Garage Picasso
La mamá de Adam Smith
Voy a hablar de mí misma. Oh, ya saben que me gusta. Soy itamita. Lo mejores y los peores ratos de mis veintes los pasé
en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, el ITAM. Sí, somos una mafia, estamos por todas partes.
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Voy a hablar de mí misma. Oh, ya saben que me gusta. Soy itamita. Lo mejores y los peores ratos de mis veintes los pasé
en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, el ITAM. Sí, somos una mafia, estamos por todas partes.

En su biblioteca me rompí la cabeza entendiendo modelos económicos, estadística, teoría política. Era como un gimnasio, la biblioteca.
Podías oler el sudor. Podías oler el miedo. Nos la pasábamos bien.

En el ITAM nos enseñaron (y siguen enseñando), como evangelio, un solo tipo de ideología: la de homo economicus. La economía permea la vida entera de todos. El modelos económico se sostiene por una especie de magia llamada interés propio. Adam Smith es nuestro santón. Parafraseándolo, el carnicero, el panadero y el tabernero no nos dan de comer y de beber por su generoso corazón sino por interés propio: si hacen un buen producto nosotros les compraremos. Y por supuesto, nosotros también compramos y vendemos nuestros bienes y servicios por interés propio.

Como dice Katrine Marçal en ¿Quién le hacía la cena de Adam Smith? (Debate), el amor es un bien escaso, alcanza apenas para algunas de las pocas personas que conocemos. La economía necesita un combustible inagotable. Y ese es el egoísmo.

Pues sí. En el ITAM me enseñaron que el egoísmo estaba bien, que de hecho es deseable. Todos queremos un beneficio. Es la famosa ideología neoporfirista que le llaman ahora.

Pero, regresando al libro de Marçal, todos repiten como loros la teoría de Smith pero nadie se pregunta quién le hacía la cena.

Adam Smith vivió casi toda su vida con su madre. Era ella la que se aseguraba que su hijo comiera, vistiera y tuviera tiempo de predicar. No sabemos, dice Marçal, por qué la madre del prócer le daba de comer. Pero es un hecho que lo hacía. ¿Era amor, era deber, era costumbre?

El libro de Marçal es fundamental para quien quiera entender el revés de esa economía clásica que todavía pervive y se llama neoliberalismo.

Esos hombres, como el toro de Wall Street, podían echar bravatas y decidir el futuro del mundo porque, escondidas en el rincón de lo privado, había mujeres que les cuidaban la casa, les criaban a los hijos y, como la mamá de don Adam, les daban de cenar. Esa es la historia que no nos han contado. Se podría argumentar que ellas hacían lo suyo también por interés propio: para tener un techo sobre sus cabezas. ¿Es así?

El argumento del amor es cursi, sí, pero real. A las mujeres por generaciones se nos ha enseñado la abnegación. El aposento y la cocina como refugio, la empresa y la oficina para el varón.

Dice Marçal que el feminismo es un movimiento de 200 años, pero ha alcanzado una madurez que impresiona. Es una política, pero también una economía en la forma más fundamental del término. Las mujeres ponemos comida en la mesa. Trabajamos, sea en casa, sea afuera. El homo economicus nos queda chico.

Recomiendo con toda mi energía ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? A mí me sirvió de purga. Y ahora que acaba de pasar el Día Internacional de la Mujer su importancia se agigante. Nos urge un nuevo modelo económico. Lean, es provocativo.

¿Dónde andabas, Brody?

Este fin de semana fui a ver Manhattan en la oscuridad porque no puedo resistirme a un película noir. El noir no está muerto. Es un género difícil de definir. Los Ángeles al desnudo es una película noir, pero también Carol tiene rasgos noir. Mahattan en la oscuridad es casi una cinta de serie B. Tiene todos los deliciosos clichés del cine negro: el investigador, la femme fatal, la muerte misteriosa.

Adrien Brody, que quién sabe dónde andaba, protagoniza como un periodista sensacionalista que es convencido por una rubia de resolver la muerte de su esposo. La resolución es absurda y toda la película es un desastre, pero lo sabroso es la atmósfera. Huele a moho, a peligro. Ah, es un aire que se extraña en el cine. Ya les digo, no es una buena película.

Adiós, Biquini

Dedico estas últimas líneas al 
réquiem de un espacio artístico donde se escribía el futuro. Este fin de semana pasado fue el último de 
Biquini Wax, un lugar de los más punk donde artistas sin línea y rebeldes como adolescente hacían arte inolvidable. ¿Piensan que el arte 
mexicano contemporáneo está en kurimanzutto? Ja.

Habrá una nueva sede de Biquini pero ya no será lo mismo. Las galería establecidas meterán mano y lo único que les importará será vender almas. Adiós, Biquini.

cponcepcion.moreno@eleconomista.mx

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