calentamiento global
¿CO2 como moneda de cambio?
Una publicación de la Fundación Heinrich Böll Stiftung indica que estamos viviendo el enverdecimiento del capitalismo y cuestiona
 si el CO2 es la medida de todas las cosas.
Organizaciones trabajan con comunidades y su entorno para mitigar los efectos del cambio climático. Foto EE: Hugo Salazar

“La crisis ambiental es real, urgente, de alcance y significado mundial. El cambio climático está considerado como la amenaza más grande y urgente de atender; no obstante, esta amenaza es vista casi exclusivamente como un problema de demasiadas emisiones de CO2 a la atmósfera...”, esto se lee en la publicación “La métrica del carbono: ¿el CO2 como medida de todas las cosas?”.

Cuestiona si el cambio climático es más importante y más urgente que la pérdida de biodiversidad, la degradación del suelo cultivable o el agotamiento de agua dulce. ¿Es posible considerar cada uno de estos elementos por separado?

La cocreadora de esta publicación, Camila Moreno, sostiene que la manera como describimos y enmarcamos un problema determina el tipo de soluciones y de respuestas que consideraremos.

La atención de las negociaciones internacionales se ha focalizado en un solo aspecto, el calentamiento global y la concentración de gases de efecto invernadero. Así, se ha utilizado la cuantificación de estas partículas expresadas en dióxido de carbono como la respuesta monocultural, científica y rigurosa a la crisis climática, argumenta el texto.

Pero esta determinación tiene implicaciones drásticas, “nos encontramos en un momento histórico equivalente al de la imposición colonial del PIB como medida de bienestar humano. Hoy, con la métrica del carbono, estamos transitando al enverdecimiento del capitalismo y destruyendo todas las formas de acceder a la complejidad de los fenómenos que no caben dentro de la lógica del carbono”, asegura Moreno, quien también es investigadora de la Universidad Federal Rural de Río de Janeiro y experta en las negociaciones del clima.

“La nueva joya de la corona de la política climática es ponerle un precio al carbono, es un tema de la agenda del G-20 y de los grandes tratados a nivel mundial. Hoy mismo se está tratando de hacer una media para calcular su precio y ésta está fijada por gobiernos...alejado del tema central y del discurso ecologista”.

Agregó: “Una vez que se especifique el carbono como una clasificación de energía, vamos a poder comparar las economías, las inversiones y definir dónde se lucra más invirtiendo en el cambio climático olvidándonos del tema central”.

La experta explicó que las negociaciones se estructuran en la equivalencia al carbono, pero cada uno de los gases tiene efectos completamente distintos en la atmósfera, por ejemplo, el metano que sale de los basureros o de los criaderos de cerdos tiene un impacto de forzar las reacciones químicas cerca de 25 veces más de lo que hace el carbono, pero ahora son traducidas en carbono, además de que cada uno de esos gases tienen periodos distintos de permanencia en las cuencas atmosféricas, que son determinadas a su vez por condiciones microclimáticas.

Esto quiere decir que esta condición de aire que se suscita por un lado no puede ser neutralizado por una plantación de bosque en otro lado, pero como es un tema global, la perspectiva de efectos locales ha quedado eliminada.

“Así, las economías van a elegir dónde es más barato invertir para cumplir o contribuir con las emisiones de carbono y esto no necesariamente tiene que ver con reducciones en uso de la tierra como la agricultura o apoyar y hacer mancuerna con las comunidades que habitan la mayoría de nuestros bosques como sucede con México”, aseguró.

Se usa a los más pobres

En este sentido, existe una crítica muy fuerte a estos procesos de economía verde que han puesto el foco en la crisis climática “y que |||han inventado estas nuevas formas de negociar con la naturaleza”, dijo Claudia Ramos Guillén, agroecóloga especialista en el manejo y gestión comunitaria de bosques.

La especialista fundamentó esta perspectiva con el caso del acuerdo Acre, Chiapas California que hace referencia a la región de la selva en Chiapas. Se trata de 64,000 hectáreas consideradas uno de los pulmones más importantes del país.

La también integrante de la asociación Otros Mundos Chiapas explicó que las respuestas “siempre son urgentes; sin embargo, este discurso ha dejado fuera a la punta del iceberg, que son los habitantes de estas zonas”.

Dijo que México cuenta con 70% de área cubierta de bosque, de los cuales 80% está en manos de comunidades indígenas y campesinas.

“En el estado se inició pagando a los campesinos y comuneros 2,000 pesos mensualmente, se le hizo una promoción muy fuerte por parte de REDD+, donde la idea básica era “nos van a pagar por cada árbol que esté ahí, eso suena muy bien, pero la realidad es que es una zona caliente; diferentes grupos se encuentran luchando por territorios no definidos, unos se culpan a otros, se amenaza a la gente, se cerca a la gente y se inmoviliza, pero por otro lado se vende la idea de que se hacen cosas para detener este urgente tema del cambio climático que nos afecta a todos”, denunció.

“Para nosotros, con la implementación de REDD+ no se respetó el derecho de los pueblos a informarlos e incluirlos, fueron imposiciones y complicadas porque por un lado existe el acuerdo internacional, por otro lado, recursos de Conafor y por el otro lado a las ONG verdes que venden el carbono de forma voluntaria”.

Ramos asegura que existe evidencia de que por 10 pesos que entran, las ONG se llevan 8 por todo el sistema de verificación, otro el técnico y el peso queda va para la comunidad.

Además, este sistema responsabiliza a las comunidades indígenas del éxito del proyecto y al mismo tiempo criminaliza la forma de producción de las comunidades, “son los pobres los que tienen que conservar para que las grandes empresas sigan comprando sus bonos de carbono y neutralizar el tema”, concluyó.

La publicación está auspiciada por la Fundación Heinrich Böll Stiftung y se presentada mañana en el Centro Cultural San Isidro Fabela a las 6 de la tarde. Entrada libre.

nelly.toche@eleconomista.mx

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