Heridas abiertas
La violencia no es una epidemia; tiene aspectos estructurales, socioeconómicos, culturales y personales.
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(Primera parte de dos)

En el foro Hablemos de las Heridas, organizado por Médicos sin Fronteras y el Instituto Nacional de Psiquiatría, especialistas, activistas, testigos y víctimas de la violencia trazaron en días pasados un panorama desolador del país. Al mismo tiempo, en cuanto la palabra, el diálogo y el intercambio de experiencias permiten conocer la realidad y entenderla, para transformarla, abrieron también algunas rendijas para la esperanza.

Contra el discurso oficial, que maquilla cifras, manipula información y difunde como programas de política pública lo que son acciones fragmentarias, cortoplacistas y a menudo sin recursos
suficientes, las experiencias de quienes viven la violencia extrema día a día y de quienes estudian sus efectos en personas y comunidades, obligan a preguntarse por qué no se asumen las urgencias del presente para evitar un futuro aún peor.

La violencia no es una epidemia ni se debe a algunos monstruos. Tiene aspectos estructurales, socio-económicos, culturales y personales. Requiere de un análisis psicosocial de sus causas, dinámicas y efectos. La violencia que hoy vivimos se deriva en gran medida de la llamada “guerra contra el narco” pero se conecta también con un sistema económico depredador de la vida humana y de la naturaleza, y con un sistema político desconectado de la ciudadanía. Si el valor primordial, casi único, es el dinero, ¿qué vale la vida humana?, ¿cómo se protege el medio ambiente contra el lucro desmesurado de los megaproyectos o contra el uso del servicio público como negocio particular?

En este contexto, sacar a la luz las heridas de la violencia extrema es un acto ético y un llamado a la reflexión. La violencia ya ha roto la vida de miles de personas asesinadas, secuestradas, desaparecidas, desplazadas. Resquebraja también a sus familias y comunidades, con miedo e inseguridad. El dominio criminal de los territorios, con el frecuente agravante de la negligencia, colusión o corrupción de las autoridades, ahonda el dolor, paraliza en la desesperanza y agudiza el miedo. Dejar el campo libre al terror puede parecer benéfico al sistema autoritario pero tiene altísimos costos humanos: la degradación social, el aumento de enfermedades físicas y mentales, la disolución de vías democráticas básicas, la escalada misma de la violencia...

El feminicidio y la d esaparición, por ejemplo, han llevado a hijos e hijas de familias rotas a la depresión, o a desarrollar trastornos que requieren de una atención especializada, muy escasa en el país. El control de un territorio por el crimen organizado o pandillas que extorsionan, amenazan y matan, obstaculiza el desarrollo económico y la vida comunitaria, y empuja a la juventud al filo de la navaja

En los medios se habla periódicamente de niños sicarios, pandilleros, jóvenes involucradas en el narco. Poco se dice acerca de las causas: el reclutamiento de jóvenes por pandillas y narco; la falta de oportunidades educativas, laborales, culturales, para millones de niños, niñas y adolescentes; la ausencia de programas de largo plazo, con suficiente dinero y personal capacitado, para crear, con la sociedad, alternativas para las nuevas generaciones, hoy y mañana. Las acciones aisladas y tardías, sólo “administran” el problema y dejan intactas las condiciones que lo hacen posible y lo harán más grave.

Llama sin duda la atención que, tras 10 años de guerra, el Estado siga sin reconocer la gravedad de los efectos psicológicos, sociales y materiales de la violencia. ¿Qué se ha hecho para detener el flujo de ganancias del crimen organizado? ¿Dónde están los recursos para formar expertos en trauma complejo o siquiera el personal especializado para atender a la niñez y juventud heridas por la violencia? ¿Dónde un programa integral para víctimas de desplazamiento forzado?

La capacidad de transformar el dolor en acción que demuestran día a día madres y familiares de víctimas que exigen justicia y paz, es un ejemplo admirable de resistencia. Es también un llamado a la solidaridad activa, a reconocer y enfrentar esta realidad ominosa.

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