El Chapo y el cardenal Posadas, en Netflix
La historia de uno de los capos de la droga más poderosos del mundo es también la historia de quienes le permitieron asumir esta posición.
Rodrigo Riquelme
Jul 16, 2017 |
12:28
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“¿Lo mataron?” pregunta Amado por teléfono en el inicio de uno de los episodios de la primera temporada de El Chapo, la serie de Netflix y Univisión que está causando controversia por haber hecho uso de la imagen de Joaquín Guzmán Loera sin autorización, por incluir imágenes de una casa cultural de Baja California como si fuera la mansión de un capo de la droga y porque es la muestra de que la violencia que se ha vivido en los últimos 20 años en México es una de las consecuencias de las luchas entre los diferentes cárteles de la droga por el control de territorios y los pactos y desacuerdos que éstos han tenido con las autoridades en todos los niveles de gobierno .

Amado Carrillo Fuentes El Señor de los Cielos fue el máximo líder del Cártel de Juárez en los años 90 y su muerte durante la recuperación de una cirugía estética sigue estando rodeada de suposiciones, dudas y vacíos de información, lo mismo que el asesinato del cardenal Juan José Posadas Ocampo, el 24 de mayo de 1993, el cual se aborda en la serie durante un episodio cargado de persecusión y dudas.

La versión de la Procuraduría General de la República sobre el asesinato del cardenal Posadas fue que éste se dio como resultado de un fuego cruzado entre diferentes cárteles del narcotráfico en el estacionamiento del Aeropuerto Internacional de Guadalajara. El cuerpo del cardenal quedó tendido a los pies de la puerta del Grand Marquis Blanco en el que se dirigía a recoger a un representante del Vaticano.

La teoría que plantea la serie es algo distinta y es éste justamente el motivo por el que vale mucho la pena sentarse a verla. La mayoría de los argumentos que se han esgrimido en contra de El Chapo sugieren que en ésta se realiza una apología del narcotráfico, que en ella se ensalzan los valores de la narcocultura y la idolatría por los patrones de la droga y que la violencia que la serie muestra resulta perniciosa para las buenas conciencias de los mexicanos.

En el contexto de una cultura mediática que ha hecho de las historias de criminales uno de los géneros más apreciados por el público, la primera temporada de El Chapo ofrece más bien una visión general de los orígenes de la guerra contra el narcotráfico que en México ha dejado más de 186,000 personas asesinadas, según información del Inegi, y de cómo el acicate del gobierno federal, al querer ser parte del negocio del tráfico de drogas, desató toda una era de extrema violencia que hasta el momento no se ha detenido.

Así que no es casualidad que la muerte del cardenal Posadas haya llegado hasta Netflix. Las extrañas circunstancias en las que se dio el tiroteo en el Aeropuerto de Guadalajara y sus repercusiones en el clima social que se vivió durante el salinato son la materia perfecta para construir una versión de la historia que tome en cuenta a todos sus participantes. La misma producción de la serie se realizó en Colombia, debido a que en México no se garantizaban la seguridad de los miembros del elenco ni de sus creadores.

La connivencia entre autoridades y delincuentes, el lavado de dinero, la corrupción sistémica del gobierno mexicano y la violencia desmesurada de los cárteles de la droga y los cuerpos de seguridad del Estado no son una fantasía de los cineastas Silvana Aguirre y Carlos Contreras, o del periodista y escritor Alejandro Almazán, quienes se encargan de la investigación y creación del guión de la serie. Estos problemas son una realidad tangible, existen, y no porque sean ignorados van a desaparecer.

La dirección de El Chapo está a cargo de José Manuel Cravioto, a quien ya conocemos dentro de la cinematografía mexicana por Mexican Gangster sobre el famoso ladrón de bancos Alfredo Ríos Galeana y que se decanta por un estilo alejado de las producciones estadounidenses que abreva de otras influencias, como las telenovelas mexicanas y las narco-películas de bajo presupuesto.

rodrigo.riquelme@eleconomista.mx

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