Feliz nuevo siglo, C.S. Lewis
Cuando vi La última sesión de Freud le echaba porras a Freud. C.S. Lewis es una reliquia de tiempos medievales.
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La semana pasada fui a ver La última sesión de Freud, una interesante puesta en escena
 que puede verse en el Teatro Helénico.

La premisa es sencilla, si bien la obra no lo es. Freud (Sergio Klainer), en sus últimos años de vida en su exilio en Londres, se encuentra con el profesor Clive S. Lewis (Darío T. Pie) para discutir sabroso tema: la existencia de Dios. Freud, por supuesto, es ateo. Todo su trabajo se basa en que la existencia de un ser supremo es paenas una especie de freno de mano para la humanidad, algo así como una barrera de culpa que nos mantiene alejados de nuestros seres salvajes. Disculpen la interpretación libre.

Por su parte, Lewis es un cristiano convencido. Un día andando en bicicleta tuvo una revelación: Dios existe y Jesús es su hijo. “Como Pablo”, se burla Freud. Pero sí, como Pablo en el camino de Damasco, así, Lewis, un hombre hiperilustrado y muy inteligente, se convenció de creer.

La obra es una discusión en tiempos de guerra. Mientras estas
dos mentes brillantes se enfrentan, Inglaterra ha declarado la guerra a Alemania y en cualquier momento pueden sonar las alarmas de ataque aéreo. Freud es el menos asustado de los dos. Vio cómo su amada Austria fue desmembrada por los nazis y él y su familia escaparon por un pelo gracias a su celebridad.

Además, la verdad es que Freud está muriendo. Tiene cáncer en la boca y le han extirpado parte del paladar. “El olor de la podredumbre de mi boca es notable”, le dice a Lewis, quien tiene la gracia de no notarlo. Freud discute como si ya no tuviera nada que perder, con pasión, con raciocinio: Dios es una ilusión y lo único que queda es la muerte y los pocos momentos de placer que en la vida podamos ir coleccionando, como colecciona piezas antiguas de la Grecia clásica.

El diván observa la discusión. Lewis es el más campechano de los dos, a pesar de ser el creyente devoto. Tantas veces confundimos la fe con la solemnidad. En la obra Lewis es el alivio cómico, sentándose en el diván aun cuando Freud se lo prohíbe. El profesor piensa
que Freud lo aborrece porque en cierto texto lo satirizó, y quizá tenga razón. Después de todo es Freud el que convocó la reunión como un duelo en medio del bosque.

La última sesión de Freud es una obra extraordinaria, dirigida con mano experta por el maestro José Caballero. Dos actores en forma que se encaran en un round intelectual que es intrigante sin necesidad de ser agresivo.

Pero cuando comencé este Garage yo no quería hablar solo de la obra, sino de uno de sus personajes: del mismísimo C. S. Lewis, el profesor tan devoto y creyente.

Con C.S. Lewis tengo mi historia personal. De niña leí los libros de Las crónicas de Narnia, escritos por él. Lewis, por cierto, era muy amigo de Tolkien y ambos pertenecían a un grupo literario donde se escribían y se leían relatos fantásticos.

La serie de Narnia ha recibido últimamente el tratamiento de Disney, que ha hecho el relato aséptico y neutro, pura aventura. Originalmente se trata de una historia de evangelización: Narnia es el cielo y Aslan, el león que rige esas tierras, es Jesucristo. Sí, hasta hay un momento de sacrificio y eucaristía en una de las entregas.

De niña los libros de Narnia me parecieron muy entretenidos, pero ay cuando se me ocurrió leerlos de adulta. Racismo, sexismo, una cortedad de miras fatal. En uno de los tomos los malos son morenos, y son malos por ser morenos. En otro momento los niños que visitan Narnia dejan atrás a una de sus hermanas, una niña al borde de la adolescencia. La razón: había comenzado a interesarse por los muchachos. Tomemos nota: para entrar al reino de los cielos la mujeres debemos ser asexuales.

C.S. Lewis llevaba su cristianismo hasta el extremo de ponérselo en la cara a sus lectores infantiles, aunque muchas veces las referencias religiosas les pasaran por encima de la cabeza.

No odio a Lewis, después le leí un brillante ensayo sobre el amor cortés en el medievo que me hizo sacar un redondísimo 10. Y sus libros de ciencia ficción sigue siendo leídos y atesorados por millones de lectores. Pero pienso que sus libros deberían guardarse en el baúl como reliquias de otro siglo.

1 Comentarios
Comentarios
Eduardo (no verificado)
Agregado:
3 Mar 2016 |
12:08 PM

Muy interesante su post, y hasta me dieron ganas de ir al teatro a ver la obra.
Me llama la atención su ultimo enucniado "Pero pienso que sus libros deberían guardarse en el baúl como reliquias de otro siglo."; y si nos ponemos a revisar las últimas publicaciones, creo que ya quedan pocos escritores que se atrevan a enrolarse en un viaje de dimensiones tan épicas como los que se imaginaron tan a detalle libros como Narnia, El Señor de los Anillos, Hansel y Gretel, Alicia en el País de las Maravillas, hoy en día ya nadie se imagina y escribe mundos tan llenos de magia y de ilusión, y cuando hablo de magia, no me refiero a Harry Potter, me refiero a lugares que nos hagan imaginarnos cada detalle descrito por el escritor, con seres tan imaginados a la perfección que pareciera que en sus tiempos existieron, los conocieron y hasta platicaron con ellos. Un Quijote de la Mancha por ejemplo, o los 100 años de soledad y Macondo.
Me gustaría saber su opinión.
Muchas gracias

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