Escrituras citadinas
Cincuenta de haber leído los cien años
Es poco probable que alguien como Gabriel García Márquez fuera de esas personas que contemplan los calendarios con las ganas de que tanta fecha se acabara.
Gabriel García Márquez se encerró 18 meses en su estudio para escribir Cien años de soledad. Foto: Reuters
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Es poco probable que alguien como Gabriel García Márquez fuera de esas personas que contemplan los calendarios con las ganas de que tanta fecha se acabara. Seguramente no esperaba el Año Nuevo o el día de algún santo para cumplir propósitos o comenzar los proyectos pendientes de su ánimo. Y, desdeñando la auténtica o malsana curiosidad de sus lectores, le importaban poco las agendas y sus días porque sabía que el escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar. Y que por ello tampoco tienen mucha injerencia sobre cómo se tejen las leyendas sobre ellos.

La historia de Gabriel García Márquez, más allá del rigor periodístico o la ficción, provoca escudriñarla al detalle para deleite del gran público. Sobre todo porque se ha convertido en un mito que crece con o sin motivo cada día y en toda fecha. Uno de nuestros favoritos. Y sobre todo ahora con más justa razón: este año su novela Cien años de soledad cumple 50 de haberse publicado.

Dice el Calendario de Escritores 2012, de concepto, autoría y caricaturas de Román Rivas, que fue un mes de enero de 1965 cuando Gabriel García Márquez se encerró en su estudio para escribir Cien años de soledad. Claro que la leyenda se convierte en saga. Heroica o casi monástica según convenga al ánimo, porque lo que se dice después es que aquel mes de enero, en que se encerró para escribir una novela, fue cuando empezó toda la magnificencia de la literatura latinoamericana, cuando el escritor colombiano, futuro Premio Nobel, se sentó frente a su máquina de escribir y no se levantó en 18 meses.

Él mismo esculpió el monumento literario de sí mismo. En el discurso que ofreció en marzo del 2007, un acto donde se inauguró en IV Congreso de la Lengua Española y la celebraron los 40 años de Cien años de soledad, el escritor recordó, nostálgico, el principio y dijo:

“A mis 38 años y ya con cuatro libros publicados desde mis 20 años, me senté en mi máquina de escribir y empecé: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’. No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme. Lo que hoy sé es que no dejé de escribir durante 18 meses hasta que terminé el libro. Parecería mentira, pero uno de los problemas más apremiantes era el papel de la máquina de escribir... Tenía la mala educación de pensar que los errores de mecanografía o de gramática eran en realidad errores de creación y cada vez que los detectaba rompía la hoja y la tiraba al canasto de basura para empezar de nuevo. Con el ritmo que había adquirido en un año de práctica calculé que me costaría unos seis meses más de mañanas diarias para terminar”.

Su biógrafo, Gerald Martin, que con una tozudez y maestría también heroica persiguió al Gabo durante 30 años para hacerle una entrevista, se convirtió en un experto. Lo atestigua su libro de 800 páginas, Gabriel García Márquez: una vida, en donde con todo rigor académico y literario propone como verdades varios hechos sobre el proceso de la mágica, mítica y legendaria novela. Dice, por ejemplo, que Cien años de soledad no le llevó a García Márquez más de un año, que fue mentira lo de la musa atacándolo con la primera frase mientras el autor iba manejando hacia Acapulco y que lo hizo dar la vuelta hasta llegar a su estudio de la Ciudad de México. Que aquello de haberse sentado 18 meses sin levantarse es inexacto. Por las interrupciones, los paréntesis de la vida y la autoría, porque no importan 18 meses cuando llevas 18 años trabajando en tan importante proyecto. Martin también afirma que lo que más trabajo le costó fue empezar. Y cita una conversación con Plinio Mendoza donde García Márquez le cuenta: “Recuerdo muy bien el día en el que terminé con dificultad la primera frase, y me pregunté aterrorizado qué carajos vendría después. En realidad hasta el hallazgo del galeón en medio de la selva creí que de verdad aquel libro no iría a ninguna parte. Pero a partir de allí todo fue una especie de frenesí, por lo demás, muy divertido”.

Pero otra cosa que aclara Martin puede ser devastadora para los fanáticos del Gabo, hoy que han pasado otros 10 años y Cien años de soledad cumple 50 de haberse publicado. Que es una mentira que todo aquello haya ocurrido en una fecha señalada, que la verdad, el biógrafo no se acuerda muy bien si la encerrona comenzó en junio o julio, pero sí está seguro es que no fue en enero, y todavía lo mejor: que ninguna de tales consideraciones importa.

Medio siglo después -la novela fue publicada en mayo de 1967- la historia de cómo se escribió y publicó Cien años de soledad todavía puede añadir más mítica al halo mágico que la rodea. Por ejemplo, el nombre del cuarto en el que la escribió (la “cueva de la mafia” en el número 19 de la calle de La Loma del barrio San Ángel, aquí en la Ciudad de México) o que existió una portada que se tuvo que improvisar para la primera edición -con un galeón azul contra un bosque de lirios amarillos- porque la diseñada por Vicente Rojo (con la famosa e al revés en el título) no alcanzó a llegar a tiempo y también añadir anécdotas falsas como que el editor español Carlos Barral rechazó el manuscrito de la novela, hasta la historia del librero ecuatoriano que se dedicó a corregir la e al revés en cada uno de los ejemplares que vendió, pues creyó que se trataba de un error tipográfico. O podemos sorprendernos, pero también felicitarnos si citamos el libro Tras las claves de Melquíades de Eligio García Márquez, porque es hermano menor del escritor y sus datos son felices: dice que sólo en la primera semana de publicada se vendieron 1,800 ejemplares de la novela y que la cifra se triplicó a la semana siguiente y que los 8,000 ejemplares de esa primera edición (una cifra enorme para le época) se agotaron en tres semanas.

Pero, curiosos de minucias volveremos al testimonio de primera mano. Gabriel García Márquez relata de esta manera el origen de su obra cincuentenaria en el artículo “La novela detrás de la novela”, publicado en la desaparecida revista colombiana Cambio en el 2002:

“De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y desgarrador que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad:

-Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera.

“No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’. Desde entonces no me interrumpí un solo día, en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo lleva el carajo”.

Como muchas otras escenas en su vida, es seguro que Gabriel García Márquez haya fabulado una y otra vez la realidad para hacerla más atractiva, pero también lo hizo por vocación y porque no podía impedirlo. “La vida no es como uno la vivió, sino cómo uno la recuerda y cómo la recuerda para contarla”, dice el epígrafe de sus memorias. Y tenía toda la razón.

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