Mi vida con las matemáticas
Fantásticas, maravillosas, me hicieron la vida difícil y ahora las he redescubierto.
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“Los números. No los soporto más. La matemática. Es algo demencial”.

¿Se acuerdan de la canción? Es una de mi infancia. La cantaba el grupo Microchips. Se volvió mi himno personal durante la primaria y la secundaria: las matemáticas nomás no me entraban. Cualquier cosa que llevara números se volvía arameo frente a mis ojos miopes.

En la primaria llevábamos la materia Mecanizaciones y se trataba de aprender automáticamente cómo hacer una suma, o una división, o lo que fuera. Ahora que lo pienso, era la peor manera de enseñar matemáticas. Nada de razonamiento, pura memoria. Vaya idiotez.

La prepa fue más o menos igual hasta que llegué a una materia llamada Símbolos matemáticos, que en términos generales se trataba de convertir acertijos en álgebra. Me encantaba. Fue la primera y la última vez que saqué 10 en una clase con los canijos números.

Cuando llegué a la universidad y me entregaron los primeros ejercicios de matemáticas de econometría, me quería matar a trancazos contra el pupitre.

Según la OCDE, nuestros estudiantes figuran entre los peores en matemáticas. Yo fui parte de la estadística. Casi todos los de mi generación fueron parte. Crecimos con aberración por una materia tan universal y útil. Y además, bonita.

He redescubierto las matemáticas. En parte por mis amigos de la universidad, que a mí me parecen genios de los números y en parte por algunos libros que he leído en los últimos años.

Libros como Los sonámbulos y El cero y el infinito, los dos de Arthur Koestler, que explican la prevalencia de las matemáticas en el devenir del mundo.

Si también crecieron con fobia numérica, búsquenlos. Se sentirán aliviados. Uno cree que es tonto cuando no entiende, con esos libros se darán cuenta de que todo es cuestión de lenguaje: si puedes hablar, puedes aprender matemáticas. Los números son un lenguaje.

De pronto me descubro haciendo ecuaciones sencillas por gusto. Es relajante cuando todo
cuadra como no cuadra, parece, en nuestra caótica realidad en la que todo está sucediendo al mismo tiempo.

Otra lectura recomendable es una serie de fascículos que la National Geographic está vendiendo sobre las matebrúticas y el mundo. Vayan a su puesto de revistas consentido, cómprenlos. No son caros, tienen gran calidad y si no tienen mucho tiempo para leer, delgados.

Hace unos días, el matemático José Antonio de la Peña dio una plática divertidísima en el Museo Nacional de Arte sobre la relación amorosa entre las matemáticas y el arte.

Según el doctor, los primeros en recuperar las matemáticas después de la Edad Media fueron los artistas, que querían pintar cuadros cada vez más realistas y usaron teorías griegas como la proporción áurea para crear.

Los científicos del Renacimiento eran atrasados en comparación: se guiaban por creencias, no por hechos.

El miembro de El Colegio Nacional habló también de la mezcla de oscurantismo y la chispita de luz que eran las matemáticas.

Esa chispita de luz me acompaña ahora que no tengo que resolver exámenes con problemas complejos. Espero que todo aquel que creció pensando que las matemáticas “no se le dan” pronto se reencuentre con ellas. Y redescubra lo increíble que es resolver una suma de fracciones, un sistema de ecuaciones, un trinomio cuadrado perfecto.

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