La polémica del crecimiento

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Roberto Salinas León

La pompa y circunstancia alrededor de las estimaciones de crecimiento para este año, las que ahora se ubican alrededor de 4.5%, parecen pasar por alto dos temas centrales sobre los dilemas del crecimiento económico en México.

Por un lado, el “crecimiento” para este 2010 es producto de un rebote en la actividad productiva, no una expansión per se. Es el inicio de un proceso de nivelación a la tasa que teníamos antes del inicio de la crisis financiera y el brutal ajuste del año pasado.

Por otro lado, la tasa estimada para este año no borra el hecho de que, en la última década, la economía ha registrado índices de crecimiento muy por debajo de su potencial, siendo esta una década perdida más, sobre todo considerando que la tasa de inflación logró registrar un marco de estabilidad prolongada. Es decir, estaba la mesa puesta para una rápida acumulación del poder de compra, y del ingreso por habitante. No sucedió así.

Es increíble que la última vez que tuvimos un debate sobre un supuesto sobrecalentamiento de la economía fue ¡en 1999! Desde entonces hemos visto cómo el delicado cuerpo de la economía transita en un proceso de constante ajuste, crisis y recuperación. Todos los involucrados, todos nosotros, preguntamos la gran interrogante obligada: ¿por qué?

Existen diversas respuestas a esta pregunta, no todas consistentes una con la otra. Pero en el consciente colectivo, persiste la inquietud permanente sobre otro episodio de parálisis, desempleo y pérdida de poder adquisitivo, una mala imagen ante el exterior, o un estancamiento político interior, una fuga de capital, un choque cambiario, una medida equivocada de política económica, el riesgo de un futuro mesías tropical.

Un consenso generalizado sigue pensando que la raíz del problema es la ausencia de recursos, particularmente, de ingreso fiscal. Ni la terrible ineficiencia del ogro filantrópico ni la gran corrupción al interior de la burocracia reinante han logrado convencer a la opinión pública que el futuro económico depende de más gasto público, de una mayor intervención estatal en la actividad productiva.

Pero el hecho es que para que el cuerpo económico pueda crecer sanamente, hay que cuidar que no sea a punta de golosina, o la falsa morfina del endeudamiento público. El crecimiento, para que rinda los frutos deseados de bienestar, tiene que ser disciplinado, fincado en la productividad, no la transferencia de recursos de un sector de la sociedad a otro. Éste es un debate que no acaba de vencer ni de convencer, a pesar del comportamiento tan mediocre del crecimiento en esta última década perdida.

rsalinas@eleconomista.com.mx

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