Misiones y visiones liberales (II)

Credito:

Roberto Salinas León

Hay un ingrediente de “conservadurismo filosófico” en las ideas de la tradición liberal, que en su mayoría se pasan por alto en las discusiones al respecto, por no mencionar a aquellos que siguen atacando etiquetas vacías como “neoliberalismo” o “el consenso de Washington”.

El pensador inglés Michael Oakeshott caracteriza el temperamento conservador como una preferencia por lo familiar sobre lo nuevo, lo actual sobre lo posible, lo bueno sobre lo perfecto, “risa presente sobre felicidad utópica”. Un individuo que exhiba esta disposición es “crítico y cuidadoso” con respecto a propuestas de cambio radical en la sociedad, como una “nueva sociedad bolivariana” o un “proyecto alternativo de nación”.

O sea, un bien conocido merece el beneficio de la duda sobre uno desconocido. Y esto, dicho sea de paso, tiene muy poco que ver con el conservadurismo político de, por ejemplo, el Partido Republicano estadounidense.

Pero los protectores de la conversación abierta sí comparten esta disposición. Si una voz o un vocabulario se proclaman como autoridad dominante, la historia tiende a producir los horrores de Robespierre o Stalin.

La tarea de comunicación es ver más allá de la falsa promesa de transformación inmediata. La tentación de imponer un esquema conceptual determinado, ese llamado de salvación mesiánica basado en la premisa de que uno sabe más que todos los demás, constituye el común denominador entre el terrorista religioso, el mesías tropical, el tecnócrata moderno y quienes buscan limitar la libertad y cerrar las puertas del diálogo.

La evolución de las tecnologías de comunicación tenderá a revolucionar nuestros métodos de locución y generación de contenidos. Quizás, en un futuro, ello permita aceptar principios liberales como la libertad, la humildad o el orden extendido, como parte de nuestras creencias centrales no meramente como tópico que requiere un discurso o constante análisis intelectual. Por ahora, sin embargo, sería irresponsable no reconocer los riesgos que impone la alta atracción pública hacia la vanidad de redención absoluta.

El ejercicio de avanzar los conocimientos de la tradición liberal es particular, caso por caso. A veces, busca la confrontación; a veces, explica un argumento; otras, habrá que recurrir a la ironía. En la defensa de la crítica y la conversación, contemplamos todo lo que permita avanzar los fines de la libertad.

rsalinas@eleconomista.com.mx

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Los Ángeles.

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