Muerte en Wall Street
Raúl Aníbal Feliz
En su famosa novela Muerte en Venecia, Thomas Mann trata un dilema clásico del comportamiento humano. La constante oposición entre razón y prudencia de un lado y ambición, codicia y arrebato en el otro. Aunque tentado el protagonista muere sin rebasar fuertes límites prudenciales.
No ocurrió lo mismo en las recientes quiebras de instituciones financieras de Wall Street que desataron la más grave crisis financiera desde la Gran Depresión.
Hace dos años Bear Stearns murió. Simplemente la firma no pudo financiar sus operaciones diarias en el mercado de repartos cuando se desinfló la burbuja de bienes raíces, las contrapartes rápidamente exigieron más y mejor calidad en el colateral.
Algo de lo que Bear carecía dado que era un importante jugador en el mercado de bonos respaldados por hipotecas. Entonces la firma tenía un capital de 11,000 millones de dólares y activos de dudoso valor por 395,000 millones de dólares equivalente a un apalancamiento de 36 veces el capital.
Bear terminó en manos del gobierno, la otra opción era la bancarrota, un fin de semana fue vendido a JP Morgan después de que el Tesoro y la Reserva Federal (Fed) aceptaron garantizar el valor de una parte de los activos de la firma.
En septiembre fue el turno de Lehman Brothers, murió por lo mismo, excesivo apalancamiento y concentración de riesgo. En medio de la crisis y con un apalancamiento de 30 veces su capital (36,000 millones de dólares) Lehman era una bomba de tiempo.
Finalmente el 25 de septiembre la firma se declaró en quiebra después de que el gobierno de Bush se negó a rescatarla. Fue la mayor bancarrota en la historia de Estados Unidos.
Lo que ocurrió después es conocido. El gobierno estadounidense tomó esa decisión a ciegas, ignorantes de la compleja red de interconexiones de los mercados financieros. La intermediación financiera se fundió en medio del pánico.
Sólo días después el Tesoro y la Fed tuvieron que salvar indirectamente a todo Wall Street rescatando a la compañía de seguros American Internacional Group (AIG), lo que se convirtió en la madre de todos los rescates. Entre líneas de crédito, garantías y la aportación de nuevo capital se calcula que el gobierno ha invertido 182,000 millones de dólares.
La principal lección de esta crisis es el fracaso total de la doctrina liberal de la regulación prudencial y la fe en la disciplina del mercado.
El lunes Christopher Dodd, presidente del comité de banca del Senado estadounidense, presentó formalmente el proyecto de nueva regulación financiera del Partido Demócrata en esa Cámara. Entre muchos temas me llamó la atención al que se le llamó Plan Funerario.
De aprobarse esta iniciativa, además de un plan de negocios las instituciones financieras relevantes deberán contar con un Plan Funerario.
En este plan se debe explicar al regulador, la Fed, los pasos a seguir para liquidar rápidamente y de forma ordenada el balance de una institución en caso de quiebra. Si la quiebra de la institución supone un riesgo sistemático para la estabilidad financiera ésta será obligada a reducir su tamaño, su concentración de riesgo, y/o inyectar nuevo capital. Igual que en el caso de las personas se trata de que no dejen problemas atrás cuando ya no estén.
Pienso que esta propuesta junto a otras iniciativas como la llamada regla Volcker contribuirá a crear un medio ambiente más saludable y sostenible para los mercados financieros.
rfeliz@eleconomista.com.mx







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