El debate electoral en EU y la visión de los problemas económicos
La exacerbación de fenómenos como la desigualdad ha detonado diversas conductas.
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Los demagogos son como los pescadores de anguilas; en aguas cristalinas no pescarán nada, pero si revuelven el lodo, su pesca será abundante.
Aristófanes

Al dar seguimiento al debate electoral en Estados Unidos, desde México nos preguntamos cómo puede tener tanto eco y éxito el discurso simplista, tremendamente excluyente, plagado de inexactitudes (cuando no de mentiras) y sumamente antagonista de Donald Trump.

Sin embargo, su discurso, como el de Cruz y en cierto sentido el de Rubio (y parcialmente el de Sanders del lado demócrata) son ejemplos de una profunda transformación de la conducta de los votantes a nivel mundial, que tiene que ver con el desencanto ante lo que perciben como una reducción de las oportunidades económicas para las familias.

La exacerbación de fenómenos como la desigualdad a partir de la crisis financiera del 2008, que afectan evidentemente a la mayoría de la población, ha sido a nivel mundial un detonador de esas conductas que vemos en muchos países.

El problema es que la historia económica del mundo —evidente y profundamente relacionada con la historia política y social del mismo— ha mostrado que cuando amplios grupos sociales se muestran desencantados con la condición económica, y sobre todo, con la perspectiva de futuro que enfrentan, cuestionan seriamente los modelos institucionales vigentes (del corte que coyunturalmente sean) típicamente identificándolos (casi siempre con razón) como los que por acción u omisión sostienen un estado de cosas.

Ante ello, sin embargo, rara vez se distinguen posiciones que estén sustentadas en un análisis serio y profundo, con propuestas integrales de solución. Por el contrario, normalmente las respuestas que más eco tienen son las simplistas y demagógicas que siempre presentan soluciones fáciles y voluntaristas.

Ello además encuentra campo fértil, porque del otro lado las posiciones institucionales económicas y políticas tradicionales son, en la mayoría de los casos, incapaces de hacer planteamientos sólidos, con una visualización de cambio congruente, efectivo y orientado a la generación de genuinos y realistas espacios de oportunidad de crecimiento y desarrollo económico para las personas.

La receta que la historia nos muestra es muy simple: para ganar la aceptación y la simpatía de estos grandes grupos de población, que se sienten desplazados o no considerados, primero identifica un enemigo al que se puedan achacar de manera simplista todos los males que los aquejan. En la Alemania después de la República de Weimar y su terrible crisis económica, un grupo identificó como el enemigo a una raza entera. Recientemente, en la extrema derecha en Estados Unidos y Europa, a los migrantes; en la extrema (y a veces no tan extrema) izquierda, al sector privado o alguno de sus componentes, como el financiero. En todos los casos, el enemigo no admite matices ni grados, todos son malos y son la causa de los problemas económicos de las personas. Y quienes no admiten al enemigo, forman parte del mismo.

El segundo elemento de la receta es proponer acciones simplistas y voluntaristas, bajo la premisa de que si los problemas no se resuelven no es porque sean complejos, sino porque no se ha tenido la voluntad para resolverlos (casi siempre por parte de los enemigos identificados).

El tercer elemento en la receta es el abandono completo del valor de la verdad o la lógica. Todos los argumentos y las posturas son válidas, sin importar que sean falsos o no tengan sustento alguno. Si los cuestionan, son parte del enemigo.

Con estos tres elementos se tiene una gran aceptación, en gran parte además porque las posiciones económicas tradicionales son incapaces de plantear rutas de acción creíbles y que conduzcan a cambios genuinos.

Los mexicanos no tenemos que mirar arriba de nuestra frontera para buscar esos modelos simplistas, excluyentes y reduccionistas. Los tenemos en casa y en mayor o menor medida, en todos los colores del espectro político.

La responsabilidad de los ciudadanos (de todos los países), por lo menos en el plano económico, es reconocer que la complejidad de los problemas exige plantear soluciones concretas fundamentadas en análisis serios y lógicos, evitando caer en la ilusión de aparentes soluciones mágicas. Sólo así presionaremos los cambios reales que el bienestar económico de nuestras familias requiere.

El autor es politólogo, mercadólogo, especialista en economía conductual y Director General de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo.
Síguelo en Twitter: @martinezsolares

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