Transmutaciones
¿Crítica o chismografía?
¿Qué pasaría si de Poe, Dylan Thomas, Jack Kerouac o Fitzgerald escribiéramos “fueron alcohólicos emperdenidos hasta la autodestrucción y, por cierto, escribieron una gran obra”?
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¿Qué pasaría si de Poe, Dylan Thomas, Jack Kerouac o Fitzgerald escribiéramos “fueron alcohólicos emperdenidos hasta la autodestrucción y, por cierto, escribieron una gran obra”? O si de Rousseau refiriéramos cómo abandonó a sus hijos y sólo de paso mencionáramos el Contrato Social y el Emilio? ¿O si de Bioy Casares destacáramos que era mujeriego, pagado de sí mismo, autor de aburridísimos diarios... “¡Ah! y novelista”? ¿O si, para conmemorar su nacimiento, sacáramos los trapos sucios – reales o inventados- de algún escritor mexicano? ¿Sería esto crítica literaria o periodismo cultural? ¿No estaríamos más bien en el terreno de la chismografía?

Estas preguntas vienen a cuento tras la lectura de “Elena Garro: una escritora contra sí misma”, artículo recién publicado en Babelia de El País. El “argumento” central es que la autora de Los recuerdos del porvenir fue autodestructiva, vivió y escribió “contra Paz” y “lo odió” hasta la muerte. Sin matices, se condena la actuación de la escritora en el 68, su cercanía con Madrazo (olvidando que en su intento de renovar al PRI, tuvo que renunciar a su cargo) y se repiten denostaciones que no se han probado, o se han cuestionado con base en investigación de archivo. El periodista reconoce que Garro fue una gran escritora pero quien no conozca la obra poco saca en claro, a menos que lea el artículo, más breve, donde Jorge F. Hernández valora literariamente Los recuerdos... y La culpa es de los tlaxcaltecas, uno de los mejores cuentos mexicanos según Monsiváis.

No menciono esta publicación en particular para discutir con quien la escribe o señalar la decadencia de lo que fue un buen suplemento cultural. Lo retomo como un ejemplo más del lamentable empeño de cierta crítica en denigrar a la escritora – y opacar su obra- a partir de una interpretación sesgada de su vida, siempre atravesada por la figura de Paz. Tampoco me interesa emprender una defensa que Elena Garro no necesita. Transformarla en “víctima” de Paz y del sistema, como también se ha hecho, en nada contribuye a valorar su obra ni a explicar su actuación como intelectual pública en el México del siglo XX.

Garro, como he escrito antes en este espacio, fue una escritora genial - aunque la tradición crítica le atribuya el genio a los hombres y la locura a las mujeres geniales. Su obra, que abarca todos los géneros, es innovadora, original rica en voces y matices, políticamente lúcida y adelantada a su tiempo, como ha demostrado Rebecca Biron en un libro que debería ya estar traducido. Fue, sí, una intelectual pública comprometida y contradictoria, políticamente incorrecta antes de que se usara el término, que no siempre mantuvo la lucidez. Fue una mujer guapa, brillante, atrevida, que no guardaba las apariencias y se imponía –antes del 68. Y fue también una mujer que se sintió perseguida, hasta la paranoia, que pasó días de gran pobreza y gran depresión. Por todo esto y pese a esto, siguió escribiendo. Publicó textos fallidos al final de su vida, lo mismo que García Márquez o Fuentes. Ni esos fallos, ni su personaje público ni la máscara grotesca que le imponen algunos, bastan para reducir su obra a un pie de página o una referencia ignorante o condescendiente. La tarea de la crítica, en mi opinión, no es condenar desde la percepción personal sino entender y explicar, desde la investigación, la ética o la estética, valorar para invitar a otros a hacer su propia lectura. En Los años felices, Emilio Renzi (alter ego de Piglia), critica el naciente “star system” literario de los años 70. La fijación en la vida del escritor llevada al extremo culminará, predice, con la primacía del personaje sobre la obra, hasta el grado del simulacro: importará si caza leones, no lo que escribe. Garro no entró en ese mundo y no estamos ante una performancera. Su escritura amplía la imaginación, denuncia la violencia y transforma el tiempo, la palabra y el silencio. Sus contradicciones y su heterodoxia merecen estudiarse como parte de la historia intelectual del México del siglo XX, no desde la lente del chismógrafo justiciero o telenovelero.

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