Tres microrrelatos
 de Raúl Renán
Te vamos a extrañar, Raúl.
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En tres libros me tocó ser editor de Raúl Renán, poeta y cuentista yucateco, avecindado en la Ciudad de México, quien falleció la semana pasada a los 89 años de edad. Aquí, a manera de homenaje, trascribo tres microrrelatos de su autoría.

La música nunca oída

En una banca del parque, acomodados los tres hombres se 
dicen travesuras de palabras. Ríen por turnos como rondan su cigarrillo de mariguana. Cuando éste se termina en una ascua de papel que mata el viento, el primer hombre inicia un ritmo singular raspando entre sí las palmas de las manos, palmeándose las rodillas y el dorso de las caderas; el segundo hombre enlaza su cadencia taconeando sobre el piso y el tercero, hace
como valvas las manos y las golpea emitiendo aire sobre el hueco de la boca que deja abierta una rendija para sacar sonidos. Música de ángeles caídos que con los instrumentos del cuerpo se elevan y encantan; parece que reciben del aire efluvios de misterio, sólo igualados por los enviados de Dios a la Anunciación. Músicos astrosos sin harpas, sin pífanos, sin trompetas. Sus partituras son dignas del mayor genio musical,
y como todo verdadero gran arte, nacen para que se las lleve el viento.

Limpiavidrios

Es el otro mundo. No está detrás del vidrio. Sino dentro del
vidrio. Se revela aquí arriba como un encantamiento. Pasó el limpiador sobre el vidrio de la ventana y se vio inmerso en un cielo infinito. El azul le tintaba el cuerpo y las nubes lo evaporaban. Por ese influjo se transformaba en todas las figuras
probables. Se rodeaba de borregos, entraba a un castillo, lo enmascaraba el rostro de un ángel, viajaba como una larga cabellera en una llama; pasaba entre las volutas de una locomotora, sentía el fluido de un campo de rocas. Miró abajo la sede de su origen: un pasado en miniatura. Lo hizo el estremecimiento. No eres una escritura, cuidado. Eres y puede quebrarse tu alma con una piedra que arroje un ente condenado.

La caída

En una concentración de ciudadanos en la plaza pública, un hombre con aire suspensivo desembolsa, furtivo, un libro menudo como él. Lo abre y lee para sí. Lo que lee se refleja en sus reacciones: las quijadas trabadas, el puño apretado, el color encendido del rostro, cierto intento de levitación. De pronto,
un ventarrón sopla entre la multitud ciega y sorda, azota las páginas del libro con un hojeo brusco y hace volar todas las palabras abandonándolas a su peso sobre la multitud. Los extraños volantes van cayendo y cada ciudadano, como si éste
fuera su designio, recibe del aire su palabra. Todos los puños blanden sus palabras contra el hombre del poder que desde el balcón del palacio cae palabreado, múltiplemente muerto.

Los microrrelatos están tomados de los libros El cuento jíbaro. Antología del microrrelato mexicano, cuyo antólogo fue Javier Perucho y Minificcionistas del cuento. Revista de imaginación, compilado por Alfonso Pedraza.

Te vamos a extrañar, Raúl.

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