Una cultura de desconfianza

Credito:

Roberto Salinas León

El legado de Calderón parece conformarse por un ingrediente de profunda desconfianza. La incertidumbre sobre la contienda presidencial en el 2006 lo encaminó a proponer la necesidad de “rebasar por la izquierda”. La parálisis con los legisladores y otras fuerzas de la política mexicana lo impulsaron a adoptar la tímida, y desastrosa, tesis del posibilismo. Ahora, ante la ruptura de la sociedad civil ante el crimen organizado, ante la contundencia de la victoria electoral más reciente, la administración responde con desconfianza:

reacomodando las piezas en el “gabinetito” actual, premiando a los leales, a pesar de sus méritos, sin considerar efectos secundarios en la agenda pendiente.

En materia de política económica, esta desconfianza, combinada con desequilibrio de puestos y posiciones, se traduce en la articulación de vacíos (“mi prioridad es crear empleos e impulsar el desarrollo de la economía interna”, como si ello significara algo concreto, o fuese una prioridad que distingue a la nueva autoridad económica de sus antecesores) o en una falta de imaginación en el impulso de los cambios pendientes.

Quizás este juicio resulte demasiado tajante, siendo que, después de todo, sí se han realizado esfuerzos importantes (Ley del ISSSTE, liquidación de Luz y Fuerza), aun cuando, en otros rubros, como las dos macro misceláneas fiscales, y la “reformita” energética, los resultados distan mucho de lo requerido. Y, después de todo, se han impulsado otros cambios estructurales importantes, como la reforma laboral, aun cuando la parálisis política no ha permitido el avance de una versión final, y realizable, de esta reforma pendiente.

El enfoque, insistimos, debe ajustarse ante la curva de aprendizaje. Si el mercado de las ideas, como todos los mercados, es un proceso donde impera la soberanía del consumidor, entonces la tarea de posicionar los beneficios del cambio estructural debe concentrarse en adoptar propuestas que generen la aceptabilidad suficiente dentro del mercado político, empleando, incluso, los medios retóricos de antagonistas populistas. En las palabras de Juan Pardinas, este desafío representa un reto para “promover distribución del ingreso y oportunidades, sin darle al traste a la estabilidad y crecimiento”. Este ejercicio no busca apropiarse de la demagogia, sino hacer lo necesario para combinar las bases de futura prosperidad, liquidando las altas facturas de los ajustes de corto plazo con estrategias explícitamente enfocadas a generar fuerte apoyo popular, con lo cual es posible neutralizar las fuerzas políticas y la desconfianza.

Seguiremos sobre esto, y un poco más.

rsalinas@eleconomista.com.mx

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