La droga preferida de Hitler era el poder
Algunos laboratorios químicos alemanes inundaron el mercado internacional de los derivados del opio durante las primeras décadas del siglo XX.
Portada del libro High Hitler, de Norman Ohler, publicado por Planeta.
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Las drogas no llevaron a Hitler a tomar las malas decisiones que al final lo sumieron en la derrota absoluta que sufrió, más bien fueron las malas decisiones las que lo condujeron a suministrarse más de 800 inyecciones entre 1941 y 1945, el año de su muerte.

En su libro High Hitler. Las drogas en el III Reich, el escritor alemán Norman Ohler describe el proceso en el que el führer cayó dentro de un torbellino de irrealidad, en el contexto de una Alemania que llevaba casi 50 años haciendo un uso continuo de los más diversos derivados del opio: la morfina, la heroína y la metanfetamina, ahora comúnmente conocida como crystal meth.

Para entender el contexto dentro del que se erigió el III Reich después de caída de la República de Weimar, Ohler narra en entrevista con El Economista cómo los grandes laboratorios químicos alemanes, algunos de los cuales inundaron el mercado internacional de los derivados del opio durante las primeras décadas del siglo XX, se adaptaron a las exigencias de la dictadura nazi y pusieron a su disposición un megaconglomerado llamado IG Farben, que fue provisto con la mano de obra de miles de trabajadores esclavos provenientes del campo de concentración de Auswitch y que contaba con importantes inversiones estadounidenses.

Existe cierta confusión alrededor del libro de Ohler, publicado en español por Editorial Planeta. Algunos críticos se han aproximado al texto como un testimonio único de la toxicomanía de Hilter y, por extensión, del III Reich. Otros ven los argumentos de Ohler sobre el consumo de sustancias del dictador, su ejército y su pueblo como una justificación de las masacres y la violencia que desató sobre buena parte de Europa. “Hitler era un drogadicto que al final no fue responsable de sus acciones”, afirma con sarcasmo Richard J Evans, en una reseña del libro para The Guardian.

Ohler es licenciado en periodismo por la Universidad de Hamburgo y cursó estudios en ciencias culturales y filosofía. Escribió las novelas Die Quotenmaschine y Mitte y ha sido corresponsal en Ramallah, Palestina. High Hitler. Las drogas en el III Reich es su primer libro de no ficción.

Durante la mayor parte de su vida, Adolf Hitler fue abstemio por convicción. No tomaba alcohol, no fumaba tabaco y hasta cuatro años antes de su muerte, no consumía ningún tipo de droga.

En el libro, Ohler narra cuatro equivocaciones en la estrategia militar del dictador alemán que son anteriores al comienzo de su consumo de estupefacientes: la invasión a Polonia; la orden que dio a su ejército de tierra de detenerse en Dunkerque, Francia; la fallida operación León Marino, con la que pretendió invadir Inglaterra, y la división de su ejército durante la invasión a Rusia, a la que llamó Operación Barbarroja.

La invasión a Polonia “fue el momento en el que Hitler comenzó a ir para abajo. Hasta ese momento sólo había subido. Mucha gente en Berlín pensó que Hitler estaría muerto en pocos meses. Creo que duró tanto tiempo justamente porque tomaba drogas, porque sólo así era capaz de mantenerse concentrado”, dijo Ohler.

Hitler comenzó a tomar drogas en agosto de 1941, cuando se hizo más evidente que la Unión Soviética no iba a ser vencida en dos semanas. De acuerdo con el escritor, el momento en el que los alemanes se dieron cuenta de que estaban perdiendo la guerra ocurrió cuando alcanzaron a ver el impedimento que suponía la invasión rusa.

“La única estrategia militar exitosa de los alemanes era la Blitzkrieg, que implica ganar en los primeros dos días, y esto fue lo que no funcionó con la Unión Soviética”, dijo Ohler.

Las drogas empezaron a sustituir al poder que irradiaba el führer antes de que tomara todas estas malas decisiones estratégicas. Hitler no confiaba en sus generales del ejército de tierra. El dictador pensaba que quienes tomaban las malas decisiones eran ellos. “Los generales querían atacar Moscú, pero Hitler quería dividir su ejército entre Leningrado, al norte, y Ucrania, al sur”, afirma Olher.

Es a partir de aquí que Olher llega a la conclusión de que la principal adicción de Hitler era el poder. Cuando, en medio de una enfermedad, Hitler tuvo que imponerse ante los generales que no estaban de acuerdo con él, aprendió que algunas de las sustancias que su médico le suministraba, como la morfina o la pervitina (metanfetamina), le permitían recobrar el gran carisma y el poder de convencimiento que siempre lo habían caracterizado.

“Fue un círculo vicioso, él tomaba cada vez más y más opioides que reforzaban su propia opinión y se cerraba a otros argumentos. En un momento, ambas adicciones, el poder y las drogas, se volvieron inseparables”, dijo Norman Ohler.

rodrigo.riquelme@eleconomista.mx

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