Escrituras citadinas
Por tu memoria escriben los poetas
Nacido hace 217 años, en aquella primavera de 1806, Benito Juárez vio la primera luz del mundo en el pueblito de San Pablo Guelatao.
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Parecería que Benito Juárez nunca se quitó su levita negra. Incólume, resistente, siempre de una pieza, ni el sol en el desierto de Chihuahua, ni los cálidos vapores en Veracruz, ni siquiera la furia —que lo calienta todo— lograron atraparlo en mangas de camisa. Y si fue así, no importa. Nadie que viva hoy es un testigo. La memoria, por eso, se ha inventado a sí misma y con recuerdos propios o ajenos han reinventado al patricio oaxaqueño una y otra vez. Libros, pinturas, fotografías y dibujos han pintado muchas veces su retrato. Las crónicas, testimonios y poemas, toda la fama por escrito que llegó hasta nuestro tiempo, describen su imagen con innumerables virtudes: sencillez en el vestir, frugalidad si de comida, dichos y palabras se trataba, camisa siempre blanquísima y cabello inamovible. Benito es personaje favorito de la Historia y el Derecho, el ensayo, la crónica, la poesía, la cinematografía y la literatura. (Todo ello la estación de metro, la oscura rosa que le guarda luto, el danzón y hasta el whisky que lleva su apellido).

Nacido hace 217 años, en 1806, Benito Juárez vio la primera luz del mundo en el pueblito de San Pablo Guelatao, del distrito de Ixtlán, Oaxaca, habitado por 20 familias zapotecas. Eran tiempos difíciles: estas tierras todavía no tenían nombre propio y la Independencia apenas se atisbaba. A los tres años quedó huérfano, primero a cargo de sus abuelos y después fue a vivir con su tío Bernardino. Luego decidió “fugarse”. El mismo Juárez lo cuenta en sus Apuntes para hijos:

“Como mis padres no me dejaron ningún patrimonio y mi tío vivía de su trabajo personal, luego que tuve uso de razón me dediqué, hasta donde mi tierna edad me lo permitía, a las labores del campo. En algunos ratos desocupados mi tío me enseñaba a leer, me manifestaba lo útil y conveniente que era saber el idioma castellano, y como entonces era sumamente difícil para la gente pobre, y muy especialmente para la clase indígena, adoptar otra carrera científica que no fuese la eclesiástica, me indicaba sus deseos de que yo estudiase para ordenarme. Estas indicaciones y los ejemplos que se me presentaban de algunos de mis paisanos que sabían leer, escribir y hablar la lengua castellana y de otros que ejercían el ministerio sacerdotal, despertaron en mí un deseo vehemente de aprender”.

Iniciaba así su conocida gesta heroica, lector querido, Juárez de apenas 12 años caminando y descalzo se va de madrugada y llega a la capital el mismo día. Aquella primera hazaña fue descrita también por sus mejores biógrafos: Justo Sierra en Juárez, su obra y su tiempo; Fernando Benítez en Un indio zapoteco llamado Benito Juárez; Andrés Henestrosa en Los caminos de Juárez y Brian Hamnett en Juárez.

El Benemérito ha provocado las más intensas palabras, los escritos más sesudos y hasta las frases más insólitas y conocidas. Decimos, por ejemplo, “lo que el viento a Juárez”, cuando presumimos de ser indemnes, casi invencibles ante los embates de la mala fortuna. La tan connotada, muchas veces escuchada, 1,000 veces repetida hasta la sinrazón, la que habla del derecho ajeno, la dijo el mismo Juárez, cuando entró triunfante a la Ciudad de México, el 15 de julio de 1867 después de haber vencido al invasor y restaurado la República. El discurso decía así:

“El gobierno nacional vuelve hoy a establecer su residencia en la Ciudad de México, de la que salió hace cuatro años. Llevó entonces la resolución de no abandonar jamás el cumplimiento de sus deberes tanto más sagrados, cuanto mayor era el conflicto de la nación. Fue con la segura confianza de que el pueblo mexicano lucharía sin cesar contra la inicua invasión extranjera, en defensa de sus derechos y de su libertad. Salió el gobierno para seguir sosteniendo la bandera de la Patria por todo el tiempo que fuera necesario, hasta obtener el triunfo de la causa santa de la Independencia y de las instituciones de la República. (...) Encaminemos ahora todos nuestros esfuerzos a obtener y a consolidar los beneficios de la paz. Bajo sus auspicios, será eficaz la protección de las leyes y de las autoridades para los derechos de todos los habitantes de la República. Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Juárez, que llegó a confesar su “vehemente deseo por aprender” seguramente era un hombre sensible a las palabras bien dichas y a las bellas letras, pero de tan parco, es muy probable que despreciara la falsa retórica y la hipócrita elocuencia. No sabemos de sus reacciones o comentarios ante los poemas que lo ensalzaron mientras vivía, ni si los cientos de adjetivos vacíos escritos junto a su nombre le conmovieron el alma, pero lo cierto es que estuvo incluido en las mejores composiciones literarias de su tiempo.

Altamirano, padre de otra república, la República de las Letras, le escribió lo siguiente en 1865: “Más fácil es que la Tierra se salga de su eje, que ese hombre se salga de la República: ese hombre no es un hombre, es el deber hecho carne... Yo no sé cómo se llama la línea de tierra que ocupa en este momento: pero él está en la República, piensa en la República, trabaja por la República y morirá en la República y si un rincón quedara sólo en la Patria, en ese jirón estaría uno seguro de hallar al presidente”.

Años después, Amado Nervo incluyó a Juárez en su lectura ante el Congreso en 1902 en su espectacular poema “La raza de bronce” donde después de hablar de Ilhuicamina, Netzahualcóyotl y Cuauhtémoc, poetiza sobre Juárez así:

El fantasma postrer llegó a mi lado:

no venía del fondo del pasado

como los otros; más del bronce mismo

era su pecho, y en sus negros ojos

fulguraba, en vez de ímpetus y arrojos,

la tranquila frialdad del heroísmo.

Y parecióme que aquel hombre era

sereno como el cielo en primavera

y glacial como cima que acoraza

la nieve, y que su sino fue, en la Historia

tender puentes de bronce entre la gloria

de la raza de ayer y nuestra raza.

Pero Nervo no fue el único: Juan de Dios Peza, Manuel José Othón, su amigo Guillermo Prieto, Pino Suárez, Rubén Darío y Rafael Delgado, sólo por citar algunos también escribieron espléndida poesía para Juárez. Hasta Enrique González Martínez, el que le torció el cuello al cisne del Modernismo, le compuso gallardos versos (Sin que lo manche la mundana escoria/ se eleva altivo inquebrantable y fuerte,/ impasible y sereno ante la muerte,/sereno e impasible en la victoria) y muchos otros, nacidos lejos como Víctor Hugo, en otras tierras, como Pablo Neruda o cercanos en el tiempo y el corazón como Rubén Bonifaz Nuño y Efraín Huerta dedicaron tiempo de su pluma para el héroe.

A estas alturas —más de dos siglos han pasado— parecería que ya nadie puede agregar nada a lo dicho y escrito sobre la figura de Benito Juárez. Que nadie puede aumentar ni una página más a su bibliografía, ni leer nada que no se haya leído ya. Pero no es cierto.

Hoy en su día usted también lo celebra y está leyendo esta página.

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