marcapasos
“¿Qué he hecho?”, de Isidro Gómez Vargas
El árbol de Navidad presumía sus luces saltarinas 
hechas en Taiwán. La cena estaba servida; el color mexicano sobre la mesa. Versiones gringas de villancicos sonaban afuera, los platos de cerámica eran chinos.
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El árbol de Navidad presumía sus luces saltarinas 
hechas en Taiwán. La cena estaba servida; el color mexicano sobre la mesa. Versiones gringas de villancicos sonaban afuera, los platos de cerámica eran chinos. La globalización se masticaba junto con los romeritos, ésos que crecen entre las milpas del valle.

—¿Ya mero llega Santa? —preguntó el hijo, con la
pronunciación de quien acaba de aprender a hablar.

—Ya casi, tendrás que dormirte para que llegue —
respondió el padre. Se asqueó de sí mismo. ¿En qué momento Santa Claus había firmado el Tratado de Libre Comercio con México?

“A sus amiguitos, Santa les trae regalos; se va a sentir menos. ¿Lo vas a permitir?”, le había dicho la madre. Tan hermosa y diferente a él; tuvo que cambiar para hacerla su mujer. Como universitario fue líder estudiantil, con el corazón más a la izquierda que lo habitual. Tiempo después, en el año que Fidel Castro murió, el padre tenía cajas de Mattel y Hasbro escondidas en el closet. Si falleció el último gladiador socialista, ¿por qué no podía llegar un regalito para su hijo debajo del árbol? ¿Por qué no celebrar la Navidad siendo ateo?

El padre permaneció en silencio durante la cena. “Dios ha muerto”, recordaba a Nietzsche; Fidel ha muerto, reflexionó. El hijo comió y se fue a encerrar a su recámara con la ilusión que quien ignora que el fanatismo a las tradiciones estadounidenses es un acto traidor: indiferencia a la dicha de nacer en un país rico en cultura y olvidar que el presidente norteamericano electo despotrica de México. A ese Donald Trump, el padre lo aborrece. Sin embargo, compró en Navidad juguetes gringos para su hijo. Me dejé llevar, se justificó.

La familia de la madre sonreía, se preguntaban entre ellos dónde habían comprado sus ropas, qué auto adquirirían en el siguiente año. El padre empezó a inquietarse: ¿en verdad ha valido la pena reprimir mis ideales por ella?, se cuestionó al oír la voz de su esposa. Las luces del árbol bailaban al cambiar de color.

La noche avanzó y las palabras menguaron como la luna. El padre se apartó, no dejaba de preguntarse qué había hecho con su vida hasta ese momento. Sabía que estaba cerca
una nueva inflación, que subiría el precio de la gasolina. 
Percibía a la revolución cercana. Una revolución multimedia y ambulante. Así lo dictaba la historia que en antaño 
había estudiado. Sin embargo, él gastaba su aguinaldo de
dependencia gubernamental con los brazos cruzados. El aroma a pino fresco y muerto le produjo un escalofrío. 
¿Dónde quedó su espíritu socialista?, ¿Qué he hecho, qué
he hecho?, se reclamó.

Los suegros, cuñados y sobrinos se retiraron. El padre apenas mostró emoción al despedirse; pensaba en Trump vivo y en Fidel muerto. Se sintió mareado. Algo tendría que hacer. Hablaría con su mujer, les escribiría a viejos colegas, educaría a su hijo con valores e ideales dignos.

—Oye, ayúdame a poner los juguetes de tu hijo bajo el
árbol —le gritó la madre.

—Claro que sí, mi amor.

El árbol de Navidad presumía sus luces saltarinas hechas en Taiwán. Versiones gringas de villancicos sonaban desde afuera. Los platos chinos esperaban ser lavados. La comida mexicana se redujo a manchas sobre los trastes sucios.

CODA

Los resultados y los cuentos que ganaron el primer y 
tercer premios del Concurso de Cuento Navideño 2016 se pueden leer en www.ficticia.com

marcial@ficticia.com

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