballito es la pieza en su género más bella del planeta.

Una vez consumada la Independencia, la estatua del supuesto Carlos IV tuvo que ser cubierta para que el sentimiento antiespañol de la época no la destruyera. Asimismo, el primer presidente de la República, Guadalupe Victoria, la quiso convertir en monedas, pero Lucas Alamán, un poco más educado, lo convenció para que, dada la calidad artística de la obra, fuera trasladada a uno de los patios interiores de la Pontificia y Nacional Universidad de México.

En 1852, sin embargo, fue llevada a una de las esquinas de Paseo de la Reforma y Bucareli, en donde permaneció hasta 1979 cuando el regente de la ciudad, Carlos Hank González (ese que dijo que “un político pobre es un pobre político”, entre otras desvergüenzas), decidió crear la plaza Manuel Tolsá frente al Museo Nacional de Arte y colocar allí al célebre Caballito.

Pero aquí no acaba el cabalgar del falso emperador romano. No, pues recientemente el Fideicomiso del Centro Histórico contrató a una compañía privada para que restaurará la escultura sin el aval del Instituto Nacional de Antropología, en específico de la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos, y parece que dichos trabajos de limpieza dañaron a la estatua ecuestre en un 35 por ciento de su volumen. Esto que en sí suena increíble, no lo es en un país que, desde la más remota antigüedad, sus habitantes superan obra por obra a los mismos surrealistas.

marcial@ficticia.com

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