Las mujeres olvidadas en las líneas de frente
La más reciente entrega de la Nobel de Literatura, Svetlana Alexievich, lleva por título en inglés The Unwomanly Face of War: An Oral History of Women in World War II
Liza Mundy / The Washington Post
Ago 12, 2017 |
17:30
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Al inicio de The Unwomanly Face of War, donde Svetlana Alexievich cuenta la desgarradora y conmovedora historia de las mujeres en la milicia soviética durante la Segunda Guerra Mundial, hay una escena donde un grupo de mujeres combatientes llega al frente. Vestidas con camisas del ejército y gorras de forraje —despojadas de las largas trenzas de las que una vez se sintieron orgullosas— son graduadas de una escuela de mujeres francotiradoras, asignadas a la División 62 de Fusileros. Su comandante no está contento de verlas. “Me han impuesto chicas”, se queja.

El comandante ordena que prueben que pueden disparar y realizar otras tareas clave como camuflarse en el campo. Mientras observa escépticamente a su ejercicio de entrenamiento, él camina sobre un montículo y se sorprende cuando el suelo debajo de él habla. Eres demasiado pesado —le dice el montón de tierra—. Es una mujer francotiradora, incrustada en el paisaje. “Me trago mis palabras”, admite el comandante en medio de sus risas.

La mujer que relató esa anécdota mató a 75 hombres en los años que siguieron, recibiendo 11 condecoraciones de combate y haciéndose famosa por su habilidad para cargarse a los nazis.

Ella y sus compañeras se cuentan entre el millón de mujeres que lucharon en el ejército soviético, ayudando a repeler a los alemanes durante cuatro sangrientos años de asedio, ocupación y combate. Para muchos países aliados, la Segunda Guerra Mundial fue el conflicto que llevó a las mujeres al ejército (y las agencias de inteligencia) en un número significativo. Con la lucha llevándose a cabo en tantos frentes, resultó imposible pelear una guerra global usando solamente hombres. Pero los soviéticos desplegaron sus batallones femeninos más plenamente.

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Al comienzo de la intervención estadounidense, los funcionarios de Estados Unidos se cuestionaban sobre si admitir a las mujeres incluso en puestos de no combate —se temía que podrían llegar a la histeria si se les permitía trabajar como, digamos, controladoras de tráfico aéreo. Las mujeres soviéticas, en contraste, sirvieron como pilotos de combate, choferes de tanques, soldados de infantería, artilleros antiaéreos. The Unwomanly Face of War cuenta la historia de estas mujeres olvidadas, y su gran logro es que no sólo da crédito a su contribución, sino también al infierno que sufrieron.

“A los 19 años obtuve una medalla ‘Al Valor’”, dice una. “A los 19 años mi cabello era gris. A los 19 años en mi última batalla me dispararon a través de los dos pulmones”. Alexievich, periodista y autora bielorrusa, recibió en el 2015 el premio Nobel de Literatura. Ella ha sido reconocida por escribir historias orales entrelazadas de manera intrincada y que brindan una voz colectiva al sufrimiento causado por los cataclismos, incluyendo el desastre de Chernobyl y la ocupación de Afganistán.

The Unwomanly Face of War comenzó a finales de los 70, después de leer un artículo periodístico sobre una contadora que se retiraba de una fábrica de automóviles de Minsk. El artículo mencionaba que la contadora había sido una francotiradora —la que tenía 75 muertes. Alexievich la buscó; una entrevista llevó a cientos. Los editores soviéticos al principio rechazaron el libro por ser “demasiado naturalista” e “insuficientemente admirador” del Partido Comunista. La perestroika fue más receptiva. Dos millones de copias fueron impresas en 1985.

La traducción al inglés llega en un momento en que las mujeres en combate siguen siendo un tema cargado de tensión. Cualquiera que piense que una mujer soldado no puede llevar a un herido fuera del campo de batalla —un argumento frecuente y equivocado— sólo necesita leer este libro. Una médica sacó a 481 hombres de bajo fuego. “Incluso a mí me resulta difícil creerlo”, reflexiona.

Durante el viaje del libro a la publicación, un censor instó a Alexievich a contar historias heroicas. Pero en su juventud ella ya había oído demasiadas. Los hombres comienzan las guerras, las sostienen y las glorifican. Ella quería escribir un libro “que haría de la guerra algo enfermizo”. Tuvo éxito. Está la operadora de radio que ahoga a su bebé para que su llanto no delate a los combatientes partisanos que se encuentran ocultos hasta el cuello en el agua. Allí está la médico, de 16 años cuando se unió al ejército, gateando para rescatar a un hombre cuyo brazo abatido está colgado por unos pocos tendones; careciendo de tijeras, ella “mordió su carne” para que pudiera ser vendado.

De entrada, Alexievich quería entender por qué “Las chicas de 1941” se presentaron. “¿Cómo es que decidieron tomar las armas a la par con los hombres, disparar, minar, explotar, matar con una bomba?”.

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En parte, la respuesta estaba en el igualitarismo de género de su educación comunista. “¡Muchachas —al volante de los tractores!”, uno recuerda haber sido enseñada. “Las niñas —a los mandos de un avión!”. Pero también es porque la pérdida de hombres fue muy rápida y masiva. Después de la invasión de Hitler en 1941, “millones de soldados y oficiales fueron capturados”, como recuerda un hombre. “En seis semanas Hitler­ ya estaba cerca de Moscú (...) Y las niñas estaban ansiosas por llegar al frente voluntariamente (...) Esas eran muchachas valientes y extraordinarias”.

Muchos admiraban a Stalin y creían en el poder soviético. Las “chicas de la línea de frente” estaban llenas de fervor, eran festejadas por sus vecinos, estaban ansiosas por defender la Patria. Una bailaba mientras esperaba su tren de tropas. Nadie piensa que una guerra sería larga. Pero había otras razones. “Estábamos hambrientos”, recordó una operadora de torno que se convirtió en comandante de pelotón de fusileros. Anhelaba­ el frente porque allí “estarían las raciones, pan tostado y té con azúcar”.

Las chicas eran increíblemente jóvenes. Una se alistó después del séptimo grado. Una zapadora contrajo fiebre y se dio cuenta de que sus muelas del juicio le estaban saliendo.

Algunas aún no habían comenzado a menstruar. A las que ya les había llegado la regla a menudo se les detenía. “Estábamos tan sobrecargadas de trabajo que dejamos de ser mujeres”, dijo una armera. La pérdida de la feminidad les molestaba. Odiaban usar ropa interior masculina, temían parecer feas a la hora de la muerte. Ellas lucharon para mantener sus piernas a salvo mientras sacaban a los hombres de los tanques en llamas. Nadie se casaría con una mujer sin piernas. La dificultad de conciliar la feminidad convencional con la matanza y la lucha está en el corazón de este libro. Una artillera confesó que los que ella mató —“mis muertos”— todavía se acercaron a ella en sus sueños.

El asalto a su feminidad empeoró. Después de la guerra, las “chicas de la línea de frente” encontraron que su servicio las había marcado, y no de buena manera. “Todo el mundo sabe que pasaste cuatro años en el frente, con hombres”, le dijo a su madre una niña. “‘Las putas del Ejército... Las perras militares...’ Nos insultaron de todas las formas posibles (...)

El vocabulario ruso es rico”, recordó otra.

En Estados Unidos, las mujeres militares también se enfrentaron a acusaciones calumniosas de inmoralidad, aunque no en el mismo grado. Así que las chicas soldado estaban bien aconsejadas para no hablar de su servicio.

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Hay otra razón por la que su historia fue enterrada: la gente en todas partes quería poner la guerra a sus espaldas y volver a la vida normal, pero en la Unión Soviética, el olvido se hizo crucial.

Eso es porque cualquiera podría ser calificado como un enemigo del pueblo por decir lo malo. Como dice una mujer, después de todo el sacrificio —unos 20 millones de muertos de guerra, militares y civiles— “Stalin todavía no confiaba en el pueblo”.

Una veterana perdió a su esposo altamente condecorado, quien fue enviado a hacer 10 años de trabajo forzado cuando un informante­ lo entregó por comentar que montones de cadáveres rusos minimizaron su sentido del triunfo. “Después de la Victoria todos se callaron”, escribe la autora. “Silenciosos y asustados”.

Alexievich hizo un enorme servicio recuperando estas historias. El papel soviético sobresaliente en derrotar al ejército nazi y liberar a Europa pasa a menudo inadvertido. Si los hombres que lucharon en el frente oriental se han olvidado, cuánto más sucede en el caso de las mujeres. Como una fusilera garabateó en carbón sobre un muro del Reichstag: “Ustedes fueron derrotados por una muchacha rusa de Saratov”. Eso puede ser una exageración, pero no es totalmente falso.

Liza Mundy, periodista de New America, es la autora de Code Girls: The Untold Story of American Women Codebreakers of World War II.

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