Economía conductual
Las consecuencias económicas y laborales de dejar las cosas para mañana
Procrastinar puede implicar tener un salario sensiblemente menor a la largo de su vida laboral.
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“Procrastinar es el arte de mantenernos al día con el ayer”.

Don Marquis, humorista, periodista y escritor estadounidense.

En ocasiones previas he abordado el tema de la procrastinación. Este concepto se refiere a una falla de nuestra propia capacidad para regular la conducta propia, que nos lleva de forma voluntaria e intencionada a diferir una acción, aún a sabiendas de que la demora generará un efecto negativo.

Todas las personas tendemos a postergar muchas de nuestras decisiones. Pero el problema es más de calidad que cantidad.

Decisiones cotidianas como cortar el pasto del jardín, pueden ser postergadas sin que generen consecuencias graves hacia el futuro. Pero postergar decisiones como empezar ahorrar o cambiar nuestro régimen alimenticio, pueden generar consecuencias graves de mediano y largo plazo para el bienestar financiero o para la salud.

En el estudio “Impact in the Workplace and the Workplace’s Impact on Procrastination”, de Nguyen, Steel y Ferrari, se analizó el tema, de manera particular buscando determinar cuál es el efecto que la procrastinación tiene en términos laborales.

El tema es fundamental para las empresas y para los individuos, porque de acuerdo con distintos estudios, este fenómeno puede representar una pérdida de una cuarta parte de la jornada laboral promedio.

El estudio analizó cuáles son las implicaciones específicas que una mayor o menor proclividad a la procrastinación genera para las personas que desempeñan un trabajo. Y las conclusiones son significativas y muestran efectos ampliamente negativos.

En primer término, las personas que tienden a procrastinar tienen en promedio un salario sensiblemente menor a lo largo de su vida laboral que aquellos que no lo hacen. Ello implica, que la mayor presencia de esa conducta impide acceder a mejores empleos o a obtener asensos en el trabajo.

El estudio muestra además que las personas que muestran mayores niveles de postergación de sus decisiones tienden a perder su empleo más rápidamente. Ello puede estar asociado a despidos por baja contribución a resultados o a que, en caso de recortes, son las primeras personas en ser despedidas.

Otra de las conclusiones significativas del estudio, es que las mujeres tienden postergar sus decisiones con menor frecuencia que los hombres y se encuentra por ello una correlación significativa entre esta condición y el paulatino y sostenido crecimiento (aún insuficiente) de las mujeres en la fuerza de trabajo.

El estudio también apunta a que aquellos que muestra con mayor frecuencia esta conducta tienden a colocarse en empleos que, no sólo posibilitan, sino que, refuerzan su conducta de postergación, en empresas o funciones poco estructuradas y con baja orientación a resultados. Ello genera un refuerza negativo adicional a su conducta que les impide combatirla, limitando su posibilidad de desarrollo profesional.

En realizadas por uno de los autores a medios especializados en conducta, sugiere que esta conducta, si bien tiene factores arraigados de personalidad e incluso hereditarios, es posible modificarla a lo largo del tiempo.

Para ello se requiere, primero, como en el caso de la mayoría de los problemas asociados a la conducta, reconocer la existencia del problema y, posteriormente, tomar pasos concretos que permitan atemperar su frecuencia y su efecto perjudicial.

Una sugerencia es que en los entornos laborales se propongan esquemas de recompensa que beneficien no sólo el cumplimiento dentro de parámetros de tiempo sino a la anticipación a la entrega.

Con base en el estudio anterior, es evidente que postergar las decisiones tiene un doble efecto negativo. Por un lado, nos impide tomar las decisiones cotidianas que construyen nuestra capacidad para mejorar nuestro entorno y construir el bienestar financiero, pero adicionalmente, también nos ponen en condiciones de desventaja respecto del mercado laboral y nuestro posible desarrollo profesional.

La felicidad, como el desarrollo profesional y el bienestar económico, se construyen con esfuerzo y con acciones cotidianas. Postergar nuestras decisiones trascendentales es entonces un atentado a nuestra propia felicidad

*El autor es politólogo, mercadólogo, especialista en economía conductual y Director General de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo. Síguelo en Twitter:

@martinezsolares

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