La familia como pretexto
En México existen por lo menos 
11 composiciones de hogares.
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Lejos de la visión esencialista que idealiza como “natural” un modelo patriarcal, heterosexual, destinado a la reproducción de la especie, la familia es una construcción social e histórica en continuo proceso de cambio. Su diversidad no se limita a la composición de los hogares (al menos 11 en México); varían el estado civil, la orientación sexual de sus integrantes, sus formas de organización interna, sus relaciones afectivas. El concepto de infancia y la idealización de la madre amorosa, por ejemplo, surgen y se difunden en el siglo XIX (Ariès, Badinter); el derecho de las mujeres casadas a no quedar tuteladas por el marido se reconoce en el siglo XX en México; los derechos de la infancia son aún más recientes. De ahí que la convocatoria nacional del Frente Nacional por la Familia a “defender” la “familia natural” parta de una falacia.

Quienes impulsaron las movilizaciones del sábado enarbolan una premisa falsa (“familia sólo hay una”), a la que han añadido otros espantajos, como la inexistente “ideología de género”, la asociación de la homosexualidad con enfermedad o perversión, la equiparación de la educación sexual con el libertinaje, y la asociación del cambio social y de la ampliación de 
derechos con el caos. ¿Qué hay detrás de esta “defensa de la familia”?

No se le puede atribuir a los convocantes un súbito interés por el “bien superior del menor”. Éste implicaría exigir castigo a la pederastia clerical y un cambio económico que saque de la miseria extrema a millones de infantes. Tampoco responde a una preocupación por la calidad de vida de las familias: se opondrían entonces a la violencia de pareja, el feminicidio, el abuso infantil y el incesto que aquejan a un alto porcentaje de mujeres, niños y niñas, y demandarían a las televisoras que dejen de promover la masculinidad violenta y la desigualdad de género.

Ninguna de estas buenas intenciones pueden atribuírsele a los convocantes de esa marcha “por las buenas costumbres”: apelan a un tradicionalismo rancio, al miedo como medio de control, a la unicidad del pensamiento, a la estigmatización del otro y al discurso del odio, en nombre de los “valores familiares” y con el apoyo del clero.
Las imágenes de curas y monjas desfilando en varias ciudades se han comparado con las de la Inquisición. No hay que ir tan lejos: recordemos las de Franco o Videla con líderes religiosos o pensemos en las consecuencias de la manipulación ideológica del Corán por el muy odiado Estado Islámico. Fanatismo o manipulación religiosa y autoritarismo van juntos: ambos atizan el miedo a que el Estado y/o las feministas-los gays-los comunistas-o-el-enemigo-del-día se “apropien” de los hijos y/o destruyan el “pilar de la sociedad”.

Nada más triste o indignante que ver en esa marcha la pancarta: “No a la equidad de género en la Constitución”. ¿Sabía su portadora lo que decía? ¿Ignora que gracias a esa igualdad ya reconocida en la Carta Magna puede votar, educarse, divorciarse, decidir cuántos hijos/as quiere tener? ¿Lo ignora o no le importa o de veras está contra ese derecho básico que le reconoce calidad de persona y de ciudadana? Como ésa, otra imágenes y lemas expresan un afán de subordinación, control y exclusión, una intolerancia dirigida contra la población LGBTTTI y el matrimonio igualitario; ayer y hoy contra el derecho de las mujeres a una maternidad libremente elegida, contra el ejercicio de la libertad de conciencia y de pensamiento; contra la libertad de vivir sin temor a una divinidad iracunda representada por jerarcas ávidos de poder.

Nada hay de inocente en la presencia del clero que en las calles clama contra el reconocimiento del derecho ajeno; tampoco el silencio de las autoridades ante la violación a los artículos 1, 40 y 130 de la Constitución. ¿Olvidan su obligación de preservar el Estado de derecho y la laicidad, marco imprescindible para la convivencia en la pluralidad y la diversidad?

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