En busca de Watt
Una feria que perdió su carácter internacional.
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-No lo niego —dijo Carlos—: la primera obra que compré en la feria fue Principios Políticos, Filosóficos, Sociales y Religiosos, del Ayatollah Jomeini. Pero de eso hace diez años. Ahora, francamente, prefiero recrearme en la nota roja de los periódicos que, por lo menos, es más divertida.

Carlos, a quien generalmente me encuentro año tras año en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, es una de las personas más lúdicas que conozco. Y dadas sus compras y lecturas, posiblemente también es el coleccionista más vasto en México de ese sentimiento negro que, irremediablemente, causa sobresalto y risa.

—A ver —comentó sin motivo alguno mientras bebíamos un té en la cafetería de la feria—, conoces la más reciente gracejada de Óscar.

Negué con la cabeza.

—Léela, la escribí:

“Al morir mi padre, mamá, tras prever un futuro incierto, me preguntó:

“—Oscarito, ¿y ahora qué vamos a hacer?

“—Pues incinerarlo... ¿no? —contesté”.

Y antes de que me cuestionara al respecto, le pregunté si de casualidad no había visto Watt, de Samuel Beckett, un libro que he buscado a lo largo de una década.

Me miró con lástima, como si yo fuera Murphy, Malone, Morán, Godot o cualquier otro, o simplemente una persona que no logra ver la aguja en el pajar aun teniéndola en las narices. Y luego de la mirada, añadió un posible sablazo oportunista:

—Si te lo consigo, ¿me regalas la nueva edición de Abdrew Börel, la de El Cisne?

—¿Cuánto cuesta?

—350.

—Hecho.

Recorrimos la feria aproximadamente tres veces en dos horas y media. Compramos libros de Georg-Christoph Lichtenberg, de Germain Nouveau, de Saki y de Dino Buzzati. Nos saludaron dos mujeres guapas que no conocíamos. Regateamos en los libros de viejo. Y cuando por fin Carlos se dio por vencido, me señaló una verdadera joya: La Tauromaquia, de Théophile Gautier, con grabados de Doré.

—Pero ese libro no es el de la apuesta —dije, acorralando a mi amigo.

—¿No lo quieres?

—No me atrevo siquiera a preguntar el precio.

—Está bien, ¿cuál es mi castigo?

—Ir de necio al stand cubano a pedir las obras completas de Cabrera Infante, de Reynaldo Arenas, de...

—Pero eso ya lo hicimos el año pasado y, además, Fidel todavía no escribe sus Principios...

—Deudas de juego...

Y, una vez en el stand cubano, en ausencia de Watt, se cumplió el ritual que, año con año, hacemos con los autores proscritos en Cuba.

Nota Bene

La anterior crónica la escribí hace un cuarto de siglo. Me acordé de su existencia porque el jueves fui a la Feria del Libro. Noté que el Palacio de Minería ya le queda chico y eso que, desde hace años, desapareció el pabellón de editoriales extranjeras, por lo que ya perdió su jerarquía de Internacional. Por cierto, ya conseguí Watt, de Samuel Beckett, y mi amigo Carlos ya se encuentra en ese lugar en donde se ve cómo crecen las zanahorias.

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