Economía conductual
Los efectos de los cambios demográficos en nuestra expectativa laboral
El aumento en la esperanza de vida da lugar a mayores periodos de retiro para financiar.
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La edad es algo que no importa, 
a menos que seas un queso.

Luis Buñuel, realizador cinematográfico

Recientemente, noticias como la proporción que las pensiones ocupan en México del presupuesto del gobierno federal para el próximo año han vuelto momentáneamente a provocar la reflexión sobre el impacto que el envejecimiento de la población tiene para el país.

El diagnóstico es, en sus temas centrales, casi generalizado, pero las acciones que efectivamente se realizan son limitadas cuando no inexistentes.

La combinación en México de una edad de retiro sumamente baja (la mayoría de los países de la OCDE la han aumentado o están en la discusión para hacerlo), un bajo porcentaje de cotización para el retiro y condiciones laborales que disminuyen las contribuciones para la seguridad social crean un escenario de precariedad para las personas adultas mayores, acentuando las ya de por si graves condiciones actuales, con pensiones sumamente bajas o inexistentes.

Para algunos persiste la visión de que el Estado debe ser responsable único y absoluto de subsanar estas carencias, pero ante ello conviene recordar la frase de Frédéric Bastiat: “A todos los que quieren vivir a expensas del Estado, se les olvida que el Estado quiere vivir a expensas de todos”.

Simultáneamente, la esperanza de vida continúa aumentando y es previsible que en la mayoría de los países este efecto continué por las siguientes décadas acentuando los desequilibrios y afectando, según algunos estudios, la capacidad de crecimiento económico.

En el libro recientemente publicado The 100-Year Life: Living and Working in an Age of Longevity, de Lynda Gratton y Andrew Scott, se plantea que, en los países más ricos, durante los últimos dos siglos, cada año se han agregado tres meses de esperanza de vida promedio.

Y de mantenerse dicha tendencia, la mitad de los niños que nacen hoy en esos países (o en los sectores de mejor ingreso de países como el nuestro), estarán alcanzando edades cercanas a 100 años en el futuro.

Un ejemplo ilustrativo que se presenta es comparar una persona nacida en 1945, que trabajaría 42 años y tendrá un retiro de 8; contra una nacida en 1971 que, con una esperanza de vida de 85, trabajaría 44 años y tendrá un retiro de 20 años; mientras que una persona nacida a principios de este milenio, que trabaje durante 44 años, necesitará financiar 35 años de vida en el retiro.

Una de las propuestas del libro es que, ante este escenario, las personas mayores deberán invertir, aun en edades avanzadas, en la generación de nuevas habilidades que les permitan continuar generando ingresos.

De ahí que la visión tradicional de una vida en tres etapas: educativa, de empleo y, finalmente, de retiro irá perdiendo gradualmente y aceleradamente vigencia.

Y así como hoy se presentan ya patrones en los que jóvenes adultos presentan comportamientos similares a los que sus padres tuvieron como adolescentes, gradualmente, lo que antes se consideraba edad previa para el ingreso la vejez (teniendo como referencia icónica los 50 años) perderá sentido y en esa etapa deberá de continuar y fortalecerse el proceso de aprendizaje y desarrollo de habilidades que preserven y alarguen la duración activa en el mercado laboral.

Para algunos pocos, la capacidad de ahorro, los ingresos construidos de la vida (o heredados) serán de tal magnitud que les permitirán enfrentar el reto de madera adecuada. Para la mayoría, sin embargo, incluyendo sectores medios, el reto será mayúsculo y deberá obligar a una reflexión inmediata para evitar que el preludio de la vejez representa el fin de la vida laboral.

No hay Estado ni gobierno que cuente con recursos, aun utilizándolos honesta y adecuadamente, para enfrentar las consecuencias derivadas de esta gran transformación. El mayor peso estará en la responsabilidad personal y las decisiones que desde hoy tomemos.

@martinezsolares

director_general@mb.com.mx

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