Escrituras citadinas
Mujeres de todo tiempo y toda lucha
Rita Cetina fundó La Siempreviva, un proyecto que abogó por la educación de las niñas en el estado de Yucatán.
Niñas y mujeres de Yucatán luchan por el derecho a la educación como medio para mejorar por ellas mismas. Foto: Cortesía
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Fatigoso escribir lo ya sabido: que casi todas las opiniones vertidas sobre las mujeres provienen de los hombres. Inútil, insistir en la injusticia de género porque parece haber comenzado desde la Biblia, donde la mujer provenía de la costilla de un varón; alarmante, porque las mujeres no tuvieron alma durante toda la época de oro del pensamiento griego; intrascendente, como los títulos nobiliarios y de propiedad adquiridos por el matrimonio; humillante si el papel de gobernar era solamente para ollas y sartenes; triste cuando las mujeres empuñaron un trapo y no una espada, e insoportable cuando creyeron que todo se medía con sacrificios. Más interesante y feliz si descubrimos y citamos lo que hasta Rudyard Kipling sabía: que la más tonta de las mujeres puede manejar a un hombre inteligente, pero es necesario una mujer muy hábil para manejar a un imbécil.

Rosario Castellanos, en su libro Mujer que sabe latín, escribe: “A lo largo de la historia (la historia es el archivo de los hechos cumplidos por el hombre, y todo lo que queda fuera de él, pertenece al reino de la conjetura, de la fábula, de la leyenda, de la mentira) la mujer ha sido más que un fenómeno de la naturaleza, más que un componente de la sociedad, más que una criatura humana: un mito”.

Cierta furia fundamental existía en sus palabras. Una rabiosa decepción por la desigualdad, la discriminación, la estupidez. Porque la condición fantástica de que ser mujer equivale a ser un mito, se celebra la naturaleza casi sobrehumana de lo femenino en términos de: ser incomprensible como una fábula, grandiosa como una leyenda y muy cercana al arte por su condición de artificio. Y apenas conceden que lo femenino, cuando se aleja de la belleza inútil, es también excepcional, por aquellas que han superado a otros por habilidades tan vanas como cocinar para todos y a deshoras, encargarse de una casa o ser la madre de hijos, marido, amigos y mascotas. Pero ante el ser mitológico mujeril también se encuentran las villanas: aquellas condenadas por sus cualidades profundas y distintas: fortaleza, pensamiento, ideología y talentos que no hubo hombre pudiera equiparar o comprender. Nada más, pasando las páginas de la historia, como propone Castellanos, recordemos al Obispo de Puebla, que se firma con el seudónimo de “Sor Filotea”, escribiéndole a Sor Juana una carta terrible, donde antes de prohibirle volver a escribir y dejar de investigar, hipócrita y esquivo le dice:

“No apruebo la vulgaridad de los que reprueban en las mujeres el uso de las letras, pues tantas se aplicaron a este estudio, no sin alabanza de San Jerónimo. Es verdad que dice San Pablo que las mujeres no enseñen; pero no manda que las mujeres no estudien para saber; porque sólo quiso prevenir el riesgo de elación en nuestro sexo, propenso siempre a la vanidad. Letras que engendran elación, no las quiere Dios en la mujer; pero no las reprueba el Apóstol cuando no sacan a la mujer del estado de obediente”.

Heroica, la elegante y cabal desobediencia de la increpada Décima 
Musa. Aquella que logró que su epistolar respuesta fuera un clásico de la literatura mexicana y una muy ejemplar manera, no sólo de explicar que hasta batir un huevo tiene que ver con las leyes de la Física, sino de escribirle que podía renunciar a todas las formas, pero nunca a la hechura de su espíritu.

Pesaroso que hubieran de pasar tantos años para reconocer que la Historia —la nuestra y la del mundo el entero—, no era solamente una creación de hombres, alarmante la tardanza del mundo en abandonar la “paternidad protectora”, donde la autoridad dependía primero del padre, luego de los hermanos y después del esposo y los hijos varones, tristísimo que la participación en la vida política, social y religiosa estuviera supeditada a la jurisdicción del hombre y trágica la idea, por mucho tiempo soberana, que la mujer por “tener un cerebro más pequeño” era menos inteligente e incapaz de dirigir una empresa que no fuera su casa.(Y eso solamente si podían cumplir con su papel y obligaciones: madre, apoyo del esposo, consuelo de su familia y guía de los hijos, a riesgo de terminar en el convento o en la calle).

En la Historia de México también hubo esa lentitud. Apenas se apuntan nombres de mujeres destacadas, casi todas virreinas, ilustres y pudientes: María Antonia de Godoy y Álvarez, esposa del virrey del mismo apellido, que gracias a su declaración de que “las perlas estaban pasadas de moda” en la península y era mejor usar corales, permitió que sus empleados se hicieran de dinero vendiendo a muy buen precio sus collares; María Francisca de la Gándara, viuda de Félix María Calleja —el acérrimo enemigo de los insurgentes— que soportó las batallas militares y corporales de su esposo, el descrédito de los españoles, el humillante exilio llevándose seis hijos y fue a morir de cólera morbus a Valencia, y muchas otras de la facción rebelde: aquellas que apenas son conocidas como las Mujeres de la Independencia, con Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario heroínas, más que protagonistas, encabezando a aquellos que nos dieron patria.

La Independencia triunfó, hubo presidente, leyes y República, también dos imperios, un par de intervenciones, la mitad de nuestro país perdido, una reforma, y con ella, algo de consideración hacia las mujeres —como por ejemplo, aceptar que pudieran trabajar como maestras— y por fin un periodo de paz que duraría lo suficiente como para llegar al siglo XX.

Mujeres que habían nacido en la época de la República Restaurada de Juárez, es decir a partir de 1870, se pusieron en acción. Escuelas, clubes y sociedades dejaron de ser único territorio de varones y justo en aquel año, en Mérida, Yucatán, Rita Cetina fundó La Siempreviva. 
Tal grupo, una sociedad editorial y docente con todas sus comisiones ocupadas por mujeres tuvo un proyecto cuya base ideológica era el derecho de las niñas a educarse para mejorar por ellas mismas sus condiciones de vida. Incluyó un plantel de primeras letras, otro de nivel superior hasta derivar en un Instituto de Literatura y Arte que además contó con su propia publicación quincenal. De la mano de Gertrudis Tenorio Zavala y Cristina Farfán, Rita Cetina Gutiérrez matriculó a 60 estudiantes para comenzar las clases en La Siempreviva, y diseñó un programa educativo que contempló, en el nivel básico lectura, escritura, costura, gramática y aritmética; y en el nivel superior cursos de geometría, geografía, derecho constitucional, astronomía, música y oratoria. Para 1877, La Siempreviva contaba con 218 estudiantes. El espacio femenino de esta sociedad y su prolongación en el Instituto Literario de 
Niñas tuvieron un impacto tremendo en las maestras egresadas del Instituto, evidente en el Primer Congreso Feminista de 1916.

La lucha femenina en México,— ya como voz y como feminismo—, continuaría escalando inexorable y daría sus primeras manifestaciones importantes por escrito, en publicaciones fundadas y dirigidas por mujeres como Violetas del Anáhuac, el Diario del Hogar y el semanario Vésper, que se presentó como “altivo siempre” y que “se rebelará eternamente contra todos los tiranos y todas las tiranías”.

Sin embargo, Rita Cetina siempre tendría un lugar como la pionera del feminismo mexicano, según toda teoría del feminismo que se aplique. Sobre todo porque de las mujeres ya no pensaba en términos de maternidad, sino de hermandad, y la historia en esa época no daba para tanto. Sirva como ejemplo su poema A nuestro sexo, publicado en 1876.

Dejad la postración que tanto tiempo/ la gloria y el saber os han ocultado. / Oíd con atención, la hora ha llegado de que ilustre su nombre la mujer. (...) Sí; ¿no es cierto queridas compañeras, que halagáis ese bello pensamiento? / Pues no esperemos más; llegó el momento, / Proclamemos: Unión, Fraternidad.

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