Drama griego
Francisco J. Núñez de la Peña
El 11 de febrero pasado, un corresponsal de BBC News publicó un reportaje acerca de las reacciones de la población griega con relación al (inevitable) programa de austeridad del gobierno, anunciado días antes. El título fue: “No queremos impuestos, por favor, somos griegos”.
En diciembre anterior, un artículo de The Economist concluyó así: “Los inversionistas ya están nerviosos acerca de Grecia; si encuentra una salida fácil, sus líderes políticos nunca tendrán las agallas para decisiones difíciles.
Los tiempos duros, desafortunadamente, demandan medidas severas”. Y el boletín del Banco Central Europeo (febrero del 2010) hizo referencia a las preocupaciones acerca de la insostenible posición fiscal de Grecia.
Si se mira sólo el crecimiento del PIB, la economía griega ha sido exitosa:
4.4% anual en 1999-2003; 3.9% anual en el 2004-2008, y -2.7% en el 2009 (cálculo de The Economist). Pero según el Banco de Grecia (“Bulletin of conjunctural indicators”), en el 2009 el déficit público llegó a 12.2% del PIB, es decir, cuatro veces lo permitido en la zona del euro.
Gastar o repartir los recursos públicos es fácil. Lo difícil es obtenerlos. La semana pasada los griegos protestaron violentamente. Les disgustó la intención del nuevo gobierno de reducir su déficit en el 2010 a ¡9.2% del PIB!
No es la primera vez que hay disturbios en Grecia. En diciembre del 2008, hubo batallas callejeras, incendios provocados y saqueos en Atenas. Según M. Mitsopoulos y T. Pelagidis, esta turbulencia social extrema está relacionada con las rigideces regulatorias e institucionales que aún prevalecen en la economía (“Vikings in Greece: kleptocratic interest groups in a closed, rent seeking economy”, Cato Journal, 2009).
Ellos sostienen que la intervención estatal, la esclerosis institucional y los altos costos administrativos permiten conseguir y repartir “rentas” a grupos de interés que obstaculizan los esfuerzos para reducir estas rentas y abrir la economía. Utilizaron en el título de su artículo las palabras “vikingos” (asolaron las costas europeas en los siglos VIII-XI) y “cleptocrático”. Este adjetivo alude a la corrupción gubernamental (cleptomanía, vocablo proveniente del griego, es la propensión morbosa al hurto).
Grecia tiene muchos buscadores de rentas. Éstos restringen la competencia en los mercados, aumentan el papeleo y buscan la opacidad en los procesos legales y administrativos para poder acrecentar sus rentas. Al mismo tiempo, luchan para conseguir que la sociedad no les exija cuentas.
El primer ministro G. Papandreou (Partido Socialista Panhelénico) dijo recientemente que el gobierno anterior fue corrupto. Pero una obra de teatro actual (Mama Ellada) satiriza la corrupción y el nepotismo dominantes en la sociedad griega (la Acrópolis de Atenas se vende para convertirla en casino).
Según G. C. Bitros y A. D. Karayiannis, el carácter y la moralidad de los ciudadanos son importantes para la prosperidad, porque van de la mano con las instituciones de la propiedad privada, la democracia y los mercados libres.
Ellos se refieren a Atenas y Esparta en el 490–338 a. C. Y concluyen: los países en busca de políticas para escapar de la pobreza deberían no sólo emular a las instituciones de los países económicamente avanzados, sino, además, establecer sistemas educativos para inculcar en los sistemas de valores de sus ciudadanos un carácter compatible (European Journal of Political Economy, 2010).
fnunez@eleconomista.com.mx











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