Voces del Hay Festival 2017
La risa de Aira
El disímbolo Aira, enamorado de escribir a mano y difícil de entrevistar
Concepción Moreno
Sep 13, 2017 |
14:33
Foto EE: Natalia Gaia.
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Cuando llegué al sitio para entrevistar a César Aira (Buenos Aires, Argentina, 1949), un colega todavía hacía lo propio. Veo desde lejos al autor de Cómo me hice monja de reojo, con anticipación. Y veo como se mueven sus manos, en especial sus pulgares, y me pregunto si estará tuiteando al mismo tiempo que lo entrevistan. Me acerco un poco y veo que sus manos son así, se mueven en un vaivén agraciado.

“No soy un raro, soy escritor”, me dice cuando le disparo la primera pregunta, que va del lugar común de llamarlo el raro de la literatura hispanoamericana. “No sé cómo sentirme cuando me llaman raro. ¿Si uno no es raro, qué es? Convencional, ordinario”. Y se ríe, no sé si de mí o de la pregunta. Toda la entrevista será así: él ríe, yo me río y a duras penas contesta mis preguntas.

Creo que César Aira, el raro de la literatura hispanoamericana, está jugando conmigo los mismos juegos mentales con los que alimenta sus novelas, que por cierto ya frisan el número de 70, y eso sólo las publicadas, como me explica después.

“Soy rigurosamente un escritor a mano, defiendo la escritura a mano y me parece terrible que ahora se esté perdiendo. Necesito el fenómeno de escribir, el acto sensible, nervioso, de dibujar cada palabra y verla… Más que escribir, yo veo las novelas, como pequeñas películas, o como dibujos. Soy un dibujante frustrado, tengo una gran colección de dibujos de artistas”, dice y se ríe de nuevo. Pienso en los chinos de su novela El mármol o de su Una novela china. También ellos se ríen así.

Cuando se le habla de su labor como traductor, interrumpe: “Fui traductor por casi 35 años a modo totalmente alimentario. Traduje puras malas novela, todo el bestseller norteamericano, bah, pura mala novela”. ¿Stephen King, por ejemplo? “Sí, pura mala novela”.

“Como Clint Eastwood”, le digo, “que lee pura mala novela y la lleva al cine”.

“Sí, y es un genio”, me responde.

Escribir como pulso

“Yo he escrito mucho, desde joven, pero no me interesaba publicar. Cuando publiqué mi primera novela tenía 32 años y como 40 novelas terminadas en el cajón, que ahí están, guardadas en carpetas, inéditas.

“Un amigo mío que es muy conocido en México, (Rodolfo) Fogwill, llevó un manuscrito mío a una editorial y se publicó. Pero no se leía como la novela de un autor nuevo, sino un autor maduro”. “Con muchas horas de vuelo”, lo interrumpo a mi vez. “Sí”, dice sin modestia (y ese gesto se le agradece), “muchas horas de vuelo”.

Regresamos al tema del cine porque alguien tan visual como Aira algo tendrá qué decir al respecto. No me equivoco —creo, de hecho, que es el único momento en que le interesa la entrevista— y dice: “De joven fui un cinéfilo voraz, de ir todos los días al cine hasta el hartazgo, luego crecí, tuve hijos, me alejé. Regresé en tiempos cercanos con el dvd y el cine en internet. Yo no necesito una pantalla enorme, ni un sonido especial, porque lo que me importa es el relato fílmico, la historia”.

Las novelas de Aira se leen como películas. Son, en su mayoría, breves (80, acaso 100 páginas) y esto es porque el escritor conoce lo que podemos llamar su aliento, o si se quiere, su condición física. Se reconoce como un escritor de mediometrajes; algo entre el cuento y la novela.

Pero sus novelas son disímiles. Si uno lee Cómo me hice monja, El mármol y Las aventuras de Barbaverde (por decir algunas), se encuentra con una cara diferente cada vez, hasta cabe preguntarse si es el mismo César Aira el que las escribió, si no hay una legión de Césares Airas en Buenos Aires escribiendo a toda pastilla.

“Escribo diferente cada novela, aunque hay temas que en especial me interesan, porque siempre siento que no di todo de mí, que lo hice mal, que se la entrego a mi editor por cansancio. Y entonces intento otro modo a ver si ahora sí sale”. Ríe.

Le digo, para sacarle conversación, que sus novelas me parecen chistosas. Ríe y se compone: “Cuando se quiere ser chistoso con intención, se acaba siendo ramplón, tonto. Yo prefiero los juegos mentales, matemáticos… Me identifico con las viejas vanguardias (lindo oxímoron, piensa la reportera) el surrealismo, el dadaísmo”.

Y, bueno, alguien que ha escrito 70 novelas quizá ya ha escrito todo. ¿De qué trata la novela que viene? “Estoy escribiendo dos novelas. Una es una novela gótica y otra es una novela romana, un poco inspirada por mi hijo que es muy aficionado a Roma”.

¿Una novela romana como de Robert Harris? “No, como de Ásterix”, se impacienta.

Lo dicho: César Aira es difícil de entrevistar. Y eso me lo hace todavía más fascinante. Soy fan.

concepcion.moreno@eleconomista.mx

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